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Ángel Teruel tiene una teoría sobre la vida que, a mi juicio, merecería figurar en algún tratado de filosofía contemporánea. "Si no veo al ciervo, me lo invento". Lo dice con esa naturalidad de quien ha crecido entre toros, encinas y animales que no tienen ninguna obligación de aparecer cuando uno los espera. La frase me parece extraordinaria. Por absurda, por inteligente y porque explica bastante bien lo que está sucediendo en España.
Si no hay ciervo, nos lo inventamos. Si no hay escándalo, lo fabricamos. Si no hay noticia, interpretamos los labios de una influencer. Y si una fiesta de cumpleaños se cancela, convertimos la ausencia de tarta en una investigación sentimental de alcance nacional.
El otoño ha llegado cargado de acontecimientos que no han sucedido. Empecemos por los cumpleaños. Esa institución social que, a partir de determinada edad, deja de celebrar los años cumplidos para convertirse en una compleja operación logística, diplomática y, en ocasiones, sentimental.
Tana Rivera cumplió veintisiete años el pasado 16 de octubre. Tenía previsto celebrarlo en La Consentida, la finca sevillana de Andrés Roca Rey, con una fiesta inspirada en los sanfermines y varias decenas de invitados. Pero la celebración se canceló en medio de una crisis de pareja que terminó ocupando más titulares que cualquier cumpleaños celebrado. El torero, por su parte, cumplió treinta años unos días después. Y él sí celebró. Con música, invitados y una fiesta que, según las informaciones publicadas, terminó siendo objeto de quejas por parte de algunos vecinos de Gerena.
Qué caprichosa es la vida. A veces una fiesta no llega a celebrarse y se convierte en noticia. Otras se celebra tanto que acaba siendo noticia por exceso.
Yo, que acabo de cumplir treinta y seis años, empiezo a pensar que organizar un cumpleaños es bastante más peligroso que enfrentarse a un toro de seiscientos kilos. El toro, al menos, no confirma asistencia para después cambiar de opinión, ni pregunta si puede llevar acompañante, ni exige explicaciones sobre el menú.
Y mientras unos cancelan celebraciones y otros las prolongan hasta la madrugada, María Pombo ha conseguido que su cumpleaños se convierta en una cuestión de Estado. Todo por un vídeo difundido en redes sociales en el que algunos usuarios aseguran haber leído en sus labios determinadas opiniones políticas, incluida una supuesta intención de votar a Vox. Una interpretación que no permite confirmar qué dijo realmente.
Y aquí viene lo fascinante. Hemos llegado a un punto en el que ni siquiera necesitamos escuchar lo que dice una persona para indignarnos con ella. Basta con imaginarlo. Antes, para discutir sobre política, había que escuchar una declaración, leer una entrevista o asistir a una conversación. Ahora alcanza con detener un vídeo, ampliar una imagen y atribuirle a alguien una frase que nadie ha podido verificar.
La presunción de inocencia ha sido sustituida por la presunción de subtítulos. Y lo verdaderamente curioso no es a quién pueda votar María Pombo. Es que hayamos convertido el supuesto contenido de una conversación privada, captada durante una celebración, en un espectáculo colectivo. Uno debería poder cumplir años sin que sus invitados terminen ejerciendo involuntariamente de corresponsales parlamentarios.
No sé si María Pombo votará a Vox, al Partido Popular o si decidirá quedarse en casa leyendo a Kierkegaard. Y tampoco creo que sea asunto mío mientras ella no decida hacerlo público.
La moda consiste en opinar sobre todo. Los modos, en comprender que no tenemos derecho a saberlo todo. Quizá por eso me gusta tanto la finca Los Ángeles, de la familia Teruel, en Extremadura. Allí he descubierto que la caza, antes que una cuestión de puntería, es una escuela de paciencia. Que hay que saber esperar, observar y aceptar que no siempre sucede lo que uno había imaginado.
En el campo, cuando un animal no aparece, sencillamente no aparece. No se le puede exigir puntualidad ni reclamar explicaciones. Aunque Ángel, naturalmente, prefiera inventarse el ciervo.
Y pienso que esa frase encierra una verdad bastante más profunda de lo que parece. Todos nos inventamos ciervos alguna vez. Expectativas, historias, celebraciones, futuros que damos por hechos antes de que hayan sucedido. El problema comienza cuando pretendemos que la realidad tenga la obligación de parecerse a nuestra imaginación.
Una fiesta cancelada no explica por sí sola una historia de amor. Un vídeo sin sonido no demuestra una intención de voto. Y una fotografía sonriente tampoco garantiza que quien aparece en ella esté atravesando el mejor momento de su vida.
Nos hemos acostumbrado a confundir lo visible con lo verdadero. A veces pienso que el mayor lujo de nuestro tiempo no consiste en tener una finca, organizar una fiesta memorable o reunir a cientos de invitados. Consiste en poder vivir determinadas cosas sin tener que explicarlas. En saber guardar silencio sobre lo que no nos corresponde. En respetar la intimidad ajena. En comprender que las personas tienen derecho a cambiar de opinión, de planes e incluso de vida. Y también a equivocarse.
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