En marzo del año 1983, el presidente Ronald Reagan dio uno de sus discursos más recordados en la historia moderna sobre el Imperio del Mal. No fue un simple ejercicio retórico moral, sino un posicionamiento geoeconómico y estratégico en plena Guerra Fría.
Reagan rechazó explícitamente la equivalencia moral entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, calificando a esta última como «el foco del mal en el mundo moderno» y advirtiendo contra la tentación de una «congelación nuclear» que, según él, colocaría a Occidente en una inferioridad militar y moral.
Desde una perspectiva geoeconómica, esta caracterización legitimaba la aceleración del rearme estadounidense como un instrumento para forzar a la URSS a competir en un terreno donde su economía planificada y rígida se enfrentaba a claras desventajas estructurales frente a un dinamismo tecnológico y financiero de Occidente.
Defendió mantener la superioridad militar y negociar solo desde una posición de fuerza, rechazando cualquier concesión que debilitara la capacidad de su país y de su industria de defensa para sostener la carrera armamentista, obligando a la URSS a destinar cada vez mayores recursos a la defensa. Una estrategia de desgaste geoeconómico en la que el poderío industrial y tecnológico estadounidense actuó como un claro multiplicador de su ventaja estratégica, conocida como Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI), o «Guerra de las Galaxias».
Miles de millones de dólares en inversión para la investigación avanzada en láser, sensores y sistemas espaciales, impulsando los sectores estadounidenses de alta tecnología y generando grandes efectos de desarrollo industrial para desarrollar unos sistemas de defensa antimisiles para convertir en «inservibles y obsoletas» las armas nucleares balísticas en poder de la URSS. Reagan planteó la confrontación como una lucha entre dos sistemas, uno basado en la libertad y la innovación, el otro en el control estatal y la ineficiencia.
Esta asimetría de costes era central en la estrategia de «competir y ganar», terminando con la desintegración política y territorial de la URSS en el año 1991.
La actual rivalidad entre China y los Estados Unidos por el dominio de la inteligencia artificial en el ámbito de la defensa constituye una nueva forma de guerra fría tecnológica. A diferencia del enfrentamiento ideológico y militar del siglo pasado, la actual contienda se libra en el terreno de los algoritmos, de los microchips avanzados, de los modelos de lenguaje y de los sistemas autónomos.
Y se libra en el campo de batalla. En julio de 2026, un dron ruso impactó con una gasolinera en Ucrania y causó la muerte de tres civiles. Según los análisis forenses, el aparato voló preprogramado hacia la zona, pero una vez cerca eligió el objetivo final, unos tanques de propano, de una forma autónoma mediante un sistema de reconocimiento de imágenes. Es el primer caso documentado de muertes civiles atribuibles a un dron ruso con capacidad de autoselección de objetivos.
Y la paradoja es que el dron incorporaba un minicomputador comercial Nvidia Jetson Orin fabricado en los EEUU. Unos microchips, de uso civil, introducidos de una forma clandestina o adaptada en los drones Shahed/Geran y el V2U o Molniya.
Por su parte, Ucrania ha desplegado drones interceptores asistidos por la inteligencia artificial, como los del fabricante SkyFall, modelo P1-Sun Long. Estos sistemas han realizado decenas de interceptaciones de drones tipo Shahed. La inteligencia artificial se entrena con miles de vídeos de combates reales para detectar, rastrear y guiar el interceptor hacia el blanco enemigo, reduciendo drásticamente el tiempo de reacción, automatizando hasta el 95 % del proceso de intercepción.
Tanto China como EEUU ya perciben la inteligencia artificial como una tecnología altamente transformadora, capaz de redefinir el equilibrio de poder económico y geopolítico, pero sobre todo el militar. Quien lidere esta nueva revolución no solo obtendrá ventajas en el campo de batalla, con el uso de enjambres de drones autónomos, sistemas de mando y control, inteligencia predictiva y logística optimizada, sino que podrá proyectar su futura influencia global a través de los estándares, la infraestructura digital y la capacidad de disuasión.
Estados Unidos mantiene una ventaja tecnológica en modelos de frontera, computación a gran escala y capital privado, con empresas como OpenAI, Anthropic, Google DeepMind y Meta a la vanguardia.
China está acelerando el cierre de la brecha tecnológica con éxito. Modelos como DeepSeek R1 demostraron que es posible alcanzar unos rendimientos muy competitivos, con una fracción del coste de computación de sus rivales occidentales, desafiando la premisa de que solo el acceso masivo a microchips de última generación garantizaba dicha supremacía. China está integrando la inteligencia artificial en la modernización de su ejército, mientras los de EEUU aceleran la adopción de estas tecnologías en el campo de la defensa, incluyendo la adjudicación de contratos clave con empresas privadas, desarrollando una estrategia para eliminar su dependencia de aquellas cadenas de suministro que resulten vulnerables en tiempos de conflicto.
Los paralelismos de la actual competición por el dominio de la inteligencia artificial con la Guerra Fría nuclear son más que evidentes y recurrentes en un análisis, desde el punto de vista de la geoeconomía estratégica. Al igual que la bomba atómica revolucionó la geopolítica del siglo XX, la inteligencia artificial promete transformar el poder del XXI.
En todos estos casos, vemos la proliferación de carreras armamentísticas impulsadas por una creciente desconfianza mutua. La lógica es siempre la misma: «Si ellos lo están desarrollando, nosotros también debemos hacerlo», generando una espiral de escalada.