El maíz sucumbe al calor y la falta de agua en Hungría y Rumania, lo que está obligando a los agricultores a buscar variedades resistentes o a replantearse sembrar otras como el girasol
Tras otra larga jornada en un campo de maíz marchito en el noroeste de Rumania, el agricultor Dan Corbut recuerda cosechas que ahora parecen casi inimaginables. “Apenas hemos cosechado maíz este año; ha sido una sequía como no había visto en más de 30 años”, cuenta Corbut, que tilda la situación de “catástrofe”. “Durante todo el periodo agrícola, desde agosto de 2025 hasta el mismo mes de este año, hemos tenido precipitaciones de alrededor de 250 litros por metro cuadrado, cuando normalmente deberían ser de 500 a 600 litros/m², aproximadamente el promedio de los últimos años en el este de Rumania”, prosigue el propietario de la empresa Agroind Cauaceu, que opera 3.500 hectáreas en la provincia de Bihor.
Las autoridades rumanas prevén que la cosecha de maíz alcance unos ocho millones de toneladas en 2026, tras haber escapado de lo peor de la sequía europea de este año, aunque sigue siendo más de un 50% inferior a los niveles de 2018 y 2019. Además, las exportaciones de maíz de Rumania se desplomaron hasta situarse entre 2,2 y 4,7 millones de toneladas entre 2023 y 2025, desde más de siete millones de toneladas a principios de la década, según datos de la Comisión Europea. Cezar Gheorghe, de la consultora AGRIColumn, señala que el cambio climático ha sido un factor clave en la reducción de la superficie dedicada al maíz, lo que ha fomentado el cambio hacia cultivos del otoño y ha afectado especialmente a los pequeños agricultores. “Desde 2020 hasta hoy, siembran maíz y no cosechan nada”, dice el experto antes de subrayar que la sequía castigó intensamente los cultivos.
Frente a esta nueva situación, Mirela Veres, directora de Agrocentrum Maramures, una empresa especializada en la venta de insumos agrícolas, indica que los agricultores están buscando variedades de maíz que puedan adaptarse a las nuevas condiciones climáticas. “El cambio climático es obvio y nadie puede negar que este fenómeno ocurre. Este verano tuvimos casi dos meses seguidos con temperaturas máximas entre 34 y 39 grados centígrados en el aire, pero a nivel del suelo la temperatura se sintió superior a 40 grados. Bajo estas condiciones todo se complica, por lo que los cultivadores de maíz están buscando productores y proveedores de semillas de variedades que puedan adaptarse fácilmente a la situación climática actual”, afirma Veres. “No estamos en el mejor momento, pero para hacer frente tendremos que adaptarnos”, recalca.
Cosmin Popa, otro agricultor rumano que se dedica al cultivo del maíz en el centro del país, va más allá. Asegura que otros ya se han pasado al girasol porque requiere menos agua. “La mala cosecha de años anteriores forzaron a invertir en sistemas de riego”, señala. Sin embargo, añade que la naturaleza no colabora: “Puedes comprar aspersores, bombas, tuberías y equipos de riego, pero sin agua no sirven de nada. Sin ella, todas estas inversiones no valen nada”, remarca.
A pocos kilómetros de los terrenos de Corbut se encuentra la frontera con Hungría, otro país afectado por las sequías reiteradas, las temperaturas extremas y una escasez crónica de agua. Las autoridades húngaras vaticinan que el país se va a convertir en importador neto de maíz este año. La cosecha estimada de 2,5 millones de toneladas representaría menos de un tercio de su producción. Esto supone un giro histórico para su agricultura. Durante décadas, Hungría figuraba entre los principales productores de la UE, junto con Francia, Rumania y Polonia; una situación que el ministro de Agricultura húngaro,
István Nagy, califica de “sin precedentes”, con pérdidas que afectan a casi todos los sectores agrícolas del país.
El deterioro de las condiciones de cultivo está obligando así a replantear las prácticas agrícolas que durante decenios habían estado adaptadas a un clima diferente. La disponibilidad de agua se ha convertido en uno de los principales factores que condicionan las decisiones de los productores, desde la elección de las semillas hasta la superficie que destinan a cada cultivo.
Para afrontar las nuevas condiciones climáticas, algunos agricultores húngaros están empezando a abandonar el cultivo de maíz en beneficio de otros considerados más resistentes, como el girasol. El presidente de la Asociación de Productores de Cereales de Hungría, Tamas Petoházi, señala que muchos productores han dejado de cultivar, mientras que otros han tenido que buscar un segundo empleo porque las explotaciones familiares ya no pueden mantenerlos. “Necesitamos un cambio de paradigma”, comenta Petoházi, al tiempo que precisa que la ausencia de precipitaciones, que obligó a paralizar en agosto diferentes reactores nucleares en su país —y en Rumania— al descender el nivel del Danubio, significaba que Hungría se encaminaba hacia un “clima semidesértico”.
La cosecha de maíz de la Unión Europea se prevé que alcance los 50,1 millones de toneladas métricas este año, según las previsiones de la Comisión Europea de finales de agosto. Eso supondría casi el nivel más bajo en dos décadas y aproximadamente una quinta parte por debajo de la media de los últimos tres años.
Esta disminución tiene graves consecuencias. Gran parte del maíz cultivado en Europa se utiliza para la alimentación animal, principalmente de ganado vacuno, porcino y avícola. Cuando las cosechas disminuyen, los agricultores deben buscar este alimento en otros lugares, a veces comprándolo a otros productores o importándolo. El impacto, por tanto, no se limita al campo: una menor disponibilidad de cereal puede repercutir también en los costes de alimentación y en toda la cadena ganadera.
Francia, uno de los principales productores, también está sufriendo estragos a causa del cambio climático. Según Agreste, el servicio estadístico del Ministerio de Agricultura, se prevé que la producción de maíz para piensos disminuya un 26% con respecto a 2025 y se estima que la cosecha destinada al grano ronde los nueve millones de toneladas, su nivel más bajo desde 1980. Los agricultores franceses también están probando variedades más resistentes al calor o ajustando sus épocas de siembra. El riego también ocupa un lugar central en el debate, con una dificultad importante: solo es una solución si se dispone de agua suficiente.