La relación entre México y Estados Unidos nunca ha sido cómoda. Ha oscilado entre la desconfianza histórica, la cercanía y una interdependencia tan amplia que hoy los intereses y las necesidades compartidas se han convertido en una cuestión de estabilidad regional.
La historia ayuda a poner el momento en perspectiva. Durante buena parte del siglo XIX, México enfrentó a un vecino expansivo mientras intentaba construir un Estado propio. Más tarde, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría produjeron una convivencia en la que ambos países aprendieron a necesitarse. Luego, con el TLCAN llegó otra etapa. La integración productiva convirtió a México en un socio económico tan indispensable que, hoy, cerca de 85% de nuestras exportaciones tienen como destino ese mercado.
Sin embargo, la cooperación actual ocurre en un entorno mucho más volátil que el de los noventa, cuando la relación se explicaba bajo las claves de apertura, integración y cooperación estratégica. Por ello, el balance presentado por el embajador Ron Johnson, debe leerse más allá del gesto diplomático; puesto que no es sólo una relatoría de resultados, es también la fotografía de una relación bilateral lastimada, en la que los avances conviven con retrocesos, señales de desconfianza y anuncios preocupantes, como el reciente planteamiento de emprender una ofensiva más agresiva contra los cárteles, por parte del Departamento de Guerra.
En ese sentido, me parece que el dato fronterizo no es menor. Las aprehensiones se encuentran en mínimos históricos y la migración irregular se ha reducido de manera significativa. En Washington, eso sin duda se traduce como triunfo. En México, supone algo más complejo, ya que la frontera no se administra sola. Requiere presencia territorial, coordinación diaria, interlocución permanente y una capacidad operativa que claramente debe reconocerse.
Por eso, más que hablar de buenos y malos socios, habría que mirar con lupa los avances y los retrocesos de la relación. Ese balance será indispensable para calibrar las discusiones, los arreglos y las presiones que ya empiezan a perfilarse en torno a la revisión del T-MEC. Puesto que si hay una prueba decisiva para la relación, seguramente será esa. Y hasta ahora las predicciones auguran revisiones anuales sin acuerdos claros.
Y la razón es sencilla. La revisión comercial ya no ocurrirá en una mesa aislada, estrictamente económica o limitada a reglas de origen, paneles laborales o controversias sectoriales. Llegará atravesada por la seguridad, la migración, el crimen organizado y la presión política interna que cada país trae consigo. Ello aunado a un entorno global cada vez más fragmentado.
Por eso, el balance del embajador debe leerse con atención. No porque no haya resultados, claramente los hay; sino porque también se deben poner sobre la mesa las cartas adecuadas para volver a hacer de nuestras necesidades e intereses compartidos una cuestión de progreso. Más aún en un momento como este, donde la administración de la vecindad puede definir como nos va –por lo menos– en la próxima década.