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Nevaco Global
21 de septiembre de 2026

Canadá y Europa: la nueva alianza que nace de la rivalidad con Estados Unidos

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El 16 de septiembre, Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, pronunció en Estrasburgo su discurso anual sobre el estado de la Unión con un invitado insólito en primera fila: el primer ministro canadiense, Mark Carney.

Ante los eurodiputados, ella propuso “abrir la puerta” a que Canadá se convierta en el primer “miembro asociado” de la UE, un estatus que hoy no existe en los tratados europeos, y anunció el paso del acuerdo comercial bilateral a una “alianza para el futuro”.

La propuesta arrancó una ovación de pie. Horas después, Donald Trump calificó la idea de “risible” y amenazó con cortar el comercio con la UE, cuyo acercamiento calificó de posible “acto hostil”. Al día siguiente, Carney defendió la asociación ante el Parlamento Europeo.

¿Cómo hemos llegado a este punto inédito entre aliados históricos? La respuesta es geopolítica: se está redibujando el mapa del Atlántico Norte.

La relación con Estados Unidos, que absorbe cerca del 72 % de las exportaciones canadienses de mercancías, se ha deteriorado aceleradamente. Tras el fracaso de las negociaciones comerciales a finales de agosto, Washington impuso aranceles del 50 % a buena parte de los productos canadienses y amenazó con duplicar, hasta el 50 %, los aranceles que gravan automóviles, camiones y piezas desde el 1 de enero de 2027.

Ottawa respondió con aranceles equivalentes –del 15 %, 25 % o 50 %, según el producto– sobre bienes procedentes de Estados Unidos por valor de 27 600 millones de dólares canadienses, unos 20 000 millones de dólares estadounidenses.

A la tensión económica se suma una retórica inusual entre socios tan estrechos: Trump ha reiterado que Canadá debería convertirse en el Estado número 51 de Estados Unidos. Para un país que ha construido su identidad en torno a la diferencia frente a su poderoso vecino, la respuesta ha sido diversificar.

Sobre la política exterior de Trump, el experto en ciencia política Robert S. Snyder afirma que la etiqueta de “transaccional” es engañosa: prima el poder sobre las alianzas. De hecho, otro autor, Simon Bulmer, en un trabajo publicado en febrero de este año por el Journal of European Integration, afirmó que la incertidumbre hegemónica obliga a recomponer vínculos.

El giro canadiense no parte de cero. El Acuerdo Integral sobre Economía y Comercio (CETA, por sus siglas en inglés) entre Canadá y la Unión Europea se aplica de forma provisional desde 2017 y ha eliminado el 99 % de los aranceles: el comercio bilateral en bienes y servicios superó el año pasado los 130 000 millones de euros, un crecimiento superior al 80 % desde 2016, según la Comisión Europea.

Además, la UE es ya el segundo socio comercial de Canadá. El marco político es denso: ambos son socios estratégicos, con un pacto de asociación ratificado por 24 de los 27 Estados miembros, aunque con un acuerdo comercial cuya ratificación completa sigue pendiente en diez capitales.

La gran novedad es militar. En junio de 2025, Canadá y la UE firmaron una asociación en materia de seguridad y defensa. El 14 de febrero de 2026, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Ottawa cerró su adhesión al instrumento SAFE de rearme europeo, un programa de 150 000 millones de euros. El Consejo de la UE concluyó formalmente el acuerdo durante este verano: Canadá es el único país no europeo con acceso preferente, hasta el 80 % del valor de los contratos. La cooperación se extiende al Ártico, los minerales críticos, la energía y la ciberseguridad.

Este acercamiento es un síntoma de un mundo multipolar donde la geoeconomía sustituye a la diplomacia comercial tradicional, como explica la experta en ciencia política Beata Piskorska en su investigación sobre el “despertar” geopolítico de la UE. Para Europa, Canadá ofrece energía, minerales críticos y un socio fiable en defensa de Ucrania; para Ottawa, Bruselas es un seguro frente a la imprevisibilidad de Washington, en línea con la tesis de que la UE actúa como potencia geopolítica. Es la lógica de la autonomía estratégica compartida, y el análisis de la política comercial europea confirma que los acuerdos se han convertido en herramientas de seguridad.

Quedan obstáculos serios. El artículo 49 del Tratado de la Unión reserva la adhesión plena a los “Estados europeos”, de modo que el “miembro asociado” tendría que inventarse jurídica y políticamente, con aprobación unánime de los 27.

Por otro lado, la propuesta sorprendió a varios gobiernos y diplomáticos europeos. Carney, que acudió a Estrasburgo e instó a los diez Estados que aún no han ratificado el CETA a hacerlo, insiste en que Canadá no busca ser miembro, sino parte de una “alianza única” que proteja su soberanía.

Los detalles –incluida una posible movilidad para que los canadienses vivan y trabajen en la UE– se concretarán en la cumbre UE-Canadá de Montreal, los días 29 y 30 de octubre. El giro europeo de Carney constituye una previsión estratégica, con lecciones incluso para el Reino Unido. En un mundo abiertamente hostil, asistimos al rediseño de la geometría de Occidente.

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