BRASILIA. - El embajador argentino en Brasil, Daniel Raimondi, dejará este domingo Brasilia rumbo a Buenos Aires. La embajada estará en manos de María Emilia Cortés, jefa de la Cancillería, como encargada de negocios. Quienes trataron a Raimondi los últimos días lo describieron desanimado: su eventual regreso a Brasil no dependerá de sí mismo, sino de una recomposición institucional sin fecha a la vista.
El enfrentamiento entre Javier Milei y Luiz Inacio Lula da Silva generó una medida sin precedentes desde el regreso de la democracia en ambos países: el rebajamiento del vínculo bilateral al nivel de encargado de negocios.
Nada cambiará hasta las elecciones brasileñas del 4 de octubre y, si hay balotaje, hasta el 25 del mismo mes, cuando Brasil vote para elegir a su próximo presidente a partir de 2027. El resultado de esos comicios, más que cualquier nuevo gesto diplomático, tiene el potencial de definir cómo se destrabará la crisis, según coincidieron fuentes de ambos gobiernos consultadas por LA NACION.
Raimondi se va sin haber sido expulsado de Brasil y todavía como embajador. Fuentes diplomáticas confirmaron que ni a él ni a su homólogo brasileño en Buenos Aires, Julio Bitelli, en Brasilia desde el llamado a consultas del 26 de julio, les fue retirada la respectiva credencial diplomática.
Ambos siguen siendo “embajadores extraordinarios y plenipotenciarios”, según aclaró una calificada fuente diplomática brasileña. Se trata de una distinción técnica, pero no menor: si la relación se recompone, ambos podrían volver a sus cargos rápidamente, sin un nuevo trámite.
“Las embajadas van a seguir funcionando con normalidad; ante cuestiones concretas, se buscará la mejor vía disponible”, señalaron en Itamaraty. Del lado argentino, en cambio, la descripción del escenario con ambas embajadas lideradas por encargados de negocios es un poco más cruda y pesimista. Con la salida de Raimondi, la Argentina pierde un canal que permitía resolver gestiones concretas con una llamada directa entre el embajador y el canciller brasileño, Mauro Vieira.
“A un encargado de negocios no lo recibe el canciller”, explicó la fuente del gobierno argentino, que reconoció que la relación ya venía con bajo perfil desde mucho antes. “Bajamos un escalón más, porque tampoco estábamos de maravilla”, se sinceró.
La sensación de deterioro no es exclusiva de la diplomacia: también la comparte Welber Barral, quien fue secretario de Comercio Exterior durante el segundo gobierno de Lula (2007-2011) y es socio fundador de la consultora BMJ.
Detrás de la disputa hay una relación económica de peso: Brasil es el principal socio comercial de la Argentina, con un intercambio bilateral que rondó los US$31.000 millones en 2025.
“El sector privado tiene mucho interés en que no haya ninguna turbulencia”, dijo Barral, y coincidió en que, sin un embajador que pueda “llamar directamente a un ministro para destrabar” un trámite, el principal riesgo en este momento es que gestiones técnicas del Mercosur queden empantanadas por la “mala voluntad” de algún funcionario de rango medio.
Los sectores más expuestos, señaló Barral, son el automotor y la minería.
La crisis se desató el 25 de julio, cuando Milei calificó a Lula de “ladrón” y “presidiario” en el acto de lanzamiento de la candidatura del senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, Flavio Bolsonaro. Brasil ya había advertido a la Argentina que ese tipo de agravios no era aceptable, pero Milei insistió.
La diplomacia brasileña sostiene que la respuesta no se debió a diferencias ideológicas. Una alta fuente diplomática de Itamaraty puso como ejemplo lo ocurrido en 2024, cuando Milei viajó a Brasil, participó en Balneario Camboriú de un acto junto a Jair Bolsonaro y faltó a la cumbre del Mercosur, sin que generara represalias. “No hubo ningún castigo porque no hubo agresiones a las instituciones”, señalaron.
La Casa Rosada le recrimina a Lula sus intervenciones a favor de la candidatura de Sergio Massa y su visita a Cristina Fernández de Kirchner.
El gobierno de Lula enmarcó las ofensas en el intento de golpe de 2023, que llevó a la prisión de Bolsonaro, y a los agravios contra la Corte Suprema –Milei calificó de “basura calva” al juez Alexandre de Moraes en el mismo acto–: “Es una ofensa a instituciones que tuvieron que resistir una aventura autoritaria”.