Lázara Fernández Sosa tiene una voz amable, voz de abuela, incluso ante lo que parece inevitable en la Cuba de 2026: que pronto vuelva a irse la luz.
Son las 9:00 am en La Habana y esto es una carrera contrarreloj. Recién restablecieron el “servicio” tras 20 horas. Tiene que volver a concentrarse en las hazañas cotidianas que exige mantener un hogar: adelantar la cocción de alimentos, gestionar la entrada de agua, aprovechar cada minuto antes del próximo apagón. Pero para hablar de su nieto, Samei, Lázara deja a un lado todo.
Samei Reyes Álvarez, de 15 años, desapareció junto a su madre, Meiling, de 41, en el poblado mexicano de San José El Hueyate, en la costa de Chiapas, el 21 de diciembre de 2024. Su abuela paterna lo describe como un adolescente educado e introvertido, del tipo que “hay que hablarle para sacarle las palabras”. Es "un niño maravilloso”.
“Lo extraño tanto que no te puedes imaginar hasta qué punto”, dice.
La última comunicación que tuvo Lázara con Samei ocurrió aquel sábado de diciembre, a las 8:00 am (hora de México). Recibió un mensaje por WhatsApp —la misma vía que hoy, ella y yo nos conversamos como podemos— que decía:
“Mami, vamos a desayunar y después tomamos el autobús para seguir viaje”.
El siguiente paso era abordar una lancha con destino a Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, y desde allí continuar por tierra hasta Ciudad de México. Pero nunca llegaron.
Samei y Meiling forman parte de un grupo de 40 migrantes de diferentes nacionalidades desaparecidos aquel 21 de diciembre de 2024 en la pequeña comunidad costera. Entre ellos figuran los nombres de otros cubanos: Elianis de la Caridad Morejón, de 18 años; Jorge Alejandro Lozada Santos, de 24; Lorena Rozabal Guevara, de 28; y Dairanis Tan Ramos, de 33.
“Seguiremos luchando hasta encontrarlo. Nunca voy a descansar”, me reafirma Lázara.
Julia Margarita Bravo Díaz describe a su hija Meiling Álvarez como “una persona muy buena, inteligente y cariñosa”, que en julio cumplirá 42 años.
“La recuerdo todos los días. Fue quien me dio el título de madre”, señala la cubana.
A Julia Margarita le cuesta hablar de su hija y de Samei. Pide disculpas. Prefiere sentarse a escribir. Por suerte, cuenta con un cargador portátil que funciona tanto con electricidad como con energía solar. Fue un regalo de la Red Regional de Familias Migrantes. Es la única forma que tiene de mantener el teléfono cargado durante los apagones, aunque eso tampoco garantiza una conexión estable.
Desde hace meses el teléfono se ha convertido en una extensión de su cuerpo. Por él llegan reuniones, mensajes, llamadas y cualquier novedad relacionada con su familia.
La paradoja reside en el “cómo”. ¿Cómo sostener la conectividad en medio de una realidad energética y digital cada vez más intermitente?
El 13 de mayo de 2026, durante una comparecencia especial ante la audiencia nacional, el ministro cubano de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, dijo categórico: “ya no tenemos reservas”. El país había agotado el fueloil y diésel necesarios para alimentar las plantas termoeléctricas. La confirmación de un colapso anunciado, que terminó de precipitarse tras la captura de Nicolás Maduro y los nuevos aranceles de Estados Unidos a los países que suministran crudo a la isla.