Los expertos creen que el modelo económico, basado en salarios bajos, microempresas y financiación bancaria, lastra el potencial del país. Piden elevar la productividad y la innovación para que la renta ‘per capita’ se aproxime a la de los principales países de la UE
España crece. Y lo hace con fuerza. El PIB avanzó cerca de un 3% en 2025 y en el arranque de 2026 sigue fuerte (mejora interanual del 2,7% en el primer trimestre) y el empleo está en máximos históricos. Pero cuando el crecimiento se traduce a renta por habitante y se descuenta la inflación acumulada desde la pandemia, la mejora es mucho más modesta de lo que sugieren los grandes titulares. Según Eurostat, el PIB per capita ajustado por poder adquisitivo se sitúa en torno al 92% de la media de la Unión Europea (UE), todavía más de veinte puntos por debajo de economías como Alemania y cerca de diez puntos por debajo de Francia.
Rafael Doménech, responsable de análisis económico de BBVA Research, lo sintetiza así: “El PIB ha crecido mucho, pero el crecimiento se ha apoyado más en el empleo que en la productividad”. Y añade una imagen que resume el diagnóstico: “Es como un avión que está volando solo gracias a un motor, el del empleo. Pero necesitaríamos también el motor de la productividad”.
En su revisión de primavera de las previsiones de España el Fondo Monetario Internacional (FMI) introduce un matiz relevante: el crecimiento seguirá siendo sólido a corto plazo, pero tenderá a moderarse “a medida que se reduzca el impulso de la inmigración y se intensifique el envejecimiento demográfico”. La distancia con Europa con respecto al PIB per cápita no responde a un único indicador, sino a la combinación de tres factores: una productividad insuficiente, empresas demasiado pequeñas y una renta por habitante que todavía no converge plenamente con las economías más avanzadas.
En ese contexto, la idea de una economía low cost empieza a tomar forma. No se trata necesariamente de una economía barata, sino de un modelo que crece apoyándose en costes bajos —salarios, escala empresarial o capital— más que en productividad, innovación o valor añadido.
El primer informe anual del Consejo de la Productividad de España coincide en el diagnóstico y advierte de que el débil crecimiento de la productividad ha limitado la convergencia económica con Europa. Para José García Montalvo, catedrático de Economía de la Universidad Pompeu Fabra, el problema tiene raíces profundas. “Estamos ante un problema estructural del modelo productivo; no es una cuestión coyuntural”, explica.
La evidencia estadística apunta en la misma dirección. Según la Fundación BBVA, la productividad total de los factores —la que mide la eficiencia del sistema económico al excluir empleo y capital— cayó alrededor de un 10,5% en España entre 1995 y 2017, mientras que aumentó un 1,4% en la zona euro y un 4,5% en la Unión Europea. Uno de los elementos estructurales que ayudan a explicar esa brecha es el tamaño de las empresas. Según datos de Cepyme y del Directorio Central de Empresas del INE, más del 94% del tejido empresarial español está formado por microempresas de menos de diez trabajadores. La comparación europea refuerza ese diagnóstico. Según Eurostat, las empresas de más de 250 trabajadores representan apenas alrededor del 0,2% del total en España, casi la mitad que en economías como Alemania o Francia.
David Vitoria, consejero delegado de Berria Bikes, observa esa limitación desde una industria global y altamente competitiva como la bicicleta. “Muchas empresas españolas tienen talento y capacidad técnica, pero parten con menos escala financiera que grandes grupos europeos o asiáticos, lo que limita velocidad y capacidad de inversión”, explica.
Por su parte, Enrique Quemada, consejero delegado de ONEtoONE, una boutique financiera especializada en M&A (fusiones y adquisiciones), lo observa con claridad en su actividad diaria. “España compite por precio puro y duro. En mi trabajo lo veo constantemente al comparar empresas y productos de distintos países (…) entre Alemania y España es como comparar el mañana y el ayer”. En su opinión, el tamaño empresarial condiciona directamente la capacidad de invertir en innovación y tecnología. “España somos pymes; las multinacionales que aparecen en los periódicos con beneficios récord no representan el modelo nacional”.
El diagnóstico se repite en distintos análisis económicos: menor tamaño medio implica también menor capitalización, menor intensidad inversora por trabajador y más dificultades para financiar proyectos tecnológicos. En este sentido, el comité de expertos que ha evaluado durante un año la productividad nacional incluye entre sus recomendaciones centrales la necesidad de impulsar la inversión privada y mejorar el acceso a financiación no bancaria para empresas jóvenes con alto potencial.
Según Eurostat, España destina alrededor del 1,4% de su PIB a investigación y desarrollo, muy por debajo de la media de la Unión Europea, que ronda el 2,2%. Algo más de la mitad de ese esfuerzo corresponde al sector empresarial y, dentro de él, las grandes compañías concentran cerca de dos tercios del gasto, lo que refleja hasta qué punto la innovación se encuentra concentrada en un número muy reducido de empresas. En una economía dominada por pequeñas empresas, esta estructura limita la difusión de la innovación. Buena parte del tejido productivo invierte poco en capital tecnológico, tiene menor capacidad de internacionalización y más dificultades para acceder a financiación.
A ello se suma además la volatilidad de costes registrada en los últimos años. José Manuel Pazos, consejero delegado de Omega Financial Partners, advierte de que la incertidumbre sobre energía, financiación, materias primas o divisas está dificultando la planificación empresarial. “Cuando una compañía no sabe cómo evolucionarán sus costes, tiende a retrasar inversiones y a priorizar la protección del margen y de la caja”, señala.
Quemada lo formula sin rodeos: “La única solución para evitar que la economía se consolide como low cost es ganar tamaño (...) concentración, escala y capital”. Un argumento más financiero que ideológico: con rentabilidades moderadas y estructuras fragmentadas, la capacidad de reinvertir en automatización y robotización se reduce. La cuestión vuelve a ser estratégica: “¿Puede una economía compuesta mayoritariamente por pequeñas empresas acelerar el salto hacia un modelo intensivo en capital y tecnología?”.
El aumento del empleo se ha convertido en el principal soporte del crecimiento reciente. La Encuesta de Población Activa (EPA) sitúa el número de ocupados en torno a 21,4 millones, el nivel más alto de la serie histórica y muy por encima del registro previo a la pandemia. Pero esa expansión no se explica únicamente por la recuperación cíclica.
Una parte significativa del dinamismo laboral está vinculada al aumento de la población extranjera. Funcas ha señalado en distintos análisis que la inmigración está sosteniendo el crecimiento potencial en un contexto de envejecimiento acelerado. La generación del baby bum comenzará a jubilarse de forma masiva en la próxima década, reduciendo la oferta de trabajo nativa.