“¿Me están jodiendo?”. Corrían los primeros minutos del viernes 7 cuando Karina Milei recibía de mala manera otro pedido desde el Senado. Le insistían en eliminar los cambios a la ley de manejo del fuego dentro del proyecto de Inviolabilidad de la Propiedad Privada que se estaba por votar. El riesgo era que fuera rechazado en general por ese capítulo. El día antes, por la misma razón, debieron excluir la controvertida reforma sobre el origen geográfico de quiénes pueden comprar tierras en la Argentina.
Como se sabe, la hermanísima presidencial accedió a bajar esas dos banderas del oficialismo, que estaban incluidas en una veintena de reformulaciones de la iniciativa original, y el proyecto obtuvo finalmente la media sanción.
El episodio refleja, sin embargo, las dificultades que tiene el Gobierno para relanzarse y retomar la iniciativa, tras la parálisis que se provocó a sí mismo con la extensa crisis del escándalo de Manuel Adorni. Y las limitaciones al intentar sortear esos obstáculos, donde se entrecruzan diferentes dosis de debilidad, pragmatismo e interés.
“Nos metemos nosotros solos en quilombos, de los que después encima salimos lastimados.”
La debilidad deviene de que LLA sigue dependiendo de votos ajenos para parir leyes en el Congreso, pese a su triunfo en las legislativas del año pasado. El interés ya excede el reformismo y la “batalla cultural” libertarios, para centrarse en conseguir la reelección de Javier Milei. Esas dos variables multiplican la flexibilidad política oficialista.
Por eso, amén de que la administración mileísta celebró la luz verde de la Cámara de Senadores, las peripecias para conseguirlo motivaron una sucesión de reacciones tajantes de la Secretaria General de la Presidencia.
Así, determinó que de ahora en más el oficialismo pondrá su energía en iniciativas legislativas centrales, las cuales serán debatidas y acordadas previamente en la mesa política violeta.
“Nos metemos nosotros solos en quilombos, al pedo, de los que después encima salimos lastimados”, se sincera un funcionario que trata con frecuencia a la hermana del Presidente.
Uno de los destinatarios esenciales de esa medida de Karina es Federico Sturzenegger. El ministro de Desregulación no solo fue el promotor del controvertido proyecto sobre propiedad privada, sino del sigiloso decreto que motivó el paro de los prácticos navales y paralizó totalmente el comercio exterior argentino. El impacto en los puertos obligó al Gobierno a suspender la medida.
Fuentes oficiales dejaron trascender que la decisión de la hermanísima implica que el tratamiento de otras aspiraciones de Sturzenegger, como la ley Hojarasca (que libera el precio de los libros, los requisitos para tener una farmacia o una inmobiliaria) o la inteligencia artificial en la ley de Sociedades, quede para otro momento.
“Lo que tenemos que hacer es apuntar a las cosas más grandes, más trascendentes”, lo dijo con todas las letras la senadora Patricia Bullrich, una experta en eso de expresar ante los micrófonos lo que la mayoría de los funcionarios prefieren contar de manera anónima.
¿Cuáles serían entonces esos proyectos prioritarios? Básicamente los que le interesan al ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo (uno de los que tiene silla asignada en la mesa política), como Inocencia Fiscal II y la modificación de la carta orgánica del Banco Central, y el que más le interesa a la hermanísima: la reforma electoral.
La búsqueda central de los Milei es cancelar las PASO. Inicialmente impulsaban su eliminación, pero ya se contentan con que el Congreso las suspenda de nuevo, como lo consiguió para los comicios de medio término.
Aunque el argumento oficial sea el ahorro de fondos públicos que supondría esquivar las primarias, la verdadera motivación es política. El mileísmo supone que un resultado en las PASO que ponga en peligro dentro de un año la reelección presidencial podría tener sombríos efectos político-financieros, como le pasó a Mauricio Macri en 2019.
Hay un estímulo extra. El laboratorio electoral libertario imagina que, sin primarias obligatorias, el peronismo tendrá mayores dificultades para zanjar su liderazgo y definir la candidatura presidencial. La dirigencia peronista sospecha lo mismo, por eso quiere que haya PASO. Algo parecido sucede entre los aliados, empezando por lo que queda del PRO.