Brasil y Argentina, más allá de Bolsonaro
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Trump negocia de nuevo con el dictador ruso para salvar su resultado electoral de noviembre
Las elecciones de medio mandato son en Estados Unidos lo más parecido a un examen de recuperación para el presidente, con la particularidad de que casi nunca se aprueba. El partido que ocupa la Casa Blanca suele perder escaños dos años después de haber ganado, porque el votante estadounidense mantiene una sana desconfianza hacia el poder y aprovecha la mitad del mandato para recordarle a quien gobierna que no es un rey. A Donald Trump le sucedió en 2018 y todo indica que le volverá a suceder a principios de noviembre.
Hoy los republicanos controlan las dos cámaras, aunque por los pelos. En la de Representantes tienen 218 escaños frente a 214 de los demócratas, el mínimo imprescindible para la mayoría absoluta. Los sondeos dan a los demócratas entre un 80% y un 90% de probabilidades de recuperarla con holgura. En el Senado los republicanos cuentan con 53 escaños y las encuestas apuntan a un vuelco ajustado que dejaría la cámara alta en 51 a 49 a favor de los demócratas.
El motivo de tanta zozobra no es la inmigración, ni la sanidad, ni ninguna de esas guerras culturales que tanto entretienen en las redes sociales. Es el dinero. El 84% de los votantes asegura que la economía decidirá su voto y apenas uno de cada cinco cree que la situación es buena. El ciudadano corriente no lee informes trimestrales, mira lo que le queda en la cuenta a fin de mes. Y lo que ve no le gusta nada.
La gasolina merece capítulo aparte. Estados Unidos es un país construido para el automóvil. El estadounidense medio recorre unos 50 kilómetros diarios en coche. Cuando Trump volvió a la Casa Blanca el galón costaba unos tres dólares, hoy anda por los 4,35. Eso supone unos 600 dólares más al año solo por ir y volver del trabajo, una cantidad irrisoria para el PIB pero que se recuerda perfectamente delante de la urna. Trump lo sabe mejor que nadie porque hizo campaña en 2024 cabalgando sobre la inflación de Biden, que llevó el galón a 5 dólares en el verano de 2022. Prometió que con él los precios bajarían, pero no lo han hecho.
El diésel está todavía peor. El galón se paga a más de seis dólares cuando hace un año costaba 3,6. Los particulares apenas lo usan, pero con gasoil se mueven los camiones, los tractores y las cosechadoras, de manera que su encarecimiento se filtra a todo lo demás y golpea con especial saña a los estados agrícolas del Medio Oeste, precisamente los que los republicanos no pueden permitirse perder.
Ante este panorama Trump ha dado con una solución que solo a él podía ocurrírsele. La semana pasada anunció en Truth Social que Vladimir Putin se había comprometido a suministrar diésel a Estados Unidos y al resto del mundo en varias entregas, la última de ellas condicionada a que las maltrechas refinerías rusas lo permitan. Para que el negocio sea posible, el departamento del Tesoro ha dejado en suspenso hasta abril parte de las sanciones que pesaban sobre el gasoil ruso. En el Kremlin, como es lógico, no caben en sí de gozo.
El problema es que las cuentas no salen. Todo lo prometido equivale a unos 36 millones de barriles. Solo Estados Unidos consume unos cuatro millones de barriles diarios de diésel y la Agencia Internacional de la Energía calcula que el déficit mundial ronda los 1,6 millones diarios. Si todo el gasoil ruso llegase de golpe, que no llegará, taparía ese agujero unas tres semanas. Luego está la geografía, que es muy terca. Un petrolero que zarpe del Báltico tarda entre dos y tres semanas en alcanzar la costa este, a lo que hay que sumar la descarga, el almacenamiento y la distribución. Aunque saliese mañana, ese gasoil llegaría a los surtidores diez días después de las elecciones. Como operación electoral es un fiasco antes incluso de empezar.
La escasez de diésel, por lo demás, no es cosa de este año. La pandemia cerró refinerías que nunca volvieron a abrir, la invasión de Ucrania sacó del mercado al principal proveedor de Europa y este año se han sumado la guerra con Irán y la campaña de drones ucranianos contra las refinerías rusas. Y sobre todo ello planea algo de lo que se habla poco. Los gobiernos, especialmente los europeos, llevan años anunciando el fin del diésel, y nadie en su sano juicio invierte miles de millones en una refinería que tardará décadas en amortizar si el regulador le promete que su producto estará proscrito antes de esa fecha. Se condenó al gasoil al ostracismo y ahora descubrimos con sorpresa que el comercio mundial sigue funcionando con él.
Si el acuerdo apenas alivia a los conductores estadounidenses, a Putin le resuelve un problema. Los drones ucranianos han alcanzado seis refinerías que suman la mitad de la capacidad rusa de producción de gasoil. El destrozo ha sido de tal calibre que Gobierno ruso tuvo que suspender las exportaciones para abastecer su mercado interno durante la cosecha de este año. Ahora que la cosecha ha terminado la demanda nacional cae y a las petroleras les sobra un combustible que no tienen dónde colocar. Se calcula que la operación dejará unos 4.500 millones de dólares en las arcas rusas, justo cuando se ha sabido que su Gobierno planea aumentar un 27% su gasto militar el año que viene. Un alto cargo ruso se apresuró a aclarar que nada de esto altera los objetivos de guerra de su presidente. Al menos nadie podrá decir que no avisaron.
Lo más chocante de todo es la incoherencia. Hace solo un mes Trump firmó una ley, apoyada por ambos partidos, que permite castigar con sanciones y aranceles a quienes compren petróleo y gas rusos. Durante meses el Gobierno de Estados Unidos ha sermoneado a europeos, indios y chinos para que dejasen de financiar a Putin comprándole crudo. Ahora es la propia Casa Blanca la que levanta sanciones para que ese crudo, convertido en diésel, vuelva al mercado. La próxima vez que el Gobierno de Estados Unidos reprenda a alguien por hacer negocios con Rusia ya sabe lo que le van a contestar.
El acuerdo forma parte, en realidad, de la obsesión de Trump por poner fin a la guerra de Ucrania negociando solo con Rusia. Mientras se anunciaba lo del diésel, su enviado Steve Witkoff y su yerno Jared Kushner se reunían en Miami con negociadores ucranianos y, según varias personas al tanto del encuentro, les recordaron toda la ayuda recibida, incluida la información de inteligencia, antes de pedirles que dejasen de atacar refinerías rusas. Por si quedaba alguna duda, el propio Trump dijo después que Ucrania necesitaba un nuevo presidente y culpó a Volodímir Zelenski de la guerra y de la subida del gasoil. Para Trump el diésel está caro por culpa del agredido, no del agresor. Tampoco parece ser culpa de la guerra en el golfo Pérsico, en la que, por cierto, Rusia ayuda a Irán con armas e inteligencia.
Pedir a Ucrania que renuncie a atacar las refinerías es pedirle que entregue su principal palanca de presión. El petróleo financia la maquinaria militar rusa, de modo que las refinerías son un objetivo tan legítimo como un depósito de municiones. Ucrania ha ofrecido varias veces dejar de atacarlas si Rusia deja de bombardear su red eléctrica. Putin se ha negado en todas las ocasiones. La respuesta al anuncio de Trump llegó en forma de bombas planeadoras sobre edificios de viviendas en Zaporiyia, con al menos 20 muertos. Cuando el domingo Trump proclamó por su cuenta un alto el fuego energético, Zelenski dijo que se enteraba por la prensa pero que lo respetaría. Los rusos no dijeron nada. Unas horas después un dron alcanzaba una central eléctrica en Kiev.
Lo que el Gobierno de Estados Unidos no quiere ver es que Putin está atascado en el frente. Su ejército apenas ha avanzado desde marzo y no ha conseguido conquistar el Donbás entero, que es justo lo que exige en la mesa de negociación. Incapaz de ganar sobre el terreno, se ha propuesto hacer insoportable la vida en la retaguardia ahora que llega el frío. Exigir a Ucrania que deje de atacar refinerías mientras Rusia le deja a oscuras las ciudades equivale a pedirle un desarme unilateral. Los ucranianos, agotados tras casi cinco años de guerra, aceptarían congelar las líneas de frente. Lo que no aceptan es rendirse.
El intercambio, en suma, no puede ser más desigual. Trump ha quitado las sanciones, ha presionado a Ucrania como no lo hacía desde hace tiempo y a cambio Putin no ha dado nada. Tampoco servirá para lo que se pretendía. El gasoil ruso no abaratará el precio en las gasolineras estadounidenses antes de las elecciones, pero sí engordará las arcas de un Estado que gasta cada vez más en la guerra. Sus partidarios dicen que Trump juega al ajedrez en cinco dimensiones. Visto desde aquí, parece más bien que ha entregado la reina para ganar un peón que ni siquiera llegará a tiempo al tablero.
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