Volver a la edición
Nevaco Global
25 de agosto de 2026

De Ormuz al Mediterráneo: el nuevo corredor energético que pretende redibujar Oriente Medio

Cargando análisis estratégico...

BeirutDurante más de veinte años, el oleoducto que unía Kirkuk, al norte de Irak, y Banias, en Siria, estuvo fuera de servicio. Construido en 1952, solía transportar 300.000 barriles de petróleo diarios, pero dejó de funcionar después de la invasión estadounidense de Irak en 2003. Ahora ha vuelto a cobrar un nuevo protagonismo. La crisis en torno al estrecho de Ormuz ha reabierto el interés por recuperar una ruta que permita a Irak exportar su petróleo al Mediterráneo sin depender exclusivamente del Golfo.

Léelo todo

Para Bagdad, la necesidad es evidente. Segundo productor de la OPEP, Irak obtiene la mayor parte de sus ingresos del petróleo y alrededor del 95% de sus exportaciones de crudo pasan habitualmente por el estrecho de Ormuz. Las interrupciones registradas durante la crisis reciente han demostrado la vulnerabilidad de depender de una única vía de salida.

Bagdad hace años que intenta diversificar sus rutas. El oleoducto que conecta Kirkuk con el puerto turco de Ceyhan continúa siendo una pieza importante de esta estrategia, pero los problemas de seguridad y las tensiones políticas entre el gobierno federal iraquí, las autoridades del Kurdistán iraquí y Turquía han limitado su capacidad. La ruta siria vuelve así a tener sentido.

El proyecto va mucho más allá de reparar una vieja tubería de unos 850 kilómetros. La idea es reconstruir un corredor energético capaz de llevar el petróleo iraquí hasta el Mediterráneo sin atravesar el Golfo. Si prospera, reduciría la dependencia de Ormuz, ofrecería una nueva vía hacia los mercados internacionales y convertiría de nuevo a Siria en un país de tránsito energético. Pero el oleoducto solo es una pieza de un movimiento mucho más amplio.

Washington parece haber encontrado una oportunidad para impulsar un nuevo eje económico entre Irak, Siria y, ahora, también Líbano. La coincidencia no pasa desapercibida. En Bagdad gobierna Ali al-Zaidi; en Damasco, Ahmed al-Sharaa; y en Beirut, Joseph Aoun. Son tres dirigentes que buscan reforzar el papel del Estado, atraer inversión extranjera y normalizar las relaciones con Occidente tras años de aislamiento, conflicto o parálisis política.

La administración de Donald Trump, con su enviado especial Tom Barrack como principal impulsor de la estrategia regional, ve en ellos interlocutores con los que intentar reducir la influencia de Irán sin tener que implicarse más militarmente. El objetivo ya no consiste únicamente en contener Teherán mediante alianzas de seguridad, sino en crear una red de intereses económicos que haga más atractiva la integración regional.

Este cambio de enfoque resulta significativo. Durante años, la influencia en Oriente Próximo se medía por bases militares, milicias o corredores utilizados para trasladar armas y combatientes. Ahora Washington apuesta por corredores económicos: oleoductos, puertos, infraestructuras y proyectos de reconstrucción capaces de conectar países que hasta hace poco estaban separados por la guerra.

Pero la región está como está. Zaidi gobierna un Irak donde las milicias próximas a Irán continúan conservando un peso político y militar enorme. Al-Sharaa intenta consolidar un Estado que aún no controla plenamente todo el territorio sirio. Y Joseph Aoun afronta el desafío de reconstruir un Líbano profundamente debilitado por la guerra, con Hezbolá todavía presente en la escena política y militar y con Israel ocupando una franja del sur del país que se adentra hasta diez kilómetros en territorio libanés. Los tres necesitan el apoyo de Washington, pero también deben gestionar equilibrios internos que limitan enormemente su margen de maniobra.

En este contexto se entiende el último movimiento de Beirut. Durante la visita del primer ministro Nawaf Salam a Bagdad, el Líbano ofreció convertirse en una nueva vía de salida para el petróleo iraquí hacia el Mediterráneo. La propuesta incluye estudiar la recuperación del antiguo ramal que conectaba Siria con el puerto de Trípoli, utilizar las instalaciones de almacenamiento existentes e incluso analizar la construcción de una refinería. Para un país inmerso en una grave crisis económica, situarse como plataforma energética supondría ingresos, puestos de trabajo e inversión e interés de las grandes potencias por su estabilidad.

De momento solo está sobre el papel. Los estudios técnicos apenas comienzan y la rehabilitación del oleoducto exigirá miles de millones de dólares, años de trabajo y acuerdos políticos entre diversos gobiernos. Nadie espera que la infraestructura vuelva a funcionar a corto plazo.

Pero incluso si el proyecto tarda años en hacerse realidad, el mensaje ya es evidente. La crisis de Ormuz ha cambiado la forma en que la región piensa su seguridad energética. El estrecho continúa siendo una arteria imprescindible para el comercio mundial, pero ya no se percibe como la única opción posible.

La posible reactivación del viejo oleoducto de Kirkuk a Banias, el interés del Líbano por incorporarse a esta ruta y el apoyo de los Estados Unidos apuntan a un cambio más profundo. Después de la reciente escalada, el Próximo Oriente no solo está redefiniendo sus alianzas. También comienza a redibujar el camino por donde circulará su petróleo.

Continúa la lectura estratégica

Accede a la nota completa y mantente a la vanguardia de los movimientos financieros globales.

Leer artículo en Nevaco Global

Nevaco Report — Monitoreo en tiempo real de mercados globales y análisis macroeconómico.

También podría interesarte