La guerra entre Estados Unidos e Irán escala en el estrecho y amenaza con extenderse a Bab el-Mandeb, abriendo un escenario de mayor presión sobre el petróleo, el comercio marítimo, la inflación y la estabilidad económica global.
La guerra entre Estados Unidos e Irán volvió a entrar en una fase de alta intensidad y el centro de la disputa sigue siendo el estrecho de Ormuz. Pero la escalada en la magnitud de los ataques y la suma de nuevos frentes, amenazan con complicar aún más la frágil estabilidad del comercio global.
Lo que queda claro es que la vía diplomática quedó relegada y cada ataque no solo eleva el riesgo militar, sino que empieza a impactar directamente en la debilitada estabilidad de los mercados energéticos y financieros globales.
La lógica que domina esta etapa es la de acción y reacción, pero con una escalada progresiva en el tipo de objetivos. Estados Unidos presenta sus ataques como una forma de obligar a Irán a retroceder y volver a negociar, mientras Teherán responde contra bases estadounidenses, buques comerciales y corredores logísticos.
Ambas partes hablan de represalias limitadas, pero cada respuesta incorpora infraestructura más sensible. Washington ha golpeado instalaciones militares, radares, depósitos logísticos y centros de comando, Trump también incluyó entre los posibles blancos la montaña Pickaxe, donde se construye un centro de ensamblaje de centrifugadoras. Aunque no es una instalación nuclear operativa, atacarla implicaría cruzar un umbral político y estratégico que podría desencadenar una respuesta mucho más amplia.
Las islas atacadas tampoco son posiciones aisladas, sino nodos dentro de una red militar diseñada para controlar el flujo marítimo. Abu Musa, Gran Tunb, Pequeña Tunb, Hengam, Qeshm, Larak y Hormuz permiten a Irán desplegar misiles antibuque, drones, minas navales, sistemas de defensa aérea y capacidades de guerra electrónica en todo el estrecho.
La geografía juega a favor de Irán. La poca profundidad del golfo obliga a los petroleros a seguir rutas estrechas y previsibles, lo que facilita su monitoreo y eventual bloqueo. Esto significa que el control de Ormuz no depende únicamente de la superioridad militar convencional, sino de la capacidad de generar suficiente riesgo como para que aseguradoras, navieras y operadores logísticos decidan evitar la zona, encareciendo automáticamente el comercio global.
La otra pieza crítica es la isla de Kharg, por donde pasa cerca del 90% de las exportaciones petroleras iraníes. Hasta ahora, Estados Unidos ha evitado destruir completamente esta infraestructura, no solo por el impacto directo que tendría sobre la economía iraní, sino también por las consecuencias globales. Una interrupción total en Kharg podría disparar el precio del crudo por encima de niveles críticos y generar una reacción en cadena en los mercados energéticos. Sin embargo, Kharg también representa una vulnerabilidad estratégica.
Un ataque parcial a sus terminales de carga o a sus sistemas de almacenamiento podría reducir significativamente la capacidad exportadora de Irán sin eliminarla por completo, aumentando la presión económica sin cerrar la puerta a futuras negociaciones. La advertencia iraní pasa por entender que sí la economía es asfixiada, intentará trasladar ese costo al sistema energético global.
Irán prometió una represalia “segura e inminente” que podría incluir ataques a infraestructura energética de otros países del golfo. Una represalia que ya empieza a materializarse.
La Guardia Revolucionaria afirmó haber atacado instalaciones estadounidenses en Baréin, Jordania, Kuwait y Catar, incluyendo pistas aéreas, depósitos logísticos y sistemas de defensa. También se registraron ataques contra buques comerciales y petroleros cerca de Omán, donde se confirmó el hundimiento de un buque carguero el Luni, siendo el primero en esta nueva etapa de la guerra.
Este tipo de acciones no solo tiene un impacto militar, sino que afecta directamente las primas de seguro marítimo, que ya han comenzado a subir, encareciendo el transporte de hidrocarburos y mercancías.
El escenario podría agravarse con la entrada de los hutíes y la apertura de un segundo frente en Bab el-Mandeb. Este estrecho conecta el océano Índico con el mar Rojo y el canal de Suez, y es una arteria clave para el comercio entre Asia y Europa. Irán no necesita bloquearlo completamente para generar un impacto significativo, basta con seguir la lógica de Ormuz, crear una amenaza creíble, algo que los Hutíes, saben como hacer.
Si Ormuz restringe la salida del petróleo y el gas del Golfo, mientras Bab el-Mandeb complica el acceso al Mediterráneo, el problema deja de ser solo la capacidad de producción y suma la logística global, afectando tiempos de entrega, disponibilidad de productos y estabilidad de precios.
El impacto económico sería desigual, pero ningún país del Golfo quedaría fuera de las consecuencia de un escenario como este. Arabia Saudita puede redirigir parte de sus exportaciones hacia el puerto de Yanbu en el mar Rojo; Emiratos Árabes Unidos cuenta con Fujairah, fuera de Ormuz; y Omán puede reforzar puertos como Duqm y Salalah. Sin embargo, estas alternativas tienen capacidad limitada y se convertirían en objetivos estratégicos si el conflicto se intensifica.