Luiz Inácio Lula da Silva volvió a demostrar que una derrota no siempre constituye el desenlace de una historia política. Después de quedar segundo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas, revirtió el resultado y derrotó a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. A los 80 años, se convirtió en el primer presidente de Brasil elegido cuatro veces para el cargo.
El resultado tiene una dimensión política, pero también biográfica. Lula no llegó a esta elección como un dirigente que hubiera transitado una carrera ascendente, sin interrupciones ni retrocesos. Su recorrido incluye varias derrotas electorales, enfrentamientos con el poder militar, un accidente laboral que le dejó una mutilación permanente, la pérdida de su libertad y una prolongada batalla por recuperar su lugar en la vida pública. Su victoria permite observar cómo la experiencia acumulada, la capacidad de adaptación y la perseverancia pueden convertirse en recursos políticos.
También plantea una pregunta sobre la edad. ¿Qué puede hacer una persona cuando se aproxima a los 81 años? ¿Hasta qué punto la cronología permite anticipar sus capacidades, sus proyectos y su disposición a seguir participando en la vida colectiva? La elección brasileña de octubre de 2026 ofrece un caso concreto para discutir esos interrogantes.
Luiz Inácio da Silva nació el 27 de octubre de 1945 en Pernambuco, en el nordeste brasileño, en una familia rural muy humilde. Fue el séptimo de siete hermanos. Sus padres eran analfabetos y la necesidad económica condicionó desde temprano las posibilidades de su familia. Cuando todavía era niño, emigró con su madre y sus hermanos hacia el estado de San Pablo, en busca de mejores condiciones de vida.
Era una realidad compartida por numerosos brasileños que migraban de las regiones rurales a los centros industriales. San Pablo representaba una posibilidad de empleo, aunque ese desplazamiento no garantizaba el ascenso social. Para las familias trabajadoras, el ingreso al mercado laboral implicaba jornadas extensas, empleos precarios y, muchas veces, la interrupción de la educación formal.
Lula dejó la escuela a los 14 años para trabajar en una planta de producción de tornillos. Se formó en la escuela de la vida antes que en las aulas.
En 1964, cuando tenía 17 años, sufrió un accidente que le cambió la vida. Durante un turno nocturno en una fábrica, una prensa mecánica le aplastó el dedo meñique de la mano izquierda, qiure le fue amputado. Accidente frecuente en la industria manufacturera y en la metalúrgica en especial, casi siempre consecuencia de las condiciones de trabajo de la época.
La elección de este fin de semana agregó un elemento particular. Lula cumple 81 años hoy, 27 de octubre. Su edad se convirtió en un argumento utilizado por sus adversarios para cuestionar su capacidad y su estado físico.
Ricardo Iacub, doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires y especialista en vejez, planteó la dimensión excepcional del resultado: “¿Cuántos de nosotros habríamos imaginado que un hombre a punto de cumplir 81 años tendría la fuerza para remontar una elección que venía cuesta arriba y volver a conquistar el apoyo mayoritario de su país? Lula lo consiguió“.
Para Iacub, la victoria invita a revisar algo más que los pronósticos electorales. También obliga a examinar las ideas que asocian la vejez con el deterioro y la incapacidad. Durante la campaña, publicaciones de La Derecha Diario lo calificaron de “viejo gagá”, un clásico del edadismo. El especialista señala que ese tipo de descalificación no afecta solamente al dirigente: reproduce un prejuicio que alcanza a las personas mayores en general.
La discusión también se trasladó a su estado físico. Lula había recibido tratamiento por un cáncer de piel en 2026. Frente a los interrogantes sobre su vitalidad, difundió imágenes de sus entrenamientos y mostró su actividad física.
Iacub observa allí una exigencia particular: a las personas mayores se les pide demostrar repetidamente que todavía están en condiciones de realizar determinadas tareas. Cuando lo consiguen, suele reconocerse su desempeño con una expresión que también contiene un prejuicio: “Tiene la energía de un joven”.
El especialista propone mirar la experiencia acumulada desde otra perspectiva. “¿Por qué pensar que Lula pudo hacerlo a pesar de sus años o viceversa? —plantea— La experiencia no garantiza lucidez ni aciertos, pero puede ofrecer recursos para sostenerse cuando el escenario se vuelve adverso".
En esa lectura, los años de derrotas electorales, las negociaciones, los vínculos construidos y los conflictos atravesados pueden haber contribuido a la capacidad de Lula para enfrentar una campaña difícil. No significa que la edad garantice una ventaja ni que todas las personas mayores deban mantener semejante nivel de actividad. Significa que los años, por sí solos, no determinan el límite de lo posible.
El analista internacional Andrés Serbin Bartosch propone observar la edad de Lula en el contexto de una dirigencia mundial senior. “En promedio los líderes más destacados superan los 70 años. Netanyahu llega a 77, Narenda Modi (INdia) tiene 76 y Erdogan (Turquía), 72. Pero más allá de la excepción que fue Biden, que tenía un deterioro cognitivo evidente, el único mandatario que superó en edad a Lula fue el primer ministro de Malasia, Mahathir Mohamad, que fue electo la última vez cuando tenía 92 años”, señala. Dejó el gobierno en 2020 y hoy ya tiene 101 años. “Lo ciurioso además es que fue llamado el ministro de la Modernización, un hombre que ya a principios de este milenio estaba teniendo un blog”, agrega.