España apenas produce 350 kilos de azafrán, pero se ha convertido en un gran centro mundial para importar, tratar y exportar la cotizada especia
El azafrán suele recorrer dos veces el mundo antes de acabar en las baldas de un supermercado o en la cocina de un restaurante. Sale de los campos de Irán a granel, llega a una empresa española que lo trata y envasa, y vuelve a partir, esta vez con destino a otro mercado. Es una de las peculiaridades de un negocio indiscutiblemente dominado a nivel global por el país persa y en el que España desempeña un papel primordial, aunque más como comerciante que por su modesta producción. Ahora, las últimas sanciones anunciadas por Estados Unidos ponen en jaque esa cadena y, con ella, el abastecimiento en todo el planeta, ya que nadie puede sustituir a Irán en el corto plazo.
El Gobierno de Donald Trump ha dado a conocer esta semana una campaña para aislar económicamente a Teherán. Washington amenaza con penalizar a quien mantenga sus vínculos comerciales y deja abierta la posibilidad de perseguir las operaciones realizadas a través de terceros países. No es la primera vez que Estados Unidos utiliza la baza económica como arma de guerra, a veces con aranceles y embargos y otras con amagos que terminan diluyéndose. Sin embargo, basta con que las posibles sanciones dificulten los pagos, los seguros, el transporte o las relaciones bancarias para alterar una cadena de suministro extraordinariamente concentrada.
El motivo es sencillo. El mundo produce cada año algo más de 400 toneladas del conocido como oro rojo, según las estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), y entre el 90% y el 95% procede de Irán. La distancia con el resto de países es tan grande que un corte relevante del suministro iraní no tendría reemplazo. “Si esto se produce, habría un desabastecimiento de azafrán a nivel mundial”, resume Carlos Fernández, presidente de la Organización de Productores de Azafrán (OPAZ), una cooperativa que agrupa a productores españoles de Albacete, Toledo y Ciudad Real, las provincias que conforman la Denominación de Origen Protegida (DOP).
España, prosigue Fernández, ha sido históricamente uno de los grandes referentes de la cotizada especia. Sin embargo, si hace décadas destacaba por producirla, hoy lo hace sobre todo por su capacidad para tratarla y comercializarla. De la DOP, donde se concentra el cultivo español, apenas se extraen 350 kilos al año. Países como India, Pakistán o China han empezado a impulsar su producción, pero “todavía no tienen capacidad para sustituir a Irán”, que, según Fernández, considera el azafrán “un activo estratégico nacional”. De ahí que un cierre del grifo iraní tenga la capacidad de provocar “un corte de suministro en todo el mundo”.
Sustituir ese volumen tampoco es una cuestión que pueda resolverse de un año para otro. El cultivo es muy laborioso y costoso, solo permite una cosecha anual, exige mucha rotación de la tierra y requiere disponer de bulbos, un mercado reducido que ya está muy copado. Aumentar la producción en otros países exige, por tanto, tiempo e inversión antes de que las nuevas plantaciones puedan alcanzar volúmenes relevantes.
Los números permiten entender cómo funciona el mercado. En 2024, el comercio internacional de azafrán movió unos 239 millones de euros, según los datos del Observatorio de Complejidad Económica ―la cifra roza los 500 millones si se incluye la distribución posterior para alimentación o cosmética―. Irán fue, con diferencia, el principal exportador, con 93 millones de euros, cerca del 39% del total. Pero la estadística esconde una parte importante de la historia. El país que cultiva la inmensa mayoría de la especia no concentra ni mucho menos una proporción equivalente de las exportaciones, porque mucho de lo que se extrae de sus campos sale hacia terceros países, que lo procesan y vuelven a vender.
España es el ejemplo más evidente. Exportó 53,7 millones de euros en ese año ―solo por detrás de Irán y Afganistán―, estando lejísimos de producir una cantidad que justifique semejante posición. Lo logró porque es al mismo tiempo el mayor importador mundial, con 52,7 millones en compras. En años anteriores, además, la diferencia había sido mucho más acusada, ya que España llegó a exportar cantidades muy superiores a las que importaba. En la práctica, funciona como centro de tratamiento, envasado y comercialización, actuando como una especie de puente entre el gran productor mundial y mercados como Estados Unidos, Reino Unido, Argentina, Francia o Emiratos.
La dimensión empresarial ayuda a entender el fenómeno. Carmencita, una de las principales compañías del sector de las especias en España y proveedora de cadenas como Mercadona, importa actualmente entre tres y cuatro toneladas de azafrán al año, prácticamente todo procedente de Irán y para consumo nacional. Jesús Navarro, presidente de la compañía propietaria de la marca, asegura que el conflicto no ha alterado su actividad y que no tiene dificultades para comprar o transportar el producto. “Estamos ante un escenario cambiante y creemos que sería prematuro anticipar consecuencias que todavía no se han producido”, explica.
La compañía, prosigue Navarro, revisa permanentemente su cadena de abastecimiento y el marco regulatorio aplicable. “Intentamos adelantarnos a los posibles futuros problemas y evitar cualquier dificultad de suministro”, añade. La marca, que en marzo afirmó que disponía de reservas para seis meses, no facilita información sobre las existencias actuales y reconoce que ha barajado rutas alternativas de salida a través de otros países, a la par que ha hecho pruebas con azafrán producido en otros mercados, como Afganistán. En Carmencita recuerdan que “España produce un azafrán extraordinario”. Sin embargo, las escalas de producción son muy diferentes, por lo que actualmente el país “no dispone del volumen suficiente para sustituir de forma significativa” el producto iraní.
El directivo de una compañía española de importación y exportación que mueve unas cinco toneladas de azafrán al año, explica, bajo condición de anonimato, que si las eventuales sanciones se centraran en la especia y fueran efectivas, el mercado del azafrán colapsaría en el corto plazo. Sin embargo, considera difícil que esto suceda. “El azafrán es un producto de poco volumen y alto valor, fácil de almacenar y transportar, y existen además rutas comerciales y mercados alternativos que pueden amortiguar las restricciones”, explica.
Esa geografía difusa también ha permitido, según denuncia Fernández, que algunas empresas aprovechen la maraña de intermediarios para “blanquear” el origen del azafrán iraní y hacerlo pasar por producto de otros países. La paradoja es que esa misma red que durante años ha facilitado el comercio puede convertirse ahora en una fuente de problemas. España no tiene producción suficiente para reemplazar a Irán, pero tampoco puede sustituir fácilmente el negocio que ha construido alrededor de su oro rojo.