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Nevaco Global
12 de julio de 2026

El motor prestado

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Hay una estadística que en la frontera no es estadística: es vida cotidiana. Uno de cada tres dólares que México y Estados Unidos intercambian cruza por Texas; no por una abstracción, sino por los puentes que tantos cruzamos entre semana y por las filas de camiones de carga formadas al amanecer sobre el río. Aquí el comercio internacional tiene olor a diésel y horario de escuela.

Por eso, cuando a principios de julio Washington decidió que el tratado que ordena ese intercambio ya no se renovará por dieciséis años, sino que se revisará cada año, no se jugó con un tecnicismo: se instaló la incertidumbre como método. El Fondo Monetario Internacional ya le puso precio: recortó el crecimiento esperado de México a 1.2 por ciento, apenas la mitad de lo que crecerá el promedio de América Latina, y señaló que la incertidumbre es el principal freno. La incertidumbre pesa sobre quien la recibe, no sobre quien la genera.

Y sin embargo, las cifras presumen bonanza. Hoy el principal producto que México le vende a su vecino ya no es el automóvil, sino el equipo de cómputo: las exportaciones de servidores saltaron 232 por ciento en un año —más de 18 mil millones de dólares en un solo mes—, empujadas por la fiebre mundial de la inteligencia artificial. Suena a ascenso. Pero conviene abrir el cofre: los chips vienen de Taiwán, el capital es de las tecnológicas estadounidenses, y los centros de datos donde terminan esos servidores están del otro lado. México pone las manos que ensamblan y la electricidad que enciende las máquinas; el valor de verdad —y el salario alto— se queda afuera. No es un motor propio. Es un motor prestado.

Lo prestado se nota en el bolsillo de quien lo hace posible. Un ingeniero en sistemas gana, al empezar, alrededor de nueve mil pesos al mes, cuando el propio INEGI reconoce que una familia necesita cerca de veinte mil para lo básico. Casi tres de cada diez profesionistas trabajan sin seguridad social y cerca de un tercio de los egresados universitarios termina en la informalidad, haciendo algo que no estudió. Formamos jóvenes para que ensamblen la inteligencia del mundo y les pagamos como si sobraran.

No sorprende, entonces, lo que sigue: los exportamos. Cerca de 1.4 millones de profesionistas mexicanos altamente calificados viven hoy en el extranjero, la mayoría en Estados Unidos; hay más doctores mexicanos allá que miembros tiene todo nuestro Sistema Nacional de Investigadores. No se van por falta de talento en México, sino por falta de quién lo contrate y lo pague a la altura. Y aquí está el corazón del asunto: en la era de la inteligencia artificial, la riqueza no la dicta la caja que cruza el puente, sino la cabeza que la diseña. Nos quedamos con el ensamblaje y regalamos el ingenio; el cerebro que podría inventar aquí termina programando el futuro en Silicon Valley.

Hay una contradicción más, y es física. Los centros de datos que sostienen este boom funcionan como ciudades enteras encendidas las veinticuatro horas: exigen electricidad enorme, constante y —por compromiso de quienes los construyen— limpia. ¿Y con qué la daríamos? Tres de cada cuatro veces que encendemos la luz seguimos quemando gas, carbón o petróleo, con una matriz congelada hace una década. Este verano lo vivimos: una ola de cortes dejó sin luz por horas a una veintena de estados —Saltillo, Piedras Negras y buena parte de Coahuila entre ellos—. Si el sistema tambalea cuando prendemos el aire en casa, cuesta imaginar cómo alimentará granjas de servidores que nunca duermen. Y en vez de elevar la meta de energías limpias, la recortamos: del 45 por ciento prometido para 2030 a un 38 que se anuncia con resignación.

En el fondo, seguimos apostando con la mentalidad de otra época: como en los años del milagro mexicano, confiamos en que engancharnos a la locomotora ajena bastará para desarrollarnos, y en la energía repetimos el viejo reflejo de encerrarnos en el Estado. Pero ese mundo ya no existe. Hoy, aún hiperconectado, cada país apuesta primero por el suyo; Trump lo ha dicho sin rodeos más de una vez, y su negativa a renovar el tratado lo confirma. Nadie va a regalarnos el valor: hay que salir a construirlo.

Lo esperanzador es que cambiar la apuesta es viable, porque los ingredientes ya están sobre la mesa. La inversión extranjera directa marcó un récord de 23 mil 591 millones de dólares en el primer trimestre: el capital quiere entrar. Se anticipan 82 mil 500 millones de dólares en centros de datos entre 2026 y 2031, una fortuna que podríamos anclar con valor local, no solo con manos prestadas. El plan eléctrico contempla más de 32 mil megawatts nuevos hacia 2030, siete de cada diez de fuente limpia, si de veras se ejecuta. Y siete de cada diez doctores mexicanos en el extranjero han dicho que volverían con tal de tener aquí un empleo digno. No nos falta talento ni dinero tocando la puerta: nos falta decidir.

La pregunta que me hago, como ciudadana que mira este país desde sus dos orillas, no es si vamos a crecer. Es qué estamos dispuestos a ser: el taller de maquila de la nueva economía o uno de sus autores. Porque lo que cruza el puente cada mañana no define esta era; la definen las personas. Retener a las nuestras —con salarios dignos, con energía del siglo que vivimos, con certeza para invertir— no es un lujo: es la tarea. Más Ciudadanitos, por favor.

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