El planeta nos cobrará aranceles
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Un mes con una temperatura media superior a 30 grados implica pérdidas en las exportaciones cercanas al 3%
En 1999, las protestas de Seattle contra la Organización Mundial del Comercio (OMC) pusieron el medioambiente en el centro del debate del comercio internacional. Desde entonces, los economistas llevamos tres décadas preguntándonos si el comercio daña nuestro planeta. Una conferencia reciente en Orleans sobre comercio exterior y sostenibilidad, a la que asistí como ponente, nos deja una conclusión doble: tenemos respuestas a esa pregunta, pero ya no es la más importante. Darle la vuelta a la pregunta resulta más relevante en la realidad actual, y a ello volveré más adelante.
Antes comienzo por esbozar lo que ya sabemos. La teoría económica no nos ofrece un veredicto concluyente, porque el comercio afecta al medioambiente por tres vías distintas. El efecto escala: más actividad implica más contaminación. El efecto composición: con el comercio los sectores más competitivos –que pueden ser los más contaminantes– crecen y los demás se contraen. Y el efecto técnica: mayor renta per cápita y la adopción de nuevas tecnologías más limpias reducen la contaminación por unidad producida. Como estos efectos actúan en sentidos opuestos, determinar si el comercio acelera el calentamiento global es una cuestión empírica.
Los trabajos pioneros de Antweiler, Copeland y Taylor a comienzos de los 2000 concluyeron que globalmente comerciar más reduce la contaminación, aunque el efecto neto para cada país depende de su composición productiva y de su ventaja comparativa. La duda era si se cumplía la hipótesis del “paraíso de contaminación” y las industrias más contaminantes emigrarían hacia países con regulación medioambiental laxa. La evidencia indica que dicha regulación influye parcialmente en dónde se localiza la producción, pero da poco respaldo a una relocalización masiva de empresas. ¿Cuáles son las razones? Las industrias contaminantes son intensivas en capital, soportan costes no recuperables y no siempre son móviles. Además, las infraestructuras y el acceso a los mercados son mejores en los países ricos, y factores como los costes laborales tienen un mayor peso en las decisiones empresariales.
Una nueva generación de estudios recientes usa datos de empresas y plantas productivas, que es donde se miden las emisiones, concluyendo que el efecto técnica más que compensa el efecto escala, siendo el efecto composición poco relevante. Por ejemplo, un estudio para México muestra que la intensidad de emisiones de las plantas bajó tras la reducción de aranceles, en parte por una mayor competencia. Otro para empresas estadounidenses concluye que las empresas pueden crecer y contaminar menos a la vez, gracias a la regulación medioambiental y las tecnologías limpias, mientras que el comercio y la deslocalización internacional explican muy poco.
La forma de contabilizar las emisiones también tiene implicaciones. Las asociadas al consumo de un país son las de su producción, más las de lo que importa, menos las de lo que exporta. Medidas por el lado de la producción, que es lo más habitual, un país puede presumir de un aire más limpio mientras importa buena parte de la contaminación asociada a su consumo. Esto ocasiona una fuga de carbono, que se produce cuando aumentan las emisiones de gases de efecto invernadero fuera de la región que regula. Aunque los estudios recientes no encuentran evidencia de fuga como consecuencia del mercado de emisiones europeo, en vigor desde 2005, la Unión Europea (UE) ha optado por el mecanismo de ajuste en frontera (CBAM) para igualar el coste del carbono entre productores internos y extranjeros. Su diseño es escalonado y complejo y deja preguntas abiertas. Es incierto si esta regulación es compatible con las normas de la OMC, si beneficiará al medioambiente y si habrá riesgo de represalias por parte de otros países.
Pero ¿y si damos la vuelta a la pregunta? Durante treinta años hemos cuestionado cómo afecta el comercio al medioambiente. Sin embargo, la degradación ambiental influye cada día más en los flujos de comercio. En concreto, el cambio climático y los desastres naturales asociados al mismo alteran la ventaja comparativa de los países. Cambia lo que pueden producir y a qué coste, y con ello sus exportaciones. La política industrial verde, con subsidios y estándares de producto, está también redibujando esas ventajas. El foco no puede limitarse a las emisiones de gases de efecto invernadero. La huella ecológica incluye además la contaminación local del aire, el agua, el suelo, la desforestación y la pérdida de biodiversidad, y estos impactos tienen consecuencias.
Investigaciones recientes indican que, un mes con una temperatura media superior a 30º Celsius implica pérdidas en las exportaciones de alrededor del 3%. Queda por determinar cómo evolucionará la ventaja comparativa ante los efectos del cambio climático, qué implicaciones tendrá la política industrial verde de los últimos años y como se adaptarán las cadenas de valor globales a la nueva realidad.
Para la UE, que ha apostado por vincular comercio y clima, esto entraña mirar el comercio no solo como fuente de emisiones, sino como un sistema expuesto al clima. Pasamos pues de preguntarnos si el comercio nos cuesta el planeta a cuestionar si, tal y como lo estamos cambiando, nos seguirá permitiendo comerciar como hasta ahora o nos cobrará aranceles.
Inmaculada Martínez-Zarzoso es profesora de las universidades Jaume I y Gotinga.
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