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Nevaco Global
27 de septiembre de 2026

El enigmático conde de Aranda: el político ilustrado que conspiró en la sombra para modernizar España a pesar de la Inquisición

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La España del siglo XVIII caminaba sobre la cuerda floja entre el esplendor formal de su imperio colonial y un anquilosamiento económico y mental que amenazaba con derrumbar el reino entero. En medio de aquella atmósfera cargada de sotanas, privilegios feudales y miedo al cambio, emergió la figura imponente de Pedro Pablo Abarca de Bolea, el décimo conde de Aranda. No estamos ante un burócrata gris aficionado a las tertulias literarias, sino ante un estratega militar de carácter áspero, mirada calculadora y una ambición reformista que rozaba la osadía.

Moverse por los pasillos de la corte de Carlos III exigía una mezcla de cinismo político y coraje civil, virtudes que este noble aragonés poseía en dosis más que suficientes para desquiciar a sus peores enemigos.El conde de Aranda

Su llegada al centro neurálgico del poder se fraguó tras los violentos sucesos del Motín de Esquilache, un estallido popular en Madrid que puso contra las cuerdas a la monarquía y obligó a apartar a los ministros extranjeros. Aranda asumió el timón como presidente del Consejo de Castilla, convirtiéndose de facto en el hombre fuerte del país.

Desde esa posición clave, entendió que el verdadero cáncer de España no era la escasez de pan de un día concreto, sino el control férreo que la Iglesia y la Inquisición ejercían sobre el pensamiento crítico y la propiedad de la tierra. Su despacho se transformó en un cuartel general donde se tejían estrategias de largo alcance, muchas veces a espaldas de los sectores más reaccionarios de la nobleza y del propio clero, que veían en cada ordenanza ilustrada una amenaza directa contra sus privilegios seculares.

La obsesión del conde pasaba por desmantelar el inmenso poder de la Compañía de Jesús, un objetivo que ejecutó con una precisión quirúrgica en el año mil setecientos sesenta y siete. El decreto de expulsión de los jesuitas se preparó en el más absoluto secreto de Estado, movilizando a capitanías generales y gobernadores provinciales mediante pliegos cerrados que solo debían abrirse en una fecha y hora exactas en todo el territorio nacional.

Aquella operación militar y logística, impecable en su ejecución, demostró la capacidad de Aranda para doblegar a instituciones que hasta entonces se creían intocables. Sin embargo, su mirada iba mucho más allá de una simple pugna de poder eclesiástico; pretendía sacudir los cimientos educativos y económicos de un país sumido en el atraso.

Las reformas urbanísticas y de orden público que impulsó en Madrid cambiaron por completo la fisonomía de la capital. Mandó adoquinarlas, limpiarlas, iluminarlas con faroles de aceite e introdujo numeraciones en las casas, convencido de que la higiene urbana y el control administrativo eran los primeros peldaños hacia la modernidad civilizada.

Aborrecía la suciedad y el desorden callejero tanto como la ignorancia dogmática. Conversador incansable con diplomáticos franceses y filósofos ilustrados, mantenía correspondencia habitual con Voltaire, a quien admiraba profundamente a pesar de los riesgos que entrañaba coquetear intelectualmente con el librepensamiento en un país vigilado por los tribunales del Santo Oficio.Rodrigo de Jerez

Aquel aire de suficiencia aristocrática y su talante inflexible le granjearon odios profundos en la corte. Los sectores inmovilistas del clero y la aristocracia más rancia no le perdonaban sus aires reformistas ni sus simpatías por las luces encendidas en París.

Las presiones acabaron surtiendo efecto cuando la sombra de la Revolución francesa comenzó a teñir Europa de sangre y radicalismo, asustando a una Corona española que de repente vio en los ilustrados a un caballo de Troya. Aranda fue desplazado de primera línea, relegado a embajadas lejanas y obligado a contemplar desde la barrera cómo los vientos del cambio que él mismo había ayudado a soplar se tropezaban con el muro infranqueable de la reacción absolutista.

Su famoso memorial secreto sobre las Indias, redactado tras la independencia de las trece colonias británicas en América, revela a un visionario geopolítico capaz de anticipar el colapso del imperio español al otro lado del Atlántico con décadas de antelación.

Proponía transformar el virreinato en una confederación de reinos independientes bajo la protección de la Corona para mantener lazos comerciales estables, una idea demasiado avanzada para unos monarcas incapaces de mirar más allá de sus privilegios dinásticos.

El conde de Aranda falleció eclipsado por sus rivales políticos, pero dejó sembrado un germen de modernidad que el tiempo terminaría por reivindicar. Su sombra sigue proyectándose sobre la historia española como la de un hombre solitario que intentó arrastrar a su patria hacia el siglo de las luces tirando de ella con mano de hierro.

Esta empresa se ha acogido a las subvenciones del Gobierno de España cofinanciadas con el Fondo Europeo de Desarrollo Regional para las regiones ultraperiféricas para el transporte de mercancías en Canarias.”Una manera de hacer Europa”

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