Cercado por el precio récord del combustible, el republicano mueve ficha antes de las elecciones. La espiral de precios empeorará fuera de EE UU, con el Viejo Continente y América Latina en el ojo del huracán
Estados Unidos y su industria petrolera están ganando dinero a manos llenas con la venta de petróleo y sus derivados al resto del mundo. La primera economía mundial está cubriendo parte del agujero que deja el corte de suministro de los países del Golfo por la guerra en Irán y el de Rusia por los ataques de Ucrania a sus refinerías. Pero todo tiene un límite, y la barrera han sido los 6,5 dólares el galón que superó este martes el diésel en los surtidores estadounidenses. Poco después de que se rebasase esa frontera, Donald Trump se ha mostrado, por primera vez en público, favorable a prohibir las exportaciones de ese carburante con tal de propiciar una caída en su precio. La medida tendría un impacto gigantesco en un mercado energético que se ha convertido en una olla a presión, y tendría como grandes damnificados a América Latina y a Europa, principales compradores del gasóleo estadounidense.
“He dicho que no enviemos diésel fuera”, declaró el mandatario estadounidense este martes tras una reunión con el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, en el marco de la Asamblea de la ONU que se celebra estos días en Nueva York. El presidente de EE UU tiene ahora en su mano la capacidad de agravar aún más el choque energético que él mismo desató en febrero al iniciar la guerra contra Irán y que está afectando, y de qué manera, al bolsillo de sus propios electores. Este miércoles, Politico daba más pistas sobre cómo la Casa Blanca plantea implementar la medida: 90 días de veto exportador, según cinco fuentes al tanto de la cuestión. Ya no es una amenaza, sino un plan con un horizonte temporal claro: hasta final de año, la época de mayor demanda de diésel.
Con las elecciones legislativas de noviembre a la vuelta de la esquina y una amplia mayoría de sondeos en contra, sin embargo, vetar las ventas de gasóleo al exterior es una tentación que también afronta fuertes obstáculos: la división de opiniones incluso dentro de la propia Casa Blanca, la negativa del poderoso lobby petrolero estadounidense y la previsión de que una reducción de la producción acabe por encarecer los precios de otros carburantes, como la gasolina, en su propio mercado interno. Pero a Trump parece importarle más mandar ese guiño a los votantes; un intento casi a la desesperada por revertir una tendencia de lo más preocupante para sus intereses políticos.
El plan de veto, ya sea parcial o total, no puede llegar en peor momento para Europa, donde los precios del combustible están por las nubes e impactan de lleno en la agricultura, el transporte y la industria. En el Viejo Continente, el diésel sigue representando casi las dos terceras partes de la energía consumida para el transporte de mercancías por carretera. Y Estados Unidos es, por mucho, su principal proveedor: aporta, en lo que va de año, un tercio de las importaciones europeas de gasóleo —en agosto fue la mitad— y la décima parte del consumo total.
Lejos de aflojar, ese vínculo ha ido a más desde que Rusia, que atraviesa una potente crisis de desabastecimiento, ha dejado de suministrar combustible al resto del mundo por los ataques ucranios sobre sus refinerías —en respuesta a la guerra iniciada por Vladímir Putin— y a los crecientes problemas de los países del golfo Pérsico para sacar sus productos refinados por el estrecho de Ormuz y el mar Rojo.
La tormenta perfecta que encara desde hace meses el mercado mundial del diésel solo puede ir a peor si, por puro cálculo electoral, Trump termina por remitir al Congreso una propuesta de veto de las exportaciones. Con las guerras en Irán y Ucrania, unos cinco millones de barriles diarios de capacidad de refinado han quedado en el limbo, disparando el déficit mundial de gasóleo, el combustible más demandado del mundo. Los precios del gasóleo en el mercado de Londres subieron un 7% pese a la relativa estabilidad del crudo.
“El problema de fondo es que el resto del sistema mundial de refinado no dispone de suficiente capacidad excedente para compensar estas pérdidas”, explica Kerstin Hottner, responsable de materias primas de la gestora Vontobel. “En los últimos años se ha cerrado capacidad de refinado tanto en Europa como en EE UU, y las instalaciones que siguen operativas ya funcionan cerca de sus niveles máximos”.
Si Washington cierra ahora el grifo al resto del mundo, la situación será aún más insostenible. “Una prohibición de las exportaciones sería devastadora para el suministro de gasóleo en Europa, que tendría dificultades para reemplazar dicho suministro”, advierte por correo electrónico Josh Michalowski, responsable del mercado europeo de diésel de la consultora de materias primas Argus.
“Casi la tercera parte de las exportaciones estadounidenses son hacia América del Sur, que sería la región más golpeada, y América Central: entre ambas suman casi la mitad del total”, aquilata por teléfono Jorge León, vicepresidente y responsable de análisis geopolítico de la firma noruega Rystad Energy. “Para Europa también sería relevante, pero su exposición es menor”.
Seis de los siete mayores compradores de diésel procesado en refinerías del país norteamericano, 1,5 millones de barriles diarios en total, están en una de esas dos regiones: Brasil, Chile, México, Perú, Francia y el Reino Unido, según los datos de la firma de análisis sectorial Kpler. La única excepción en esa lista es Marruecos.
En cuanto a España, si bien entre enero y julio casi duplicó las compras de gasóleo estadounidense, parte de una situación bastante mejor que el resto de grandes países europeos gracias a las ocho refinerías disponibles, algunas de ellas de última generación. Pero el alza de precios no deja de ser un mal compartido.
“Solo con las palabras de Trump el martes, el precio del diésel ha subido aquí y bajado en EE UU. Si finalmente da el paso, la situación será bastante complicada en Europa”, proyecta León. Sin el diésel de EE UU, las gasolineras europeas tampoco se quedarían vacías, porque Europa produce internamente alrededor del 70% del gasóleo. Pero podría haber problemas puntuales de escasez y —esto es seguro— la escalada de precios solo podría ir a más: solo en agosto, los carburantes y lubricantes se dispararon casi un 24% interanual en la UE, según las cifras publicadas el martes por Eurostat.
Las exportaciones de crudo estadounidense estuvieron prohibidas hasta finales de 2015, cuando, en tiempos del demócrata Barack Obama, el Congreso levantó el veto y permitió a las petroleras locales llenar su caja colocando en el extranjero los excedentes que provocó la revolución del fracking. Las ventas exteriores de gasóleo, sin embargo, nunca han estado vetadas.
La desesperación política, sin embargo, puede cambiar este paradigma histórico. Las elecciones de mitad de mandato están a la vuelta de la esquina; las perspectivas del Partido Republicano son tétricas, con cada vez más encuestas apuntando a una formidable derrota en ambas Cámaras del Congreso; y un lastre sobresale por encima del resto: el precio de los carburantes, en máximos históricos, que ha disparado la inflación y ha abierto un boquete en el bolsillo de los trabajadores estadounidenses. Justo la base sobre la que el magnate del ladrillo y el juego cimentó su regreso a la Casa Blanca a finales de 2024.