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Nevaco Global
5 de noviembre de 2026

Trump culpa a la guerra de la humillación histórica en las elecciones de medio mandato

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El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una imagen de archivo.

Donald Trump planteó estas elecciones como un plebiscito sobre su presidencia. Y el pueblo recogió su guante, emitiendo un contundente voto de castigo al Partido Republicano en las legislativas, en una humillación histórica al presidente, que sufrió la peor sangría de escaños en unas midterms en medio siglo. Avanzado el recuento en gran parte de Estados Unidos, los demócratas ya cuentan con una holgada mayoría en la Cámara de Representantes (234 a 139) y el Senado (54 a 44), lo que confirma una debacle republicana incluso mayor que la presagiada por las encuestas.

La ola azul se convirtió en un tsunami que arrasó con bastiones republicanos que hasta hace unos meses parecían infranqueables. Los demócratas dieron la vuelta a siete escaños republicanos –Texas, Kansas, Iowa, Ohio, Maine, Carolina del Norte y Carolina del Sur–, cuando tan solo necesitaban una ganancia neta de cuatro senadores, y están a punto de lograrlo también en Misisipi. Ampliaron sus mayorías en estados que antes de los comicios se auguraban más competitivos, como Georgia, Michigan y New Hampshire. E incluso se quedaron a las puertas de ganar en Florida, un estado que ha dado un marcado giro a la derecha en la última década.

Como ya ocurrió en el 2018, a mitad de su primer mandato, los demócratas han arrebatado a Trump el control de la cámara baja, que perdieron en las midterms del 2022. Pero esta vez la debacle electoral ha sido mayor, pues han asestado también una sonora derrota al trumpismo en la cámara alta. Cuando se conforme el nuevo Congreso en enero, ganarán capacidad para bloquear cualquier iniciativa legislativa del bando republicano, así como sus nombramientos al gabinete y el poder judicial, lo que supondrá un freno a la agenda de Trump por primera vez desde que regresó a la Casa Blanca.

Prácticamente todos los distritos de los 50 estados del país giraron hacia los demócratas respecto a los comicios del 2024. El resultado fue tan contundente que el presidente, que llevaba meses sembrando dudas sobre el proceso electoral y embarrándolo con demandas judiciales, no tuvo más remedio que aceptar la derrota. Sin embargo, como es habitual en él, no reconoció su culpa –a pesar de que fue el claro protagonista de este plebiscito–, sino que responsabilizó a los republicanos: “No estaba en las papeletas y, si hubiera estado, ¡habríamos ganado por goleada!”

El vicepresidente, J.D. Vance, sí asumió algo de culpa en su análisis este miércoles de resaca electoral. Dijo que la guerra en Irán es “el motivo” por el que perdieron y lamentó que, aunque los seguidores MAGA salieron a votar, muchos de ellos optaron por candidatos demócratas.

Preguntado por sus palabras, Trump reconoció después que Vance “tiene bastante razón” y la guerra “puede haber afectado” porque “a corto plazo hizo subir un poco el precio de la gasolina”. Sin embargo, ha defendido su actuación: “Irán no puede tener armas nucleares”. A continuación, ha insistido en el mensaje de que los republicanos perdieron porque, aunque él triunfó en los mítines, “no fuimos capaces de trasladar el cariño a los candidatos”.

Un análisis preliminar de los resultados, que todavía no son definitivos, muestra que, si bien el giro a la izquierda fue general, los demócratas recuperaron gran parte del terreno perdido entre los jóvenes, los hispanos y los afroamericanos, tres grupos de población que fueron claves para la victoria de Trump en el 2024.

Después de unas acaloradas primarias, en las que salieron a flote las divisiones entre el ala progresista y el establishment del Partido Demócrata, la oposición logró unificar su mensaje e imponer su agenda en este referéndum al presidente. Estos comicios han girado en torno al hastío popular por las promesas incumplidas de Trump respecto al coste de la vida, que ha seguido en aumento como consecuencia de sus aranceles globales, de una guerra en Irán que ya se alarga nueve meses y de su incapacidad de poner fin a la guerra de Ucrania.

Pero el rechazo no solo se debe al máximo histórico del diésel y el barril de Brent, o al precio de la cesta de la compra. También, según los sondeos, a su corrupción y uso del poder para enriquecerse más que cualquier predecesor; a un Congreso que ha recortado los seguros de salud públicos mientras aprobaba rebajas fiscales a los multimillonarios; a la relación de varios miembros del Gabinete con el pederasta Jeffrey Epstein, a la instrumentalización de un Departamento de Justicia dirigido por el abogado personal de Trump o a la crueldad de la policía migratoria, que ha cuadriplicado su presupuesto y en cuyas manos han muerto 94 personas –ya sea asesinadas, durante operaciones migratorias o bajo su custodia– desde el regreso del presidente a la Casa Blanca.

Este contexto explica la penetración de los demócratas en zonas rurales que llevan siglos votando a la derecha. Pero también la victoria de candidatos carismáticos y adaptados a cada estado en las primarias al Senado. Como el metodista Adam Hamilton, que venció en Kansas casi un siglo después del último triunfo azul en este bastión conservador; el seminarista James Talarico, vencedor en Texas cuatro décadas después; incluso Abdul El-Sayed en Michigan, una apuesta arriesgada en un estado bisagra, que se convierte en el primer senador musulmán en la historia del país y allana el camino para la expansión del ala izquierdista del partido en todo el país. La ola azul avanzó con fuerza incluso en Carolina del Sur, donde Annie Adams derrotó a Darline Graham, la hermana del senador fallecido Lindsay Graham, elegida a dedo por Trump para sucederle.

La contundente derrota republicana en las legislativas lleva a pensar que este pueda ser el inicio del fin del trumpismo, cuyo líder abandonará el poder en dos años, abriendo la puerta a un sucesor quizás menos polémico, como su secretario de Estado, Marco Rubio. Hasta entonces, podrá seguir gobernando a base de órdenes ejecutivas, como ha hecho hasta ahora, pero necesitará llegar a pactos para aprobar presupuestos, implementar aranceles o declarar la guerra, competencias que pertenecen al Congreso. Además, aunque los demócratas podrán aprobar medidas en la cámara baja y el Senado, con lo que marcarán la agenda, Trump mantendrá su poder de veto presidencial, que ya ha avisado que pretende usar sin reparos.

Además, los demócratas tomarán el control de las distintas comisiones de la cámara baja, con lo que obtendrán capacidad para emitir citaciones judiciales e investigar la corrupción y otros posibles delitos de la Administración Trump y la familia del presidente, algo que han prometido durante la campaña. Esto incluye la posibilidad de iniciar el procedimiento para un juicio político (impeachment), como los dos que ya se produjeron durante su primer mandato.

Por otro lado, la mayoría demócrata en el Senado permitirá bloquear los nombramientos del presidente de cargos en su gabinete, así como embajadores y miembros del poder judicial, incluido el Tribunal Supremo.

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