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30 de mayo de 2026

La Jornada: Trump y la “hipótesis bonapartista”

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n 1978 el politólogo francés Alain Roquié publicó en la Revista Mexicana de Sociología un texto que se ha vuelto un clásico de la sociología política: “La hipótesis bonapar-tista y el surgimiento de los siste-mas políticos semicompetitivos” (t.ly/MwZ--). Allí, analizando los regímenes autoritarios en América Latina argumentó que dadas sus particulares condiciones socioeconómicas y la inmadurez de sus clases sociales −una burguesía débil y un movimiento obrero en proceso de formación−, las sociedades latinoamericanas desarrollaron formas de gobierno originales que no eran ni democracias plenas ni dictaduras cerradas, sino sistemas semicompetitivos o una suerte de “democracias hegemónicas”.

Apuntando a lo que él veía co-mo la insuficiencia de las catego-rías habituales en las ciencias po-líticas que no lograban captar estas particularidades, propuso el concepto marxiano de “bonapartismo” para explicar la anatomía de estos “gobiernos de mediación” que se sostenían a través del arbitraje de un líder o de las fuerzas armadas, aprovechando el “empate” entre las clases sociales enfrentadas. Por todo lo expuesto se oponía también al uso de la noción simplista de “fascismo” −como proponían hablar de estos regímenes algunos sectores de la izquierda de la época−, que fungía de puro insulto y ocultaba su verdadera naturaleza.

Como es sabido, a partir del famoso análisis de Marx del régimen de Luis Bonaparte, el “bonapartismo” pasó a significar en la teoría marxista y más allá de ella, una situación de polarización social entre las clases antagónicas que, al neutralizarse, permitían el surgimiento de una tercera fuerza, liderada por una figura carismática, en cierto modo externa al sistema. Una que era capaz de concentrar el poder apelando directamente al pueblo y tenía una forma híbrida combinando el elitismo con el plebeyismo y el autoritarismo con la democracia plebiscitaria (t.ly/T9Z5b).

En este sentido, el bonapartismo, históricamente, no era una tendencia política exclusiva a Francia. Varios países de Europa tenían regímenes bonapartistas al igual que Estados Unidos (EU) bajo presidentes tan diferentes como William McKinley (1897-1901), Theodore Roosevelt (1901-1909), Woodrow Wilson (1913-1921) o Franklin Delano Roosevelt (1933-1945).

El ejemplo de EU constituía en particular una especie de “bonapartismo blando” (Domenico Losurdo dixit) ya que la sucesión allí era históricamente “suave”, desarrollándose sobre una plataforma unificada en la que los candidatos competían por el cargo de “un líder supremo de la nación” e “intérprete del espíritu americano” cuya una de las funciones era defender a la nación y suprimir y/o expulsar a todos los que la amenazaban: los migrantes pobres o grupos que en épocas de crisis se adherían a las ideologías “no-americanas” como el comunismo o el socialismo (sic).

Durante la primera presidencia de Donald Trump (2017-2021) −y explícitamente ante los muy diseminados hasta hoy en día e inadecuados intentos de enmar-car a su régimen de “fascismo”−, los más interesantes esfuerzos de conceptualizar y entender correctamente a su gobierno se hacían precisamente de la categoría de “bonapartismo”.

Como bien demostró por ejemplo el sociólogo estadunidense Dylan Riley, con varios matices, con una suerte de un “ twist posmoderno” y ajustandoun poco el modelo para los tiem-pos de la descomposición neoli-beral de la clase trabajadora e in-corporando varias contradiccio-nes propias de Estados Unidos, Trump se insertaba perfectamen-te en el clásico modelo bonapar-tista en el que una figura carismá-tica emerge en condiciones de unasociedad civil fragmentada, de-sarticulada y anómica como la es-tadunidense de hoy (t.ly/J_wpD) −el “saco de patatas” del cual hablaba famosamente Marx− y donde ninguna de las fuerzas políticas logra ejercer una hegemonía firme (t.ly/DtcJJ).

Lo mismo aplica a su segunda presidencia, sobre todo en la medida en la que el propio Trump se presentó incluso como el heredero y continuador de McKinley −el quintaesencial representante del “bonapartismo blando” estadunidense− prometiendo explícitamente emular y traer de vuelta sus políticas de los “aranceles fuertes”, las facilidades para el gran capital y regresar a la llamada “Edad Dorada” ( Gilded Age) que éste había presidido, la época de gran opulencia para pocos descrita magistralmente en su momento por Mark Twain.

El hecho que fuera McKinley quien haya encabezado igual el “giro imperial” de Estados Unidos −anexando la República de Hawái y, tras la guerra con España (1898), Filipinas, Puerto Rico, Guam, estableciendo el protectorado sobre Cuba− reforzó aún más la “hipótesis bonapartista” respecto a Trump poniendo también en una correcta perspectiva histórica sus propios, por más caóticos que sean, afanes expansionistas y/o anexionistas (Canadá, Groenlandia, Venezuela, Cuba, etcétera), su resucitación de la Doctrina Monroe (Corolario Roosevelt/Corolario Trump) y su retorno a la “diplomacia de las cañoneras” en la región y más allá.

Como bien apuntó hace unos años en una nueva introducción al 18 de Brumario de Luis Bonaparte, el historiador argentino Horacio Tarcus, conceptualizar al régimen de Juan Domingo Perón en Argentina −uno de los principales casos que Roquié analiza en su ensayo− como un régimen bonapartista, ofrecía una necesaria “ventaja epistémico-política” por encima de los intentos de enmarcarlo como “fascismo” o “populismo”, ya que permitía entender mejor sus particularidades, las lealtades férreas que suscitaba entre sus partidarios y formular una respuesta política más adecuada ante él (t.ly/8mHrn). Con todos los matices y diferencias, lo mismo aplica al fenómeno de Trump, su propio bonapartismo y a la actual degeneración de Estados Unidos en una “democracia semicompetitiva”.

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