Pocas herramientas de política económica tienen una narrativa tan atractiva, y a la vez tan engañosa, como el arancel. Se le presenta como una defensa de la producción nacional, una protección del empleo y una respuesta soberana frente a la competencia extranjera. En el discurso político, el arancel consiste en encarecer lo importado para favorecer lo local. Suena intuitivo: si el producto extranjero entra más caro, entonces el productor nacional vende más. Pero en economía, las políticas no se evalúan por la intención que proclaman, sino por los incentivos que generan y por sus efectos netos sobre el bienestar. Y ahí podemos concluir que el arancel no crea riqueza. En el mejor de los casos, redistribuye ingresos entre distintos grupos dentro de la economía. En el peor, destruye bienestar de forma permanente y reduce la eficiencia general del sistema productivo.
La razón es simple. El comercio internacional permite aprovechar ventajas comparativas y acceder a bienes producidos a menor costo. Cuando un país impone un arancel, altera artificialmente ese sistema de precios. El precio interno deja de reflejar únicamente el costo de producir o importar de manera eficiente y empieza a incorporar una barrera política. A partir de ahí, consumidores y empresas toman decisiones menos eficientes, no porque el mercado haya cambiado por sí mismo, sino porque el Estado encareció el intercambio mediante un impuesto.
Ese es el punto que suele ocultarse en el debate político. El arancel no lo paga una entidad abstracta llamada “el extranjero”. Lo paga el consumidor nacional cuando enfrenta precios más altos; lo paga la empresa local que necesita insumos importados para producir; lo paga el trabajador cuya empresa pierde competitividad; y lo paga la economía completa cuando se reducen transacciones que antes generaban valor mutuo. En otras palabras, el arancel no castiga únicamente al productor externo: también encarece la vida y la producción dentro del propio país.
Desde la economía del bienestar, el efecto total de un arancel puede resumirse mediante la siguiente identidad:
El cambio total en bienestar equivale al cambio en el excedente del consumidor, más el cambio en el excedente del productor, más la recaudación fiscal del Estado. A primera vista, podría parecer que el arancel simplemente redistribuye recursos: el consumidor pierde, mientras productores protegidos y gobierno ganan. Sin embargo, esa lectura es incompleta porque la pérdida del consumidor excede las ganancias combinadas de productores y Estado. Una parte del ingreso efectivamente se transfiere, pero otra parte simplemente desaparece. Esa fracción destruida es la llamada pérdida irrecuperable de eficiencia o deadweight loss.
Antes del arancel, los consumidores compran al precio mundial, Pw. Una vez impuesto el arancel porcentual, el precio interno aumenta a:
Si el arancel se expresa como un monto fijo por unidad, entonces puede representarse como:
Al subir el precio, la cantidad demandada disminuye. Al mismo tiempo, productores nacionales que antes no podían competir eficientemente expanden su producción porque ahora operan bajo una protección artificial. Como consecuencia, las importaciones se reducen. Pero esa caída no representa una mejora económica automática. Una parte refleja consumo que deja de realizarse debido al encarecimiento del bien. La otra refleja producción nacional relativamente más costosa que reemplaza importaciones que antes podían obtenerse de forma más eficiente.
DWL = \frac{1}{2} \times t \times [D(P_w) - D(P_t)] + \frac{1}{2} \times t \times [S(P_t) - S(P_w)]
El primer componente corresponde a la pérdida por consumo. Son consumidores que valoraban el bien al precio internacional, pero que dejan de comprarlo cuando el arancel eleva artificialmente el precio. El segundo componente corresponde a la pérdida por producción. Son recursos que se desplazan hacia productores nacionales menos eficientes, que ahora producen unidades que antes podían importarse a menor costo. En ambos casos, la economía termina utilizando peor sus recursos escasos.
Bajo el supuesto clásico de país pequeño, y en buena parte de la evidencia empírica reciente, el arancel reduce el bienestar agregado:
Y dado que la pérdida irrecuperable es necesariamente positiva:
Por lo tanto, la implicación económica es clara: el arancel reduce el bienestar nacional. No porque nadie gane, sino porque las ganancias visibles de productores protegidos y del gobierno son menores que la pérdida total soportada por consumidores, empresas y usuarios de insumos. El problema no es únicamente distributivo. También es un problema de eficiencia productiva.
Además, existe un efecto dinámico que suele ignorarse. Cuando una industria sobrevive gracias a protección arancelaria prolongada, disminuyen los incentivos para innovar, reducir costos o aumentar productividad. La empresa protegida deja de competir realmente y comienza a depender de barreras políticas para sostener su posición en el mercado. En lugar de premiar eficiencia, el sistema premia cercanía política y capacidad de lobby. A largo plazo, esto puede generar sectores enteros menos productivos, más caros y tecnológicamente rezagados.
De forma complementaria, Pablo Fajgelbaum, Pinelopi Goldberg, Patrick Kennedy y Amit Khandelwal, en el estudio The Return to Protectionism publicado en The Quarterly Journal of Economics, estimaron que los aranceles implementados por Estados Unidos en 2018 generaron pérdidas para consumidores y empresas importadoras cercanas a los 51.000 millones de dólares, equivalentes aproximadamente al 0,27% del PIB. Incluso después de considerar la recaudación obtenida por el gobierno y las ganancias extraordinarias capturadas por ciertos productores nacionales protegidos, la economía estadounidense todavía registró una pérdida neta de ingreso real cercana a los 7.200 millones de dólares. El resultado es importante porque demuestra que, aunque algunos sectores específicos se beneficien, la economía en su conjunto puede terminar peor.