La creación del virreinato rioplatense supuso la jerarquización de un área marginal del vasto imperio que había servido de límite a la expansión lusitana. Con ello, la Corona española introducía un giro en las relaciones entabladas con las elites locales sin alterar el sustrato de obediencia vigente desde la conquista.
En 1776 una Cédula real de Carlos III dispuso la creación de un virreinato en las tierras del Plata. La decisión provenía del consejo de ministros que venían ejecutando un paquete de reformas económicas, políticas y militares para contrarrestar el asedio de imperios rivales. La novedad respondía a la necesidad de controlar poblaciones y territorios, y a la urgencia de acrecentar las rentas fiscales para financiar las guerras imperiales. En el horizonte también sobrevolaba la manera en que las colonias inglesas de Norteamérica habían resuelto la crisis con el gobierno metropolitano dejando a la vista el primer ensayo independentista y republicano de los tiempos modernos.
La creación del virreinato rioplatense supuso la jerarquización de un área marginal del vasto imperio que había servido de límite a la expansión lusitana. Con ello, la Corona española introducía un giro en las relaciones entabladas con las elites locales sin alterar el sustrato de obediencia vigente desde la conquista. Ese consenso activo resultó eficaz no sólo para domesticar tensiones a raíz de los cambios operados en el reordenamiento territorial, el régimen mercantil y fiscal, la radicación de cuerpos militares fijos provenientes de la península, la política de frontera anudada entre la paz y la guerra con las parcialidades indígenas, y la designación de españoles peninsulares en las principales magistraturas coloniales que vertebraban el esqueleto burocrático entre las ciudades indianas y la metrópoli. También fue efectivo para someter rebeliones socio-raciales y étnicas en las provincias altoperuanas que, si bien afectaron los canales de obediencia, no resultó suficiente para alterar los mecanismos prácticos de la aceitada maquinaria de propaganda y símbolos que aseguraban la “pretendida intimidad” entre el Rey ausente y los súbditos. La lealtad al Rey español se hizo patente en los magnos funerales de Carlos III llevados a cabo en la mayoría de las ciudades de la jurisdicción virreinal en 1789, y se replicaron en el ritual de proclamación de su sucesor, Carlos IV. A su vez, las implicancias de la creación del nuevo virreinato y la erección de Buenos Aires como capital, junto a la apertura de la Aduana al comercio intercolonial atlántico, introdujo un nuevo equilibrio entre centros y periferias, y en la manera que dichas transformaciones habrían de gravitar en la interpretación y accionar de las elites coloniales ante la crisis de legitimidad desatada en la península cuando los Borbones abdicaron a favor de Napoleón Bonaparte, y las autoridades sustitutas del rey cautivo aspiraron a integrar las colonias americanas en la nación española mediante una nueva constitución de la monarquía en sintonía con el credo liberal.
El virreinato rioplatense se convirtió en un laboratorio formidable del proceso abierto con el trono vacío. En 1808, el gobernador de Montevideo y su cabildo formaron una junta de gobierno fiel a España en disidencia con Buenos Aires y la autoridad virreinal. Un año después, las ciudades altoperuanas siguieron una ruta parecida: invocaron la ausencia del rey legítimo y formaron juntas de autogobierno con la idea de la radicar en América la regencia de la princesa Carlota Joaquina. El contraataque del virrey de Lima no tardó en llegar por lo que dispuso la movilización de la fuerza militar para reprimir a los rebeldes o “insurrectos” colgando a los cabecillas en las plazas con la anuencia del virrey Cisneros recién llegado a la capital. La drástica medida fue replicada en Quito e instaló un nuevo escenario entre los firmes defensores del rey español y los que pretendían defender los derechos de los americanos frente al avance casi imparable de las tropas napoleónicas, y la fatal decisión de los liberales españoles de convocarlos a integrar las Cortes en Cádiz con desigual representación.
Los sucesos en Buenos Aires de 1810 tuvieron un trayecto distinto porque si bien los debates de mayo dejaron a la vista que ante la ausencia del rey la soberanía revertía a los pueblos, la junta de gobierno provisoria erigida a nombre de Fernando VII, enfrentaría un doble desafío: legitimar su autoridad en la capital, y controlar las jurisdicciones que integraban hasta entonces la geografía virreinal para que prestaran obediencia con el objetivo de refundar la unidad en clave independiente. El primero no suscitó grandes conflictos porque la destitución del virrey Cisneros y de la audiencia no generó contratiempos; el segundo fue más problemático porque si bien los hombres de la Junta de Mayo transformaron las milicias en la fuerza militar de la revolución, su desempeño fue errático frente a los fidelistas de Montevideo, los separatistas del Paraguay y la lucha entablada en las provincias altoperuanas entre los defensores del sistema colonial liderados por el virrey Abascal, y los promotores del autogobierno.
A partir de entonces, la política y la guerra serían determinantes en el grado de cohesión o desintegración de la unidad virreinal. El himno compuesto por Vicente López y Planes, y Blas Parera glosaron con maestría la sinuosa geografía de las Provincias Unidas de Sud-América que declararon la independencia en 1816, sin que la misma integrara a las provincias del Litoral porque desafiaban el gobierno con sede en Buenos Aires enarbolando la bandera de la soberanía de los pueblos o la federación. Ese litigio habría de estallar en 1820 cuando la sanción de la constitución centralista diseñada por el Congreso, que fue jurada por los generales y jefes de los ejércitos revolucionarios, terminó de corroer los cimientos del edificio político e institucional y precipitó su derrota en manos del Ejército Federal. Con ello se abría un nuevo escenario no menos turbulento y desafiante para el archipiélago de soberanías independientes herederas de la tradición de mayo: la de recomponer los lazos políticos entre las provincias ya argentinas, y edificar el edificio representativo y republicano que enfrentó a los partidarios del régimen de unidad y los impulsores del sistema federal.
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