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Nevaco Global
7 de junio de 2026

La psicología lo deja claro: nadie en la España de los 60 y 70 emigraba por gusto, los jóvenes que huyeron del campo buscaban una vida mejor

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La emigración en la España de los años 60 y 70 se puede entender como un fenómeno de «ajuste estructural» entre economías desiguales. Mientras España atravesaba un proceso de industrialización, países del norte de Europa experimentaban un fuerte crecimiento económico que generaba una alta demanda de mano de obra. Este desequilibrio creó un flujo migratorio que benefició a ambas partes.

Sin embargo, la emigración implicaba la ruptura con el entorno afectivo, y muchos jóvenes experimentaban sentimientos de ansiedad, soledad y desarraigo al llegar a países donde no dominaban el idioma y donde las condiciones laborales, aunque mejores desde el punto de vista económico, eran muy exigentes. Desde la perspectiva psicológica, este proceso exige que el individuo reconstruya su identidad en un entorno completamente nuevo.

Desde el final de la Guerra Civil y hasta la década de 1950, la economía española se caracterizó por un periodo de autarquía económica y aislamiento internacional. El Plan de Estabilización del 21 de julio de 1959 puso fin a la política autárquica. La industria, el comercio y los servicios se liberalizaron, se autorizó la inversión extranjera y se eliminaron parte de los obstáculos al comercio exterior. Esto dio inicio a un proceso de crecimiento económico y modernización, con un aumento de la renta nacional de entre el 4% y el 7% anual.

A pesar de ello, entre 1959 y 1973 unos dos millones de trabajadores españoles emigraron en busca de empleo. El desarrollo económico supuso un gran cambio social: la población pasó de ser mayoritariamente rural a urbana. La mecanización del campo provocó la pérdida de numerosos puestos de trabajo en la agricultura.

En las principales zonas industriales de España, el sector de la industria y los servicios solo pudo absorber una parte de la mano de obra que se incorporaba al mercado laboral, lo que impulsó un movimiento migratorio hacia Suiza, Alemania y Francia, donde existía una alta demanda de trabajadores debido al crecimiento económico. Las autoridades españolas gestionaron parte de este proceso a través del Instituto Español de Emigración (IEE).

En 1973, todavía existían más emigrantes españoles en América que en Europa, aunque esto era el resultado de un largo proceso migratorio iniciado a mediados del siglo XIX: 2.223.883 en América frente a 1.182.264 en Europa. Sin embargo, a principios de los años sesenta se produjo una rápida caída de la emigración transoceánica.

Por el contrario, la emigración continental alcanzó en esa década cifras mucho más elevadas, superando en algunos años los 100.000 emigrantes. Los principales países de destino fueron Suiza (38,5%), Alemania (34,9%) y Francia (20,8%). En menor proporción, los emigrantes españoles también se dirigieron a Holanda (3,8%), Reino Unido (1,2%) y Bélgica (0,5%).

Andalucía fue la región de España con mayor número de emigrantes en términos absolutos (30,4%), destacando especialmente Granada en los años 60 y 70. En 1970, había emigrado uno de cada cuatro andaluces (1.611.791 personas). Sin embargo, al ser también una de las regiones más pobladas del país (con alrededor del 19% de la población española), solo Almería y Cádiz se situaban entre las diez provincias más afectadas por la emigración a Europa. En Almería emigró el 6,4% de la población, y en Cádiz el 5,4%.

En términos relativos, Galicia ocupa el segundo lugar (25,5%), aunque el impacto demográfico fue mayor que en Andalucía, ya que representaba solo el 8% de la población española. Entre las provincias más afectadas también destacan Orense (10,3%), A Coruña (8,5%), Granada (6,3%), Sevilla (4,8%) y Pontevedra (4,7%). El sexto y séptimo lugar lo ocupan Valencia (4,6%) y Madrid (4,5%).

Las provincias occidentales de Castilla y León enviaron menos emigrantes en términos absolutos, pero sufrieron una mayor despoblación relativa, al partir de bases poblacionales más reducidas. De Zamora emigró el 6,7% de la población, de Salamanca el 6,5% y de Badajoz el 5,7%.

Para muchos jóvenes, las posibilidades de ascenso social eran prácticamente inexistentes en sus lugares de origen, y el futuro se limitaba a repetir el ciclo económico de sus padres. En este contexto, la emigración hacia las zonas industriales españolas (principalmente el País Vasco y Cataluña) o hacia países europeos como Alemania, Francia o Suiza se convertía en una de las pocas «vías de escape».

El perfil profesional mayoritario de los emigrantes españoles era de baja cualificación, con un nivel cultural reducido e incluso casos de analfabetismo. Procedían principalmente de sectores como la construcción, la industria, el campo e incluso el sector servicios, en su mayoría vinculados a pequeñas empresas. En un primer momento, los migrantes eran sobre todo hombres jóvenes, con o sin cargas familiares. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos de ellos comenzaron a trasladar a sus familias al país de destino una vez que su situación se había estabilizado.

La psicología también señala el papel del «efecto comparación». A través de cartas, relatos de familiares o conocidos que ya habían emigrado, se construía una imagen idealizada del destino que funcionaba como un poderoso incentivo emocional.

Esta empresa se ha acogido a las subvenciones del Gobierno de España cofinanciadas con el Fondo Europeo de Desarrollo Regional para las regiones ultraperiféricas para el transporte de mercancías en Canarias.”Una manera de hacer Europa”

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