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Nevaco Global
3 de julio de 2026

¿El nacimiento de una potencia?

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La categórica derrota estratégica –que no táctica– infligida por Irán a Estados Unidos e Israel está provocando una reconfiguración geopolítica de Oriente Medio y ha dado lugar a debates sobre la eventual emergencia de Teherán como potencia mundial.

Puede parecer excesivo pensar que un país rodeado de enemigos, con una economía débil, amplio descontento social y que está recuperándose de bombardeos masivos pueda ascender a la categoría de potencia, más aún cuando la superioridad militar estadounidense continúa proyectando su sombra sobre una frágil tregua. Sin embargo, la cuestión se asienta justo en el carácter estrictamente estratégico de la victoria iraní, resultante de su capacidad de entablar una guerra asimétrica con base en una escalada horizontal. No fue necesario ganar ninguna batalla ni entablar una larga guerra de desgaste, como había sucedido hasta ahora en los anteriores conflictos en los que Estados Unidos fue derrotado solo después de que miles de sus soldados murieran en tierras lejanas. Aquí apenas alcanzó con atacar a sus socios en la región y mantener una amenaza plausible sobre la navegación a través del estrecho de Ormuz que pusiera en vilo a la economía global.

El ataque de Estados Unidos e Israel no alcanzó ninguno de los objetivos planteados: no cayó el régimen iraní, no se eliminó su programa nuclear y de misiles y tampoco se desmanteló el Eje de la Resistencia a lo largo de Irak, Yemen, Líbano y Palestina. Por el contrario, el régimen revolucionario se reafirmó en clave nacionalista, demostró la eficacia de su sistema de misiles, obtuvo en el estrecho de Ormuz un nuevo activo que torna innecesario obtener una bomba nuclear y, con la inclusión de la paz en Líbano en el reciente memorando de entendimiento, logró que se valide a nivel diplomático su compromiso con Hezbolá.

Además, la guerra permitió a Irán avanzar en sus propios objetivos, tanto a escala nacional como regional. Por un lado, la presencia de Estados Unidos en Oriente Medio ha quedado muy debilitada. Su alianza con Israel está dañada, así como la confianza de las monarquías árabes en su capacidad para protegerlas (el ejército estadounidense ni siquiera fue capaz de proteger las bases que posee en sus territorios, que debieron ser evacuadas una y otra vez). Más importante aún para los objetivos iraníes: el acercamiento entre Israel y las monarquías árabes, impulsado durante el primer gobierno de Donald Trump a través de los Acuerdos de Abraham, parece hoy inalcanzable. Por otro lado, Irán ha consolidado su presencia regional a través de la movilización de población chií en Irak, Baréin y Líbano, y ha logrado validarse en el mundo musulmán como defensor de la causa palestina (algo en lo que antes habían fallado otros candidatos a potencias, desde el Egipto de Gamal Abdel Nasser hasta el Irak de Sadam Huseín).

El debilitamiento de la presencia de Estados Unidos en Oriente Medio y la posible emergencia de Irán como potencia son dos consecuencias complementarias de la guerra. Existe una amplia literatura académica que vincula la histórica inestabilidad y centralidad geopolítica de esta región con las presiones externas que sobre ella ejercen las potencias mundiales y con la ausencia de potencias regionales. Al finalizar la Guerra Fría, Zbigniew Brzezinski advertía contra los efectos adversos de las sistemáticas intervenciones militares de Estados Unidos en la región y, en especial, sobre lo peligroso que podría aparejar un eventual ataque contra Irán. Y, más recientemente, Robert Kaplan establece un vínculo directo entre la inestabilidad de Oriente Medio y la ausencia de potencias regionales.

Sin embargo, lo distintivo de la coyuntura actual es que la discusión sobre el ascenso de Irán desborda el ámbito regional y plantea su categorización como potencia mundial. En una columna publicada en The New York Times, Robert Pape considera que el conflicto podría catapultar a Irán como cuarto centro de poder mundial (tan solo por detrás de Estados Unidos, Rusia y China, y superando a la Unión Europea, India o Brasil). El enfoque se centra en cómo la guerra confirió a Irán un nuevo activo geopolítico, al convertir todo el potencial de su valiosa posición sobre el estrecho de Ormuz en eficaz herramienta de impacto global. De esta forma, de nuevo, la importancia de la derrota de Estados Unidos pasa por su dimensión estratégica, pero, en este caso, ya no acotada a la reconfiguración de la región, sino de todo el mercado mundial de energía, en el que el autor observa incentivos convergentes entre China, Rusia e Irán para avanzar hacia «un nuevo acuerdo energético mundial en el que el control estadounidense ya no está asegurado».1

A los análisis de Brzezinski y Kaplan cabe agregar los de Saul Cohen, quien define a la región como un shatter belt («cinturón de fractura») cuya riqueza y ubicación estratégica la someten a constantes presiones de las diferentes potencias mundiales en el marco de sus disputas sistémicas. El análisis de la actual reconfiguración de Oriente Medio necesariamente debe considerar el rol de China, que, a pesar de jugar un papel secundario y de ser víctima del bloqueo de Ormuz, tiene a Pakistán, su principal socio en el mundo musulmán, dirigiendo las negociaciones, así como cuantiosas inversiones en monarquías árabes. (Vale agregar dos datos: las sospechas de utilización en los misiles iraníes de BeiDou, el sistema chino de geolocalización alternativo al GPS, y la elusión iraní de las sanciones aplicadas por Washington a través del cobro de peajes y el cobro de exportaciones a China en yuanes o criptomonedas, evitando el uso del dólar).

Ahora, tras el humillante retaceo sufrido por Estados Unidos durante la negociación del memorando de entendimiento, cuando el chiste era que «Trump quiere rendirse e Irán no lo deja», se abre una nueva ventana que eventualmente permita un acuerdo de paz «definitivo» cuya viabilidad se asienta en el interés de Trump por desentenderse lo antes posible de todo este asunto. Mientras, las noticias pasan por los combates en Líbano y las escaramuzas en Ormuz, ámbitos en los que la imposición de la voluntad iraní significaría, en el primer caso, la renuncia definitiva de Estados Unidos a mantener algo del anterior statu quo regional y, en el segundo, la consolidación de esta posible emergencia de una nueva potencia mundial.

Semanario Brecha es una publicación periodística independiente de izquierda fundada en 1985 en Montevideo, Uruguay.

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