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Nevaco Global
12 de junio de 2026

Fordlandia, la ciudad que Henry Ford levantó en la Amazonia y que la selva acabó devorando

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Después de que Charles Goodyear descubriera la vulcanización —algo que ya les narré en un picotazo anterior— en 1839, la demanda de caucho se multiplicó. Este era el jugo que brotaba del sangrado por las incisiones que se hacían al árbol del látex y sus variedades. De todas estas últimas se consideraba que la que producía un caucho de mejor calidad y en más abundante cantidad era la Hevea brasiliensis, que, como indica su nombre, se podía encontrar en Brasil.

En 1876 el británico Henry Wickham llevó semillas del árbol del látex a las colonias británicas del este de Asia. En poco tiempo la producción de caucho del Extremo Oriente, aunque de inferior calidad, abrumó y controló el mercado mundial.

Para que se hagan una idea, en el año 1940 solo Malasia tenía un millón y medio de hectáreas dedicadas exclusivamente a la producción de caucho; Ceilán, más de doscientas sesenta mil, y Birmania, otras doscientas mil. Sumen ustedes, además, a los holandeses, los franceses de Indochina y al reino de Siam. Todos se habían apuntado al auge del caucho. En 1940 había en el Extremo Oriente más de dos millones y medio de hectáreas compitiendo contra el caucho que producía Brasil.

Henry Ford, magnate fundador de la empresa de su nombre, ante la creciente demanda de caucho para la fabricación de neumáticos, ideó invertir en sus propias plantaciones. También las consideró una oportunidad para construir una colonia que mantuviera y preservara las virtudes de la vida norteamericana tradicional.

Se iniciaron conversaciones con el gobierno del estado brasileño de Pará y el 30 de septiembre de 1927 se acordó la adquisición de los derechos sobre más de un millón de hectáreas de territorio del municipio de Aveiro, en la Amazonia. El 10 de octubre se constituyó la Companhia Ford Industrial do Brasil. La concesión contaba con una exención de los impuestos de exportación y de aquellos que gravaban la extracción de recursos a cambio de un 7 % de los beneficios de la empresa.

En 1928 empezaron los grandes fuegos con el fin de deforestar el área donde iba a levantarse la nueva ciudad: Fordlandia, capital del futuro distrito de Brasil.

Los primeros problemas surgieron en relación con el aprovechamiento de la madera y las simientes. Ford había calculado que en el proceso de limpieza se podría aprovechar para vender la madera de la zona como fuente de ingresos. Resultó que apenas el 50 % de la madera era aprovechable debido a la gran diversidad de plantas, arbustos y árboles. Esta misma diversidad hacía que el proceso de aprovechamiento de las mejores maderas fuera caro y no rentable.

En cuanto a las simientes que se habían adquirido para utilizarlas en el terreno que se estaba desbrozando para las futuras plantaciones, se encontraron retenidas en la aduana debido a un problema burocrático. Cuando por fin se pudo solucionar, de las 600.000 unidades de simiente que componían el envío habían muerto 500.000.

La verdad es que los ingenieros agrónomos y los planificadores encargados de erigir ese ejemplo del modelo de vida norteamericano demostraron no tener ni idea de lo que era el cultivo ecuatorial. Se limitaron a construir, planificar y cultivar igual que si estuvieran en el Medio Oeste de los Estados Unidos de América; el problema fue que estaban en medio de la selva ecuatorial.

Con la intención de crear una producción previsible y mecanizada plantaron grandes extensiones con hileras de árboles del caucho, muy cerca unos de otros. Pues bien, si hubieran preguntado a los autóctonos, estos les hubieran dicho que los árboles podían llegar a alcanzar los treinta metros de altura, por lo que necesitaban terreno alrededor para expandir las raíces que los nutrían.

La proximidad no solo haría que los árboles lucharan entre sí por los nutrientes, también favorecería la aparición de hongos, algo que la proximidad del río Tapajós fomentaba. Otro efecto indeseado era que la cercanía permitiría que otras epidemias endémicas de la zona se propagaran con muchísima más rapidez, alcanzando a la práctica totalidad de los árboles recién plantados.

Mientras tanto, se construyeron cines, piscinas, campos de golf y zonas residenciales. Se separó a los solteros de los casados, alojando a estos últimos en viviendas unifamiliares copiadas de las que encontrarían en cualquier pueblo de Oklahoma, Nebraska o Michigan. Se prohibieron el alcohol, la prostitución y el juego, y se pusieron relojes en todas las esquinas de forma que todo el mundo pudiera saber en todo momento qué hora era, pues la jornada laboral era sacrosanta y la puntualidad, un deber.

Todas estas novedades, y muchas más, chocaban frontalmente con la cultura y la idiosincrasia de los autóctonos, a quienes nadie había preguntado y todos ignoraron. Así, unos veían explotación y otros vagancia: el peor de los pecados para los puritanos, pues abría la puerta a todos los demás (juego, bebida, lujuria, etc.).

La revuelta terminó estallando el día 22 de diciembre de 1930 y tuvo lugar en el que fuera el sitio más odiado por todos los trabajadores brasileños de Fordlandia: el comedor.

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