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Nevaco Global
23 de mayo de 2026

Líneas de pelota caliente en Veracruz

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Para César Carbonell, el short stop xalapeño que compartió el diamante veracruzano con Beto Ávila

El “Maracas” Vela roncaba sin parar, pero todos muertos por el cansancio ni lo percibían. En cada escala por más que fuera corta un enjambre de mosquitos visitaba a los dormilones rodantes que ya no tenían guante, cachucha y mirada en el diamante, sólo un enorme cansancio, de esos que se conquistan entre el juego y la pasión, no entre el tedio y la obligación que luego atasca a la libertad. Sin aire acondicionado en el viejo autobús se conformaban con que rodara para refrescarse por un viento que reconforta y se agradece en esas noches por las que se atraviesan terrenos petroleros que rivalizan con un verde tropical que en apariencia apagado logra contrasta con un cielo estrellado.  A veces se ganaba, a veces se perdía, era como la vida y su azaroso zigzag, pero esta vez con bolas, strike, hit y de vez en vez la volada más grande de la pelota caliente, ese anglicismo que priva en el trópico caribeño y en el Golfo de México, un “home run”. Los cánticos y gritos de los aficionados eran un eco para el equipo rodante y a veces los insultos desde la gayola del anfitrión se tarareaban como burla de un son improvisado para al final decir “estamos en paz, sólo fue un juego”. Una curva pronunciada en el camino serpenteado tira la bolsa de pelotas que ruedan sobre el pasillo como improvisado billar. El chofer advierte tener cuidado, pero nadie se para, nadie se inmuta.

Cómo aliento de dragón el calor desde Minatitlán, Las Choapas y Comalcalco es el mismo, inmisericorde aliento del infierno que hizo que el juego fuera de partida doble, aguantar al sol picante y una humedad extrema que hace merecer una guirnalda. Los uniformes yacen en cada maleta con la arcilla de las barridas y el tabaco tuxtleño mascado sobre la tierra que regaló al mundo el cacao. Después de todo valió la pena volver a jugar en campo limpio, con público, uniforme y compañeros. Ya no era el juego en el campo polvoso y llanero de una comunidad veracruzana, sino en un campo de verdad donde además pagaban por jugar. Abismo de diferencia frente al vecino Veracruz donde pocos podían pagar o ser patrocinados por algún benefactor cafetalero o cervecero. Para casi todos los jugadores esa entrada de dinero era para algo más que una borrachera con ron barato, un mondongo de frutas o el paseo dominical con su enamorada.  Para otros era la aduana en el camino que se divide en dos direcciones; seguir jugando o no. Uno de los jugadores abre los ojos con sorpresa y alcanza a ver un letrero que dice “Puerto de Veracruz 297 km”, mira a sus compañeros y todos roncan. Decide volver a dormir, se envuelve en la ilusión como un Morfeo acalorado, pero entregado a seguir soñando. El jugador Vela, de origen cubano, pareciera que despertó con su apodo de Maracas y dice casi murmurando a su compañero xalapeño: “¿no hay letrero que diga “Santiago de Cuba?”. No, responde, pero quizá encontremos uno que diga “Yankees Stadium”.

Para Antonio Gazol Sánchez, que de niño estuvo en el recibimiento de Beto Ávila

Las palmeras se deslizaban con el suave viento que refrescaba el rostro de la melancolía de los porteños. Los cafés estaban a reventar, el bullicio rebasaba las terrazas de las casonas y en las azoteas las coplas eran como un faro para los oídos de los que caminaban por las calles.  Con el eco del interior de cada café inundado por los golpecitos de la cuchara al vaso para que la greca del café se deslice en un encantador chorro, la destreza del camarero de rigurosa filipina blanca es vital para que desde los aires el chorro de leche caliente bronca, más que una liturgia sea una fiesta. Zarpaba del puerto, escoltado por los remolcadores que no se sabía de dónde sacaban tanta fuerza, un navío con bandera noruega que con sus marinos escandinavos, herederos de los vikingos agitaban emocionados sus manos en señal de despedida a la muchedumbre jarocha localizada en el malecón, memoria grata en su retorno al cielo de auroras boreales y bosques casi eternos.   Emocionados agitaban sus manos a los que estaban en pequeñas lanchas cercanas a la costa.  Era difícil suponer que esos marinos noruegos tuvieran en otro puerto del globo una despedida que, entre jarana, arpa y son les regalaba más que el bullicio jarocho una muestra de que la poesía también viaja en un carguero a ultramar.

En tierra la Policía de la Marina Armada no se daba abasto para mantener las filas de miles de personas que esperaban el mejor lugar. El Heroico puerto y de todos los confines de la geografía veracruzana y de los cuatro puntos cardinales de la República llegaron aficionados para la cita esperada. De costa a costa, sinaloenses y sonorenses se sorprendían de una algarabía que ni Mazatlán ni Guaymas conocían. Un sinaloense advirtió entre resignado y emocionado: “nosotros no fuimos la puerta de México como estos veracruzanos lo son”. Un marino uruguayo que llevaba meses de rehabilitación antes de volver a su patria debido al accidente que tuvo en su pierna al descargar el barco, preguntó emocionado: ¿A quién reciben? ¿Por qué estos cánticos de alegría? ¿No creo que reciban al presidente de la República o a un dignatario del exterior, porque aquí en este mismo lugar llegó la patraña de emperador que les mandó Napoleón III, según leí? El júbilo de la masa se acelera como el corazón de un adolescente cuando descubre que bombear sangre más que para mantener con vida al cuerpo, es el efluvio que hace que la existencia tenga encanto, resguardo y sea en ocasiones un sueño despierto.

Aparecía un aeroplano que dibujaba siluetas de manera intrépida sobre el malecón y las playas cercanas, en cada paso rasante sobre las calles parecía que se llevaba el rostro de los asistentes con la sorpresa del vuelo. Un hombre entrado en años, pero como roble y con una memoria impresionante contó a los que compartía el café: “es el mismo sonido del abejorro de metal que nos zumbó cuando en este mismo cielo borraseaba como niño perdido el aviador francés, Roland Garros. Tuvo la osadía aérea de lanzarle desde su avión un ramillete de flores al almirante francés que dentro de su buque de guerra lo veía enojado y avergonzado”. Soltó una carcajada que a todos contagió. La orquesta de música popular con sus mentales lanzaba fanfarrias anunciando que estaba por llegar el hijo pródigo del Puerto, la emoción era un crescendo, la bandera nacional junto al Faro Venustiano Carranza ondeaba con un viento libre y de regocijo, el cielo azul y limpio, atestiguaba. Los banderines multicolores se agitaban, el alcalde se apresuró para llegar a tiempo, las porras al unísono y los vivas para el gran Beto Ávila dejaron a las gargantas afónicas de emoción. Serpentinas y nubes de confeti recibían al beisbolista que alcanzó el diamante de las grandes ligas, pero también el campeonato de bateo con los Indios de Cleveland (hoy llamados Guardianes de Cleveland…) en 1954. Escoltaban a “Bobby”, el segunda base de los Indios, como le llamaban en el Vecino del Norte sus antiguos amigos y compañeros de los equipos de la Liga invernal veracruzana, todos con los uniformes y gorras de sus respectivos equipos lo homenajeaban con efusivos abrazos y admiración porque después de todo ninguna victoria es solitaria y en la victoria de Ávila también tenían su parte porque con ellos perfiló su estilo y perfiló su vocación.  Con apenas un cuarto de siglo de existencia al Beto más famoso del puerto no le dio temor ni el inglés ni la melancolía por la patria y nunca se dejó amilanar por las derrotas que todo grande tiene, al contrario, hizo lo que mejor sabía hacer y disfrutar, jugar y batear la pelota caliente con su impronta jarocha.  Muchos de esos jugadores se habían curtido con él en el campo de juego, pero Beto Ávila conquistó las Grandes Ligas y en Cleveland supieron de Veracruz por él. El marino uruguayo se contagió de entusiasmo y dijo “vaya herencia de los británicos con su cricket que perfeccionaron los estadounidenses, ya entiendo al nuevo héroe al que le aplaudimos”. Los infantes tenían unos ojos de admiración, de esos que pocas veces se abren ante una épica viviente y se arremolinaban para ser los suertudos de tener una bola de béisbol firmada por el beisbolista, el primer mexicano en estar en las Grandes Ligas. Fue una hazaña. Desde una mesa del Gran Café de la Parroquia un hombre entrado en años con su lechero a medias rodeado de las moronas de una canilla, dijo: “estos norteamericanos no sólo nos atacaron en este perímetro sino también tienen en el béisbol una excepción, como Hemingway, como Jack London o Allan Poe… no todos son como el socarrón del Tío Sam”. La brisa bañaba a la multitud y Beto Ávila desfilaba como el nuevo héroe que demostraba que un sueño terrenal empieza con manopla, bate y algo más que sale de lo más profundo del alma. Volvía a escucharse al abejorro de metal en el aire, pero ahora colgaba de él un enorme espectacular que decía “bienvenido a tu casa, campeón”.

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5 de mayo # 318, col. La Lagunilla, Xalapa de Enríquez, Veracruz. México. C.P. 91119

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