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Nevaco Global
1 de julio de 2026

¡Es la economía, estúpido!

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Pocas frases han sobrevivido tan bien al paso del tiempo como aquella que James Carville escribió en un pizarrón durante la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992 (“It’s the economy, stupid.”). Nunca fue concebida como un eslogan para la historia. Era simplemente un recordatorio para el equipo de campaña: al final, las elecciones suelen decidirse por el bolsillo de los ciudadanos.

Treinta y cuatro años después, la frase sigue siendo vigente. Quizá hoy habría que adaptarla a la realidad mexicana.

Mientras millones de personas se encuentran al pendiente de la Copa Mundial de la FIFA 2026, otra cuenta regresiva, mucho menos visible pero infinitamente más trascendente para la economía nacional, avanza en paralelo: la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (TMEC).

El Mundial podrá llenar estadios, el TMEC, en cambio, determina el destino de millones de empleos, de miles de empresas y de una parte sustancial del crecimiento económico del país.

La economía mexicana genera un Producto Interno Bruto superior a los 36 billones de pesos (castellanos, es decir millones de millones o doce ceros). Cerca del 75% de esa actividad económica dependen, directa o indirectamente, del comercio internacional. Tan sólo en 2025, México exportó más de 534 mil millones de dólares a Estados Unidos, nuestro principal socio comercial. Hace tres décadas, cuando comenzó el entonces Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), esa cifra apenas superaba los 50 mil millones de dólares.

En otras palabras, la integración comercial con Norteamérica multiplicó por más de diez nuestras exportaciones (cerca de mil por ciento). Ninguna otra política económica ha transformado tanto la estructura productiva del país.

Por ello resulta preocupante que buena parte del debate público permanezca concentrado en el entusiasmo que genera el Mundial, mientras la renegociación del principal acuerdo comercial de México ocupa relativamente pocos titulares.

No se trata de minimizar el valor simbólico de organizar por tercera ocasión una Copa del Mundo. Se trata de reconocer que el verdadero partido económico se está jugando en otra cancha.

La revisión del TMEC ocurre en un contexto completamente distinto al de hace algunos años. El segundo gobierno de Donald Trump ha utilizado los aranceles como instrumento de presión para impulsar objetivos que van mucho más allá del comercio: migración, combate al narcotráfico, seguridad fronteriza e incluso disputas relacionadas con el tratado de agua entre ambos países (en específico las exigencia del estado de Texas al estado de Chihuahua).

Las señales provenientes de Washington muestran que la continuidad del tratado ya no puede darse por descontada.

Aunque un abandono inmediato del acuerdo parece improbable, la sola posibilidad introduce un grado considerable de incertidumbre para inversionistas, fabricantes y exportadores.

Las consecuencias irían mucho más allá de las estadísticas. Una mayor incertidumbre afectaría las decisiones de inversión, incrementaría los costos de producción, presionaría las cadenas de suministro y terminaría reflejándose en mayores precios para consumidores y empresas. (¿Se imaginan a ustedes mismos poniendo en riesgo el 75% de su sueldo, su patrimonio o sus bienes?)

Durante los últimos años se habló con entusiasmo del nearshoring como una oportunidad histórica para México. El país contaba con ventajas geográficas, experiencia manufacturera y acceso preferencial al mayor mercado del mundo. Sin embargo, muchas de aquellas expectativas no lograron materializarse plenamente debido a obstáculos internos como infraestructura insuficiente, incertidumbre regulatoria y limitaciones en el suministro energético. El potencial continúa existiendo, pero ya no puede darse por sentado con políticas que desmantelan la infraestructura, cancelando aeropuertos, construyendo refinerías anacrónicas o trenes que viajan vacíos o aerolíneas manejadas por el ejército que son un pasivo.

En este contexto, la negociación del TMEC exige mucho más que habilidad diplomática. Requiere visión estratégica. Cada punto porcentual que logremos preservar en competitividad representa inversiones, empleos y crecimiento económico que difícilmente podrían sustituirse mediante políticas internas.

Quizá dentro de algunos años recordemos el Mundial por un gol espectacular o por una final inolvidable. Pero es probable que el verdadero legado de esta época no se decida en el Estadio Azteca, sino en las mesas donde se negocia el futuro económico de América del Norte.

Porque, parafraseando aquella célebre frase de Carville, tal vez hoy deberíamos recordarnos algo distinto:

“¡Es el comercio exterior, estúpido!”

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