Armenia vota con la vista puesta en la UE y la amenaza de Putin de adoptar represalias
El jefe del Kremlin prepara el terreno para expulsar al país que se aleja de su órbita de la Unión Económica Eurasiática (UEE)
Cargando análisis estratégico...
¿Puede un sistema autoritario sostener el crecimiento económico a largo plazo?
El extraordinario ascenso económico de China plantea una de las preguntas más importantes de la economía política moderna: ¿puede un sistema político autoritario sostener el crecimiento económico a largo plazo? Durante décadas, la sabiduría convencional sostuvo que el desarrollo económico y la liberalización política eventualmente avanzarían de la mano. Sin embargo, la experiencia china ha puesto en duda esa premisa. Desde que Deng Xiaoping inició las reformas económicas en 1978, China se ha transformado de una sociedad pobre y predominantemente agrícola en la segunda economía más grande del mundo. Ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas, se ha convertido en el centro manufacturero del mundo, ha desarrollado infraestructura de primer nivel y ha emergido como un competidor tecnológico de Estados Unidos. Todo esto ha ocurrido bajo el liderazgo del Partido Comunista Chino (PCCh), sin adoptar instituciones democráticas de estilo occidental.
Esta realidad representa un desafío directo al argumento central planteado por Daron Acemoglu y James Robinson en su influyente libro Por qué fracasan los países. Según los autores, la prosperidad de largo plazo depende de la existencia de instituciones políticas y económicas inclusivas. Los países prosperan cuando el poder político está ampliamente distribuido, los derechos de propiedad están protegidos, la innovación es incentivada y los individuos pueden participar libremente en la vida económica y política. Por el contrario, los países gobernados por instituciones políticas extractivas pueden experimentar períodos de rápido crecimiento, pero eventualmente se estancan porque la concentración del poder limita la innovación, la competencia y la destrucción creativa.
A primera vista, China parece contradecir esta teoría. Su sistema político continúa siendo altamente centralizado, pero sus logros económicos son innegables. Una posible explicación es que China ha creado un modelo híbrido único en el que las instituciones económicas son significativamente más inclusivas que las instituciones políticas. Aunque los ciudadanos tienen libertades políticas limitadas, han obtenido acceso a educación, emprendimiento, propiedad privada y oportunidades económicas en una escala sin precedentes en la historia china. Las empresas privadas generan actualmente una gran parte de la producción, el empleo y la innovación del país. Compañías como Huawei, Alibaba, Tencent y BYD compiten a nivel global, mientras millones de ciudadanos chinos se han beneficiado del aumento de los ingresos y de los niveles de vida. Es posible que la inclusión económica, más que la inclusión política, sea suficiente para sostener el crecimiento durante mucho más tiempo de lo que Acemoglu y Robinson anticiparon.
Otra explicación se centra en la capacidad del Estado. El éxito de China podría sugerir que la calidad y la eficacia del gobierno importan más que la naturaleza del sistema político. A diferencia de muchas democracias que enfrentan polarización política, ciclos electorales cortos y frecuentes cambios de política pública, China puede perseguir estrategias de desarrollo de largo plazo con una consistencia notable. Las inversiones del país en infraestructura, manufactura avanzada, energías renovables, inteligencia artificial, semiconductores e investigación científica reflejan un nivel de planificación estratégica poco común en otras partes del mundo. Su extensa red de trenes de alta velocidad, puertos modernos, conglomerados industriales y ecosistemas tecnológicos demuestra las ventajas de un Estado capaz de movilizar recursos a gran escala. Si la competencia burocrática y la continuidad de las políticas son los principales motores del desarrollo, entonces el sistema autoritario chino podría resultar más resiliente de lo que muchos observadores esperan.
Sin embargo, existe otra perspectiva que emerge de la obra del economista surcoreano Ha-Joon Chang. En su influyente libro Retirar la escalera (Kicking Away the Ladder), Chang sostiene que los países ricos de hoy no alcanzaron la prosperidad siguiendo las políticas de libre mercado que actualmente recomiendan a las naciones en desarrollo. Por el contrario, Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania, Japón y Corea del Sur recurrieron intensamente a aranceles, subsidios, política industrial, orientación estatal y protección estratégica de las industrias nacionales durante sus procesos de industrialización.
Chang retoma una poderosa idea del economista alemán Friedrich List. Una vez que los países alcanzan la cima del desarrollo, suelen “retirar la escalera” que les permitió ascender, impidiendo que otros utilicen las mismas herramientas. Según Chang, muchas economías avanzadas comenzaron a defender el libre comercio, la desregulación y la limitada intervención estatal únicamente después de haber alcanzado una posición dominante mediante políticas muy distintas.
Vista desde esta perspectiva, China podría no ser una excepción histórica en absoluto. Más bien, podría estar siguiendo una trayectoria similar a la de las potencias industriales que la precedieron. Así como Estados Unidos protegió sus industrias nacientes durante gran parte del siglo XIX, China ha protegido cuidadosamente sectores estratégicos mientras abría gradualmente su economía a la competencia internacional. La inversión extranjera ha sido bienvenida, pero frecuentemente bajo condiciones que facilitaron la transferencia tecnológica y el aprendizaje doméstico. Industrias clave han recibido apoyo gubernamental y las empresas estatales continúan desempeñando un papel fundamental en sectores considerados estratégicos.
El desarrollo tecnológico de China resulta particularmente consistente con los argumentos de Chang. Históricamente, los países que posteriormente se convirtieron en líderes tecnológicos primero aprendieron copiando, adaptando y mejorando tecnologías extranjeras. Estados Unidos tomó prestadas numerosas innovaciones británicas durante su industrialización. Suiza se convirtió en una potencia tecnológica a pesar de carecer de una sólida legislación de patentes durante buena parte de su desarrollo. Japón absorbió y adaptó tecnologías occidentales antes de convertirse en un líder mundial de la innovación. China siguió una estrategia similar mediante empresas conjuntas, transferencia tecnológica, ingeniería inversa y aprendizaje práctico. Sin embargo, hoy las empresas chinas ya no se limitan a adaptar tecnologías extranjeras; cada vez compiten más en la frontera tecnológica global.
Chang también cuestiona otra premisa ampliamente aceptada en la economía del desarrollo: la idea de que las instituciones avanzadas deben existir antes del crecimiento económico. La democracia, los sistemas financieros sofisticados, la protección robusta de la propiedad intelectual y las burocracias altamente eficientes suelen presentarse como requisitos previos para el desarrollo. Sin embargo, Chang sostiene que muchas de estas instituciones surgieron como consecuencia del crecimiento económico y no como su causa. Las potencias industriales actuales no esperaron a tener instituciones perfectas antes de desarrollarse; construyeron muchas de ellas durante el propio proceso de industrialización.
Esta observación resulta altamente relevante para China. Sus críticos suelen argumentar que el país carece de muchas de las características institucionales asociadas con las economías avanzadas. Sin embargo, China ha logrado un crecimiento extraordinario mientras fortalecía gradualmente sus instituciones a lo largo del tiempo. Si Chang tiene razón, la experiencia china podría sugerir que el desarrollo económico puede preceder, en lugar de seguir, a la perfección institucional.
Una cuarta posibilidad es que la tecnología esté modificando la relación entre el autoritarismo y el desempeño económico. Históricamente, muchos sistemas autoritarios fracasaron porque sus líderes terminaron desconectados de la sociedad y carecían de información confiable sobre las condiciones económicas. Las democracias resolvieron este problema mediante elecciones, medios de comunicación libres y debate público. China podría estar desarrollando un mecanismo alternativo. A través de plataformas digitales, inteligencia artificial, macrodatos y sofisticados sistemas administrativos, los responsables de las políticas públicas poseen un acceso sin precedentes a información sobre la actividad económica y las preferencias de la población. Sus defensores sostienen que estas tecnologías permiten al gobierno identificar problemas y responder rápidamente sin depender de instituciones democráticas tradicionales. Si la tecnología permite una gobernanza más efectiva, podría ayudar a los sistemas autoritarios a adaptarse de formas que antes eran imposibles.
Ninguno de estos argumentos demuestra que Acemoglu y Robinson estén equivocados. China aún enfrenta desafíos significativos, incluyendo el envejecimiento demográfico, elevados niveles de deuda, una desaceleración de la productividad, tensiones geopolíticas y una creciente concentración del poder político. Estos factores podrían eventualmente confirmar la predicción de que la concentración del poder termina convirtiéndose en un obstáculo para la innovación y la prosperidad sostenida. Al mismo tiempo, el éxito chino ya ha obligado a académicos y responsables de políticas públicas a replantearse muchas de las ideas tradicionales sobre el desarrollo.
El debate entre Acemoglu y Robinson, por un lado, y Ha-Joon Chang, por el otro, refleja dos visiones diferentes del desarrollo económico. Una enfatiza las instituciones políticas inclusivas como fundamento de la prosperidad de largo plazo. La otra pone el acento en la capacidad estatal, la política industrial y la intervención estratégica como motores de la transformación económica. La experiencia china se encuentra precisamente en el centro de este debate.
Si el crecimiento de China se desacelera significativamente debido a las restricciones impuestas por su sistema político, la teoría de Acemoglu y Robinson parecerá extraordinariamente acertada. Si, por el contrario, China continúa innovando, creciendo y elevando los niveles de vida bajo su actual estructura política, podría obligar a los economistas a reconsiderar muchas de las suposiciones tradicionales sobre la relación entre las instituciones políticas, el desarrollo económico y la prosperidad nacional. De una forma u otra, el caso chino probablemente moldeará el futuro de la economía del desarrollo durante las próximas décadas.
Accede a la nota completa y mantente a la vanguardia de los movimientos financieros globales.
Leer artículo en Nevaco GlobalNevaco Report — Monitoreo en tiempo real de mercados globales y análisis macroeconómico.
El jefe del Kremlin prepara el terreno para expulsar al país que se aleja de su órbita de la Unión Económica Eurasiática (UEE)
Pese a no tener amenazas como EU o México, autoridades no se confían y toman medidas, a la vez que promocionan la fiesta deportiva como “segura, protegida y acogedora”