El anuncio que definió las elecciones de 2024 decía: “Kamala es para ellos/ellas (en alusión a la comunidad trans). El presidente Trump es para ti”.
El mordaz ataque contra la candidata demócrata no se limitó a cuestionar sus posturas sobre temas transgénero, sino que presentó a Trump como el único que escuchaba las peticiones de ayuda de los estadounidenses ante los elevados precios de los alimentos y la vivienda.
Pero el regreso al Despacho Oval, adornado con oro, y una oleada de obras de construcción personales que inmortalizan su legado parecen haber distraído al presidente Donald Trump de esas preocupaciones, que en cierto modo han empeorado como resultado de sus políticas.
Y la acelerada gira de campaña de Trump, que hasta ahora ha hecho paradas en Texas, Ohio, Alabama y Nebraska —supuestamente destinadas a ayudar a los candidatos republicanos en las elecciones intermedias—, se caracteriza por apariciones indisciplinadas y autorreferenciales que provocan tormentas políticas pero que ofrecen pocas respuestas a la cuestión crucial de los comicios.
En los últimos días, Trump pisoteó el mensaje de campaña de su partido al desatar la polémica sobre si había sugerido que Irán podría “atacar” San Diego o Los Ángeles. Las reacciones de los demócratas no reflejaron con exactitud el contexto, pero su falta de mesura les brindó la oportunidad de dominar la narrativa en una de las últimas jornadas previas a las elecciones.
Trump también se queja amargamente de que Fox News no está siendo imparcial. Además, provocó otra controversia al utilizar fondos públicos para anuncios con tinte de campaña, empleó un insulto transfóbico contra un candidato demócrata en Carolina del Sur y dijo a una multitud en Ohio, durante el fin de semana, que el Partido Republicano le metería la victoria electoral por el “c**o” al partido rival.
El martes, promocionando un proyecto de construcción naval en Maryland, el presidente improvisó de forma desconcertante sobre la posibilidad de rebautizar los “medios falsos” como medios “artificiales” tras haber liberado el significado del término al denominar a la inteligencia artificial “superinteligencia”.
Trump nunca se ha ceñido al guion. De hecho, sus improvisaciones verbales a menudo han sido una ventaja política.
Sin embargo, las ocurrencias y provocaciones espontáneas que en su momento lo caracterizaron como el forastero por excelencia que destrozaba el sistema político ahora corren el riesgo de convertirse en un lastre, ya que los votantes lo culpan de los altos precios, el atolladero de Medio Oriente y sus esperanzas frustradas.
En unas elecciones intermedias marcadas por la impopularidad de su presidencia y su aparente negación de la desigualdad económica, la intensa campaña electoral de Trump—hasta ahora centrada principalmente en estados republicanos— parece carecer de estrategia.
Tampoco hay indicios de que esté teniendo el impacto deseado, aunque el presidente dijo el martes en Truth Social que estaba “dando la vuelta a las elecciones por doquier”.
A cuatro semanas de unas elecciones en las que los demócratas solo necesitan un puñado de escaños para recuperar la Cámara de Representantes, y mientras la reñida batalla por el Senado llega a su momento decisivo, Trump está cumpliendo su promesa de convertir la campaña en algo centrado en su propia figura.
Al hacerlo, podría estar facilitando la situación a los demócratas, quienes —según indican las encuestas— aún no gozan de la confianza de los votantes.
El presidente se está alineando con los multimillonarios tecnológicos al decirles a los estadounidenses que deben adoptar los centros de datos de IA, que muchos votantes detestan por su enorme impacto en el paisaje y por su derroche de electricidad y agua.
Durante un viaje para apoyar a los republicanos en Nebraska el lunes, Trump se mostró indiferente ante los ganaderos enojados por su decisión de suspender los aranceles a decenas de miles de toneladas de carne extranjera para bajar los precios nacionales. Les advirtió de que estarían en “graves aprietos si ganan los demócratas”.