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La propuesta planteada por Estados Unidos durante la Reunión Trilateral del pasado 1 de julio, consistente en sustituir la vigencia de 16 años del T-MEC por revisiones anuales, ha generado incertidumbre en algunos sectores. En ese contexto, la oposición ha aprovechado el debate para sostener que este cambio representa un riesgo para la inversión extranjera en México y podría provocar el traslado masivo de empresas hacia sus países de origen, particularmente a Estados Unidos.
Pero en realidad esta apreciación es pesimista, ya que no toma en cuenta las fortalezas que hoy sostiene la economía mexicana y el riesgo que representa para las empresas transnacionales un traslado nunca planeado de sus inversiones a suelo norteamericano.
Por el contrario, creo que una reflexión cuidadosa de nuestro comercio con Norteamérica nos da la confianza de que esta modificación del T-MEC no afectará el volumen de nuestros intercambios y que la operación de esas empresas mantendrá su dinámica.
En principio, debemos recordar que una mala interpretación del fenómeno de la globalización llevó a que desde su creación en mayo de 1966 y hasta el final del proyecto neoliberal en el 2018, los gobiernos conservadores mantuvieran una negociación subordinada del programa gubernamental que ampara a la industria maquiladora.
Pensado en su origen como un programa para salir de una crisis de desempleo en la Frontera Norte, la negociación de remuneraciones fue contraria a las necesidades de los trabajadores y controlada por sindicatos blancos.
Además de suprimir impuestos a la importación y exportación, el gobierno renunció al cobro de impuestos sobre la renta y en algunos momentos a los equivalentes al IVA.
Con el tiempo, cuando se estimó que estas inversiones eran indispensables para industrializar el país, los estímulos aumentaron a través de mecanismos indirectos como los subsidios que el gobierno federal y los gobiernos locales otorgaron para la construcción de parques industriales.
Pero nada de esto fue suficiente, lo peor ocurrió cuando la devaluación de 1982 hizo añicos el modelo de desarrollo que el PRI y sus ideólogos habían forjado después de la Revolución Mexicana; ante ello, como alternativa la tecnocracia neoliberal diseñó una propuesta, centrada en la idea de abaratar los salarios para animar la inversión nacional y extranjera.
Sin medir las consecuencias los seis gobiernos que condujeron al país entre 1982 y 2018 compartieron una interpretación pesimista de nuestras debilidades y sobre ella negociaron la atracción de capitales; ofreciendo como estímulo salarios que representaban la cuarta parte del promedio histórico nacional y hasta la décima parte de lo pagado en Estados Unidos en posiciones de trabajo equivalentes.
Sin embargo, este modelo económico, presentado como el único viable, era en realidad frágil, tan vulnerable que en menos de ocho años ha sido superado por una propuesta de transformación que privilegia la idea de organizar una sociedad distinta, donde la prosperidad de los negocios es inseparable del bienestar de sus trabajadores.
Pero lo relevante es que esa propuesta de transformación, a diferencia de la reforma neoliberal, tiene una concepción de nuestras fortalezas, absolutamente humanista y si se quiere optimista.
Estamos en una situación diferente, con menos vulnerabilidad, lo que ha sido probado en los primeros tres semestres de la gestión de la presidenta Claudia Sheinbaum, en los que la sacudida que el gobierno de Trump dio al régimen internacional de libre comercio, contra lo esperado, tuvo como primeros efectos un mayor volumen de intercambio comercial con Estados Unidos, un mayor superávit comercial, mayores inversiones extranjeras, menor inflación y un tipo de cambio estable.
En pocas palabras, como nunca la Cuarta Transformación ha implantado un modelo de desarrollo económico y social que permite enfrentar los procesos de negociación internacional con mayores fortalezas. Y eso no es todo: la iniciativa fundamental del presidente de nuestro país vecino, consistente en reconcentrar las empresas norteamericanas en su país de origen es tan disruptiva como irrealizable, pues tendrá un efecto negativo sobre sus márgenes de utilidad.
Trump comete un error, al no registrar que la gran ventaja que tiene y ha tenido en los últimos veinte años la economía China proviene del aprovechamiento de la oferta de mano de obra ilimitada que le ha permitido abaratar los costos de su sistema productivo como ninguna otra nación lo puede lograr.