«Las joyas pueden explicar codicia. Venezuela, complicidad política y negocios. Pero China apunta a su conversión en activo de una estrategia de injerencia extranjera»
Publicista, escritor y editor. Lo habitual es afirmar que la sociedad es estúpida, aunque eso implique asumir que uno mismo es idiota. Sin embargo, ha sido la sabiduría de la multitud, mediante la prueba y el error, lo que nos ha traído sanos y salvos hasta aquí. Y también será lo que evite el apocalipsis que los nuevos arúspices presagian.
El hallazgo de joyas valoradas en 1,3 millones de euros, las explicaciones imposibles convertidas en un silencio clamoroso en sede judicial y los vínculos chavistas del inefable Zapatero acaparan, como es lógico, titulares y tertulias. Maduro, Delcy Rodríguez, Plus Ultra, petróleo, sociedades en Dubái, vuelos, mediaciones y esa familiaridad del expresidente con el chavismo que hace mucho dejó de parecer una excentricidad para convertirse en bochorno nacional. Todo eso es grave, sin duda. Pero quizá no sea la parte mollar del caso Zapatero. Quizá sea, más bien, la parte visible de una trama de mucho más alcance.
La investigación judicial y policial hace tiempo que dio un giro radical. Y, sin embargo, ese giro sigue sin recibir la atención que merece, quizá, porque a quien señala es a China, una superpotencia con enorme influencia en Europa gracias a la enorme dependencia que ella misma ha promovido… con la inestimable cooperación de las propias élites europeas.
Durante años hemos mirado a Caracas. Y solo veíamos lo que era obvio. Pero había que mirar también lo que había detrás de Caracas. Ahí China no es una nota al pie. Ni un vínculo lejano de la trama venezolana. Es el verdadero muñidor. No lo digo yo, lo dicen los informes incorporados a la causa. Venezuela no era el destino final del entramado, sino su plataforma. La base de operaciones. La cámara de compensación donde recursos energéticos sometidos a las presiones internacionales y a las sanciones directas de Estados Unidos podían cruzarse con los intereses estratégicos de la República Popular China.
La clave no es una fotografía de Zapatero junto a Maduro, ni la defensa bochornosa de unas elecciones venezolanas groseramente manipuladas, ni cualquiera de las piruetas morales con las que el zapaterismo ha intentado blanquear a un régimen dictatorial. La clave es una carta de intenciones que China International Cultural Technology Resources Group (CICTR) envió el 30 de octubre de 2023 a la denominada «Oficina del Presidente Zapatero», donde se planteaba la compra inmediata, en efectivo y sin límite de cantidades, de petróleo, gas natural licuado, minerales preciosos y coque de petróleo. La carta no se limitaba a expresar un interés comercial. Pedía que Zapatero la dirigiera hacia «socios auténticos»: gobiernos e instituciones con capacidad de decisión.
Ese es el dato que obliga a cambiar la lectura del caso Zapatero. No hablamos de un importador chino buscando una oportunidad de negocio en el mercado internacional de las materias primas. CICTR es una gran corporación estatal dirigida por el Partido Comunista Chino. Es decir, el Partido-Estado chino llamaba a la puerta de un expresidente español para que operara como intermediario en la acaparación de recursos estratégicos venezolanos.
Esos recursos no circulaban en un mercado normal. Venezuela no vendía petróleo como quien vende naranjas. PDVSA y el sector petrolero venezolano estaban sometidos a sanciones estadounidenses; el régimen de Maduro necesitaba colocar crudo y materias primas en un entorno internacional sujeto a sanciones, riesgos bancarios, congelación de activos y vigilancia financiera. La Unión Europea no mantenía una postura tan drástica como la de Washington, pero sí había sancionado al régimen y a sus responsables por la represión contra su propio pueblo.
Así pues, los cupos de petróleo no eran simples transacciones. Eran oxígeno financiero para un régimen criminal acorralado. Una triangulación China-Venezuela-España donde vender y cobrar importaba tanto como no aparecer en el radar. Si una corporación estatal china quería acceder a esos recursos sorteando los riesgos políticos y financieros de las sanciones de EEUU, necesitaba algo más que dinero. Necesitaba un canal. Un intermediario. Una figura capaz de entrar y salir de Caracas como Pedro por su casa, relacionarse con el chavismo, conservar una apariencia institucional europea y moverse en España sin que saltaran las alarmas.
Precisamente en esa triangulación aparece Zapatero. No como gran estratega, eso sería otorgarle una estatura inmerecida, sino como pieza útil dentro de una operación mucho más grande que él. China no necesitaba que Zapatero le descubriera Venezuela. Pekín llevaba desde 2001 allí. Había financiado al chavismo, asegurado suministro energético, colocado tecnología, tejido relaciones de Estado y convertido a Venezuela en una plataforma de influencia en América frente a Estados Unidos.
El orden de los factores importa y mucho en esta historia. Caracas ya era una pieza china antes de que Zapatero empezara a representar el papel de mediador. Es China, ya instalada en Venezuela, la que convierte a Zapatero en instrumento. China tenía el interés geopolítico. Venezuela, los recursos y la necesidad. Zapatero solo era una llave.
La cronología no engaña. La carta de la corporación estatal china está fechada apenas dos semanas después de un viaje de Zapatero a Pekín, entre el 16 y el 18 de octubre de 2023, donde se habría reunido con altos cargos del Comité Central del Partido Comunista Chino encargados de las relaciones internacionales. Dos semanas después, una gran corporación del Estado chino escribía a su oficina para activar una operación de compra masiva de materias primas venezolanas. Demasiadas casualidades seguidas desafían las leyes del azar.
Durante años se nos presentó a Zapatero como un político excéntrico, con debilidad por el socialismo bolivariano, atrapado en viejas afinidades ideológicas, demasiado comprensivo con Maduro y demasiado predispuesto a confundir mediación con complicidad. Esa explicación ya era alarmante, pero se quedaba corta. La relación con Venezuela no era el centro; era la pantalla. El verdadero papel de Zapatero no habría consistido solo en proteger al chavismo, sino en servir de conexión entre el chavismo y una potencia que piensa a largo plazo, paga a largo plazo… y cobra a largo plazo.
Ese giro cambia por completo la naturaleza del caso. Si Zapatero hubiera buscado dinero, influencia o notoriedad en torno a Venezuela, estaríamos ante un episodio grave, pero tristemente costumbrista: otro ex alto cargo convertido en conseguidor, otro caso de puertas giratorias, otro ejemplo de vanidad, contactos, dineros y silencios. Pero si Zapatero funcionó como activo de China, entonces la palabra corrupción se queda muy pequeña. Ya no hablamos solo de comisiones. Hablamos de una operación de injerencia que no acaba en Caracas, sino que se proyecta hacia España. Y desde España a Europa.
En efecto, lo más escandaloso de Zapatero no sería haber servido a China en Venezuela, sino haber servido como puerta de entrada en España. Para Pekín, España no es un país cualquiera. Es un miembro relevante de la Unión Europea, puente natural hacia Hispanoamérica, un acceso al mercado abierto de la UE y un territorio con sectores estratégicos a merced de las disposiciones del BOE. Energía, infraestructuras, telecomunicaciones, automoción eléctrica, baterías, redes, datos y puertos no son para China simples negocios. Son posiciones.