A Heidi Klum no le alcanza con ponerse un disfraz. Tampoco con sorprender a sus invitados, reunir celebridades o convertirse en tendencia en las redes sociales. Cada 31 de octubre, la supermodelo alemana se propone un desafío cada vez más difícil: superar a la Heidi Klum del año anterior. Y lo consigue con creatividad, humor, extravagancia y una dedicación que transformó una fiesta de Halloween en uno de los acontecimientos más fotografiados del espectáculo.
Este año volvió a demostrarlo. Para celebrar los 25 años de su tradicional fiesta en Nueva York, la conductora de 53 años apareció convertida en una gigantesca mano izquierda cercenada, con uñas rojas, anillos, venas marcadas y una espeluznante combinación de tendones y ligamentos ensangrentados. Su cuerpo estaba completamente oculto y apenas podían distinguirse sus ojos y su boca.
La acompañaba un grupo de asistentes vestidos con trajes de protección manchados de sangre, como si acabaran de escapar de una escena de terror. El resultado fue tan grotesco como fascinante.
“Siempre fui una chica del ‘más es más’. No me gusta hacer nada a medias”
La idea había surgido un año antes, mientras observaba su propia mano. “Miré mi mano y pensé: ‘Oye, creo que podría encajar mi cuerpo aquí de alguna manera’”, relató durante la celebración.
La transformación demandó entre cinco y seis horas de preparación, aunque la construcción llevó meses. La pieza reproducía detalles de su verdadera mano izquierda, incluidos su anillo de compromiso, su alianza y un tatuaje con el nombre de su esposo, el músico Tom Kaulitz, ausente por compromisos de gira. “Un poquito de Tom está conmigo”, comentó divertida.
La imagen recorrió el mundo en cuestión de horas. Una vez más, Klum había conseguido que Halloween tuviera una protagonista indiscutida.
Para entender cómo se convirtió en la reina de Halloween hay que retroceder hasta sus primeros años en Estados Unidos.
Nacida en Alemania, Klum creció en Colonia, donde el carnaval tiene una enorme tradición. Disfrazarse y participar de celebraciones multitudinarias formaba parte de su universo desde pequeña. Sin embargo, cuando se instaló en Nueva York descubrió la fascinación estadounidense por Halloween.
Lo que encontró no terminó de convencerla. Asistía a fiestas en las que, según recuerda, los invitados apenas se esforzaban por caracterizarse. Para alguien acostumbrada al despliegue del carnaval alemán, aquellas celebraciones tenían poco de extraordinario.
“¿Por qué nadie llevaba disfraces increíbles?”, se preguntaba. Y decidió que, si no existía la fiesta que imaginaba, iba a organizarla ella misma.
En 2000 celebró la primera edición. Su caracterización fue relativamente sencilla: una versión gótica de sí misma, con una estética oscura y provocadora. Pero ya había algo que la diferenciaba: no quería que los invitados simplemente asistieran, sino que participaran de la fantasía.
Al año siguiente elevó la apuesta. Apareció como Lady Godiva, montada sobre un caballo blanco, y dejó en claro que sus entradas también serían parte del espectáculo.
“Siempre fui una chica del ‘más es más’. No me gusta hacer nada a medias”, explicó años después a Fast Company.
La frase resume la filosofía que convirtió su fiesta en una tradición. Klum comenzó a exigir que todos los asistentes acudieran disfrazados y fue elevando sus propias producciones para dar el ejemplo. Con el tiempo, la consigna se volvió prácticamente innegociable: sin disfraz, no hay fiesta.