Decenas de candidatos de distritos reñidos se saltan el cónclave MAGA, convocado a mayor gloria de Trump, por miedo a la influencia tóxica del presidente
Donald Trump anunció en junio la celebración de “un evento verdaderamente histórico”. La parte de la hipérbole no es rara en él, pero sí la naturaleza de esa convocatoria: una convención del Partido Republicano en Dallas (Texas) a poco menos de dos meses de las elecciones de mitad de mandato.
La cita trumpista con la historia se celebra este miércoles y jueves. Y es cierto que carece de precedentes. Se prevé como el tipo de cónclave organizado por ambos partidos cada cuatro años, poco antes de las elecciones presidenciales para designar a sus respectivos candidatos y mostrar la unidad de las coaliciones en torno a ellos, pero esta vez promete ser más bien una operación de control de daños: las encuestas con vistas al 3 de noviembre no son favorables al partido. Están en juego la totalidad de los escaños de la Cámara baja y un tercio de los de la alta, y no es descartable que los republicanos pierdan el control de una o de ambas, y con él, la iniciativa legislativa.
La reunión ya tiene un nombre oficioso, Trump-a-palooza. Se lo han puesto en honor a un famoso festival de rock alternativo de los noventa, pero también para que nadie se lleve a engaño: como casi todo lo que sucede en el Partido Republicano desde su regreso al poder, lo que sucederá durante dos días en el estadio American Airlines de Dallas girará en torno a Trump.
La diferencia es que las 50.000 personas venidas de todo el país a la Convención Republicana de hace un par de años en Milwaukee, celebrada un par de días después de que el entonces candidato sobreviviera a un atentado en un mitin al aire libre, llegaron con más ganas que los 20.000 asistentes que, según la organización, se esperan en Dallas. Y eso que les esperan menús parecidos: una dieta de discursos de candidatos America First, toda la parafernalia y el estrambote del movimiento MAGA (Make America Great Again), una playlist con las canciones favoritas del líder, incluida la repetición hasta la saciedad de una de ellas, God Bless the U.S.A., de Lee Greenwood, y no uno, sino dos mítines de Trump, que serán “como ningún otro”, según prometió él mismo en junio.
Lo de programar al actor principal dos noches seguidas lo pensó la organización para evitar que decaiga el interés de los asistentes, a los que se les ha sugerido una donación de 25.000 dólares para participar. El miércoles será la gran intervención de Trump, en la que se espera la suma de una justificación de las políticas de su Administración que han encarecido el coste de la vida y el precio de la gasolina, debido a los aranceles y a una guerra en Irán tremendamente impopular sin visos de un pronto final, y la reivindicación de los ideales MAGA: una frontera sur blindada y una apuesta por el aislacionismo para fomentar los valores estadounidenses. El jueves, el presidente hablará después de su segundo, J. D. Vance, para despedir la fiesta.
Que menos de la mitad de los candidatos republicanos en distritos reñidos estén en la lista de participantes indica hasta qué punto se le ha complicado al presidente cumplir con uno de los objetivos de la cita (además del cosquilleo de su ego y la arenga a una base desanimada del partido): ayudar a aquellos que lo tengan más cuesta arriba en noviembre en unas elecciones que son impredecibles solo en un puñado de lugares. Con los demócratas apostando todo a convertir los comicios en un referéndum sobre la presidencia de Trump, este se ha convertido para esos aspirantes en apuros más en una carga que en una ventaja electoral.
Así, en un partido que lleva dos años casi sin llevar la contraria a su líder, esta convención ha servido para que muchos políticos se hayan plantado. A senadores como Tommy Tuberville (Alabama), John Cornyn (Texas) y Mike Rounds (Dakota del Sur) y congresistas que se presentan a la reelección como David Valadao (California), Mike LaLota (Nueva York) o Juan Ciscomani (Arizona) no se les espera en Dallas, según han publicado estos días los medios estadounidenses, embarcados en una carrera por pasar lista en el Trump-a-palooza. Las excusas son variadas, pero el comentarista conservador Jay Nordlinger las resume con sorna en una sola, echando mano de una “vieja expresión del argot americano”: “Ese día tienen cita en la peluquería”.
La primera dama, Melania Trump, tampoco asistirá a la convención, mientras que John Thune, líder de la mayoría en el Senado, sí estará en Dallas, pero no subirá al estrado, lo que alimenta la impresión de su falta de sintonía con Trump. Este responsabiliza a Thune de que no salga adelante en el Capitolio la ambiciosa reforma electoral de la actual Administración, que supondría un profundo cambio en las reglas del voto de Estados Unidos a base de endurecer el acceso al voto de millones de ciudadanos.
Y al celebrarse en Texas, una contienda destacará por encima del resto. Es la que enfrenta al fiscal general de Texas, Ken Paxton, un candidato con un historial de polémicas y corrupción a sus espaldas avalado por Trump, y James Talarico, estrella ascendente del Partido Demócrata que aspira a convertirse en el primer senador de su partido en ese Estado en tres décadas.
El agregador de encuestas RealClearPolitics le da una ventaja de 2,4 puntos a Talarico. Consciente de lo que está en juego —perder las dos cámaras sería catastrófico para la segunda parte de su presidencia—, Trump ha roto la hucha de su Super PAC, una entidad creada para recibir dinero de donantes llamada MAGA S.A., para poner 10 millones de dólares a la campaña de Paxton.
Mientras, el resto de candidatos vulnerables en noviembre, más necesitados de fondos que de otro “mitin histórico” del presidente, esperan su turno. MAGA S.A. tiene algo más de 403 millones para gastar, según la Comisión Federal Electoral.