—En su obra, usted sostiene que la financiarización no fue el resultado de la desregulación, sino más bien un mecanismo que instauró el neoliberalismo. ¿Puede explicar la inversión de la causalidad?
—Ese es básicamente el argumento central del libro, sobre cómo los académicos suelen referirse al neoliberalismo. Y me refiero específicamente a los casos estadounidense y británico, ciertamente no a la experiencia de América del Sur o de otras partes del mundo, como un proyecto implementado deliberadamente, en el que existe un conjunto coherente de principios ideológicos que luego son llevados a la práctica por gobiernos afines, como las administraciones de Reagan o Thatcher. El inconveniente de esa explicación es que exige asumir que la receta política terminó solucionando los problemas económicos de la década de 1970 a los que estaba enfocada. Hay una cronología bastante interesante ahí, muchas de las ideas neoliberales fundacionales se desarrollaron en los años 30, 40 y 50, en un contexto político y económico completamente distinto del momento en que finalmente se aplicaron, en los 70 y comienzos de los 80. Ese fue el rompecabezas con el que comencé. Y así, al volver tanto sobre la historia de la inflación en Estados Unidos durante la década de 1970, el famoso período de estanflación durante la presidencia de Jimmy Carter, como sobre otros episodios, particularmente en California, empezamos a observar la aparición de un patrón consistente: los Estados recurrían a los mercados financieros para aliviar los conflictos distributivos. Entonces, se toma dinero prestado para poder hacer frente, de algún modo, a las demandas que recaen sobre el Estado sin recortar prestaciones ni aumentar los impuestos. Y el efecto de esto es reorientar todo en función de los imperativos de los mercados financieros: las ganancias y las pérdidas, la racionalidad del mercado. Y esto termina, según mi argumento, poniendo en práctica muchas de las cosas que los académicos han dado en llamar “neoliberales”. El término suele invocarse como una especie de insulto académico para referirse a cosas que no nos gustan, pero yo intento darle un fundamento más coherente y sistemático.
“El euro digital es clave para la autonomía estratégica de Europa frente a Estados Unidos.”
—Usted cuestiona las explicaciones ortodoxas y neomarxistas de la crisis de inflación de los 70. ¿Por qué considera que ambas son insuficientes?
—Lo sorprendente es que, en realidad, coinciden en muchas cosas. Muchos de los teóricos neomarxistas de los años 70 y principios de los 80 coincidían en que existía una crisis persistente de inflación que era resultado, en cierto modo, de la economía política estadounidense de posguerra. En ese sentido, su diagnóstico de la crisis era muy similar al de los neoliberales más ortodoxos, por así decirlo. El problema es que esto terminaba reproduciendo su argumento acerca de cuál era la fuente de la inflación. Y aquí había una especie de conjunto de explicaciones que, en realidad, eran teóricamente incompatibles entre sí: los déficits públicos persistentes, el aumento de la oferta monetaria y cuestiones de ese tipo. En aquel momento, hubo algunos que señalaron las evidentes explicaciones del lado de la oferta para la inflación. Así que, en el contexto inflacionario actual de Estados Unidos y Europa, resulta perfectamente evidente que estamos frente a un shock de oferta de distintas magnitudes. Pero en aquel entonces eso se consideraba una explicación demasiado sociológica, más que económica. Y, por supuesto, resultaba que todas las cosas que provocaban inflación eran precisamente aquellas que la derecha no apoyaba. Cosas como los sindicatos, las prestaciones sociales, el gasto público. Y la idea era que, mediante el repliegue del Estado, la reducción de impuestos y la liberalización de los mercados, se podría contribuir a contener la inflación que estaba devastando la economía política del mundo desarrollado durante la década de 1970.
—La crisis subprime de 2008 es su segundo gran caso de estudio. ¿Cómo encaja ese episodio en el mismo patrón que describe en Stockton?
—Lo interesante de 2008 es que los principales ingredientes de la crisis, las hipotecas subprime, los credit default swaps y los bancos de inversión que no captan depósitos, ya habían sido puestos en marcha a principios de los años 80, como respuesta a aquella crisis de inflación. Es decir, esa fue la solución financiera que se encontró para la crisis inflacionaria de los años 70. Todos esos elementos ya estaban instalados a comienzos de los años 80, y tuvieron que pasar 25 años para que terminaran combinándose, dando lugar a la crisis financiera que vimos en 2007 y 2008. Ahí hay una línea de continuidad institucional realmente importante. Luego está Stockton, una ciudad de tamaño medio en California, que experimentó el aumento más extremo de los precios de la vivienda entre 2000 y 2006. Fue, en ese sentido, uno de los principales epicentros del auge inmobiliario de las hipotecas subprime. Después de 2006, cuando el mercado inmobiliario alcanzó su pico, los precios de las viviendas se desplomaron muy rápidamente. Esto provocó un enorme déficit presupuestario en la ciudad, que obligó a recortar el gasto público hasta niveles prácticamente inimaginables. Esto ayuda a explicar muy bien los orígenes del neoliberalismo en este contexto político, la magnitud del repliegue del Estado que experimentó Stockton fue muy superior a lo que cualquier neoliberal declarado habría considerado deseable. Nadie estaba planteando despedir a entre un tercio y la mitad de la policía o recortar los servicios de bomberos a semejante escala. Y eso fue, en gran medida, consecuencia de la manera en que Stockton había quedado conectada con el proceso más amplio de financiarización y con los mercados financieros, que habían permitido que se construyeran tantas viviendas en la ciudad, ampliando su base tributaria y permitiéndole gastar más dinero. Pero, en última instancia, también la expusieron a los shocks del mercado, que luego repercutieron en sus propios procesos políticos internos.
“El resurgimiento de figuras neoliberales es una forma de repolitizar acuerdos distributivos.”
—Para usted la financiarización no es solo que el sector financiero haya crecido, sino que la lógica financiera pasó a ser la vía por default para resolver conflictos que antes se resolvían políticamente. ¿Qué evidencia lo convenció de que se trata de un cambio cualitativo, y no solo de un sector más grande? ¿Qué significa despolitizar un conflicto de distribución de recursos?
—El origen de la idea vino de un lugar un poco inesperado. Hice mi posgrado en California, en UC Berkeley, y ahí fui miembro de una cooperativa de vivienda. Hubo conflictos muy fuertes en torno a los arreglos distributivos internos de esa organización. Pero después, cuando llegó el momento de refinanciar la deuda de la organización, eso fue algo que se resolvió como un hecho consumado. Prácticamente no hubo discusión al respecto. Se trató simplemente como una especie de imperativo externo que había que cumplir, y no como algo que requiriera que la gente se involucrara realmente. Fue una experiencia interesante, porque una cooperativa de vivienda de Berkeley, como se imaginarán, no es exactamente un foco de ideología neoliberal, pero aun así resultaba perfectamente evidente que lo que necesitábamos hacer era someternos a cierta disciplina de los mercados financieros para liberar dinero para otras cosas. Me pareció que ahí había una especie de núcleo de la idea, que después salí a buscar en otros lugares. Es algo que vi una y otra vez en esos ámbitos democráticos. Eso es lo verdaderamente distintivo del planteo que hago, en realidad surge de una debilidad de la política democrática liberal, porque es muy difícil decirles a ciertos grupos que van a tener que ajustarse el cinturón de determinadas maneras. Creo que “austeridad” es una mala palabra por muchas razones, y muchas veces se impone de una manera tremendamente antidemocrática. Pero hay casos en los que la capacidad de una comunidad política, de un cuerpo democrático, para perdurar y gobernarse a sí misma requiere ese tipo de gestión económica que no se trata solo de repartir las ganancias del alza de los precios de la vivienda, como en el caso de Stockton, sino de decidir de verdad cuáles son nuestras prioridades, y a quién se le debe qué. Otro ejemplo realmente interesante: en los años 70, el Partido Comunista Italiano salió segundo en las elecciones generales de 1976, y el líder del partido, Enrico Berlinguer, escribió un panfleto titulado “Austeridad, ocasión para transformar Italia”. Ahí la idea era que la austeridad era una respuesta necesaria frente al grado en que Italia se había involucrado, o había abierto su cuenta de capital, y dependía de las importaciones de petróleo. Italia no era autónoma, y por eso tenía que someterse a esos imperativos del mercado que venían de afuera. Esa fue la ocasión para reestructurar, en respuesta, su propia economía política interna. Esos son los lugares de donde surgió la idea. La razón por la que me detengo en California en el libro es, por un lado, porque es la quinta economía más grande del mundo. Está tremendamente poco estudiada, en comparación, por ejemplo, con países como Italia, donde hay estanterías enteras de libros sobre la economía política italiana, pero no sucede lo mismo con California. De varias maneras, es la que anticipa el giro a la derecha a nivel federal: tanto Nixon como Reagan tuvieron cargos a nivel estatal antes de llegar a la presidencia. En cierto sentido, California funciona como un anticipo de las transformaciones que después llegan a nivel federal. Volver a estos desarrollos más localizados nos ayuda a ver con precisión cuáles son las dinámicas políticas que impulsan esta transformación.
—El título de su libro habla de “default”, no de un diseño deliberado. ¿Por qué elige ese término? ¿Sugiere que el proceso no fue intencional?
—Definitivamente fue algo involuntario. Si le hubieran dicho a la gente cuál iba a ser el resultado final de esas decisiones, seguramente no eran las que estaban buscando. Pero tenés razón, “default” acá lo uso en el doble sentido, tanto en el de caer en default de una deuda, como en el de ser esa especie de curso natural y central de las cosas, el rumbo inercial que terminan tomando cuando nadie hace nada activamente para cambiarlo, lo que termina pasando por default. En ausencia de una política democrática activa que sea capaz de responder estas preguntas de una forma más objetiva, política, pública y afirmativa, esas preguntas terminan derivadas hacia ese ámbito semiprivatizado de los mercados financieros, que imponen su propia respuesta a ese problema distributivo, pero de una manera que ya no admite discusión una vez que llega el momento de pagar las cuentas. Una vez que estás a merced de un tribunal de quiebras, casi no hay nada que puedas hacer. En el caso de Stockton, todos los ingresos de la ciudad están comprometidos con distintos tenedores de bonos y aseguradoras de bonos durante los próximos treinta años. Pueden elegir a alguien de cualquier signo político, y en realidad hay muy poco que puedan hacer. Esto me parece que es la condición en la que se encuentran muchos países frente a los mercados financieros globales, donde en realidad estás a merced de tener que atraer capital internacional móvil. Si caés en default, algo que sé que ha sido la experiencia argentina en muchos sentidos, eso termina restringiendo mucho tu margen de acción.
—En varios países de las Américas, gobiernos de distinto signo político están aplicando ajustes que sus críticos comparan con las recetas neoliberales de los años 70. ¿Cómo leería usted, con las herramientas de su propia investigación, ese resurgimiento?
—Es una pregunta realmente interesante, en la que hoy trabajan muchos académicos, que es entender ese resurgimiento de la política de derecha en el mundo, particularmente en América Latina y Sudamérica, que parece hacer eco de algunos rasgos del neoliberalismo original de los años 70 y 80, pero con un tono claramente más autoritario en la actualidad. Este es otro resurgimiento de lo que entiendo como conflicto distributivo. Hay grupos en la sociedad que no se llevan especialmente bien, con los que no sentimos que vivamos en solidaridad política, cuyos intereses en realidad no tenemos demasiado en cuenta, y en cuyo beneficio, especialmente, no queremos que nos cobren impuestos. El resurgimiento de estas figuras cuasi-neoliberales es, en gran medida, una forma de repolitizar estos acuerdos distributivos de manera abierta. En cierto sentido, no es una solución financiera, sino que se trata de repolitizar abiertamente y de señalar a grupos desfavorecidos, a expensas de la propia base política de estas figuras. La idea es imponer los costos del ajuste sobre esos grupos, y no sobre la propia base política. No se hace de una manera que implique ningún tipo de solidaridad con la unidad política nacional en su conjunto, sino que tiene que ver, sobre todo, con la división de clases sociales dentro del sistema de partidos.
—Muchos países que atraviesan crisis de deuda e inflación optan por refinanciamientos y acuerdos con acreedores en lugar de una discusión política explícita sobre quién asume el costo del ajuste. ¿Qué se pierde, políticamente, cuando esa discusión se resuelve así?