La capacidad de desmontar el orden y el derecho internacionales que ha demostrado Trump en el año y medio largo que lleva como presidente de EEUU en su segundo mandato es tan difícil de asumir como inagotable en sus pésimas consecuencias para el mundo. La lista de injusticias, errores, derrotas, fanfarronadas y amenazas desde el anuncio de su política de chantajes con los aranceles es interminable. Quizá Irán no haya ganado la guerra que iniciaron Trump y Netanyahu en el Golfo Pérsico, pero tampoco la han ganado EEUU e Israel. El anuncio, mediante un mensaje en las redes, declarando el Estrecho de Ormuz territorio americano o la amenaza de bombardear Omán son sólo los ejemplos más recientes de su estrategia de la confusión. Ormuz está lejos de ser un territorio más de EEUU como lo está Groenlandia, la isla de Dinamarca y de la UE que Trump amenaza una y otra vez con invadir y ocupar si no se le cede. Con una política de seguridad sometida a vaivenes constantes y muchos veces contradictorios –su baile de posiciones en la guerra de Ucrania en favor de Putin o ahora en el conflicto histórico entre las dos Coreas, por ejemplo–, Trump está generando una inestabilidad global que afecta también a la realidad interna de EEUU, tanto política como económica y socialmente. Una inestabilidad y una intervención constante en los procesos políticos de países de todo el mundo, desde América Latina, Asia, África a la misma Unión Europea, y un discurso que hace del miedo, el intervencionismo y el chantaje sus ejes centrales. También el saqueo de los recursos de otros países, como Venezuela, o la presión constante económica y militar sobre Cuba. Un panorama internacional más oscuro que Trump asienta en la pérdida de influencia y decisión de las organizaciones internacionales, como la ONU o ahora la Corte Penal Internacional, sancionando a sus principales responsables. La última la presidenta de la CPI, la jueza japonesa Tomoko Akane, en lo que supone un nuevo paso para desmantelar el Tribunal. Tiempos de profundo desbarajuste internacional cuando el mundo avanza hacia una transformación de los equilibrios y a la aparición de nuevas potencias emergentes. Tiempos de desorden global en el que el estado de delirio permanente en el que navega Trump anula cualquier intento de reflexión razonada. Le quedan más de dos años de mandato y, aunque los sondeos en EEUU le sitúan en momento más bajo de popularidad y aprobación, puede hacer mucho daño.
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