“El alcohol no da alegría de verdad, solo pide un préstamo químico. Es como un usurero que te adelanta un chiqui de alegría el fin de semana, pero el lunes te cobra el doble y te deja en la lona”.
Con esta llamativa comparación, la doctora Tatiana Arantes, especialista en Medicina Familiar e Integrativa, resumió los efectos que tiene el alcohol en el organismo.
La profesional no se quedó solo en esa metáfora. Fue mucho más allá y explicó, órgano por órgano, cómo el trago va pasando una costosa factura al cuerpo, incluso cuando se consume en pequeñas cantidades.
Al consultarle si una sola copa o un solo vaso puede afectar el cerebro o la salud mental, la médica respondió: “Está el mito de que el alcohol solo hace daño si terminás tirado en la vereda, pero la ciencia demuestra hoy que una sola copa ya arma un desajuste en la cabeza porque desarma la arquitectura del sueño”, he’i.
“Al alterar las fases profundas del descanso, uno se levanta al día siguiente con el cerebro en llanta, sin concentración y con los cables cruzados para manejar las emociones”, explicó.
La especialista también habló de los problemas psicológicos que pueden aparecer aunque el consumo sea moderado. “Esa cervecita de todos los días para pasar el estrés actúa como una lija silenciosa para las emociones. Aunque nunca se llegue a la borrachera, aparecen tres señales: irritabilidad de la gran siete (uno se vuelve más argel y plagueón por cualquier vyrorei), desgano (se le va perdiendo el gusto a la vida si no hay vaso de por medio) y neblina mental, con la cabeza funcionando en cámara lenta”, he’i.
Sin embargo, Arantes aclaró que el alcohol no solo golpea al cerebro. También puede causar serios daños en otros órganos, especialmente en el hígado. “El hígado es la aduana y el filtro principal del cuerpo. Cuando entra un trago, tiene que transformar el alcohol en acetaldehído, un ácido altamente corrosivo, veneno puro. Para limpiarlo y que no mate, el hígado gasta toda su energía y sus reservas químicas de una”, contó.
Dijo que en este proceso el órgano está “ocupado a full digiriendo ese veneno de la noche a la mañana. El hígado tiene que frenar todos sus otros trabajos, entre ellos, quemar las grasas de los alimentos. Esa grasa se empieza a estancar en sus paredes y, con el tiempo, se transforma en el peligroso hígado graso”.
“El filtro se tapa, el motor del cuerpo se llena de grasa y encima queda la bajada de azúcar que deja sin combustible para pensar”, remató.
La doctora explicó que el alcohol también hace estragos en el intestino, un órgano clave para la salud física y emocional.“El intestino está lleno de bacterias buenas que defienden la salud, como un jardín florecido. El alcohol entra ahí como un desinfectante: es tirar un balde de lavandina sobre las flores, barriendo y matando toda la microbiota buena”, aclaró con una metáfora.
Lo grave es que el alcohol “rompe los candados que mantienen unidas las paredes del intestino y lo vuelve un colador. Por esos agujeros se filtran a la sangre unas toxinas bacterianas llamadas LPS, que viajan por el cuerpo, cruzan las defensas de la cabeza y activan las células guerreras del cerebro en modo ataque”, explicó.
Para cerrar, la especialista derribó otro de los mitos más comunes sobre la resaca. “La resaca no es solo deshidratación: es el reflejo de un cerebro agudamente inflamado por culpa de una panza destrozada”, he’i.
Para cerrar, la especialista derribó otro de los mitos más comunes sobre la resaca.
“La resaca no es solo deshidratación: es el reflejo de un cerebro agudamente inflamado por culpa de una panza destrozada. Y ojo, que el 90% de la serotonina, la hormona de la felicidad, se fabrica en la panza y no en la cabeza”, precisó.
“La buena noticia es que el cerebro se repara, si una persona deja de tomar alcohol, a las dos semanas la química de la cabeza se vuelve a acomodar sola. A los tres meses, los estudios muestran que el cerebro recupera el tamaño y el volumen que había perdido”, finalizó.