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Nevaco Global
23 de mayo de 2026

El renacer de la misión imperial imantando territorios y recursos de pueblos soberanos

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Hoy por hoy, la política exterior de Estados Unidos en la que coinciden numerosos investigadores, lleva el sello de ser más imperialista, unilateral y hostil al Viejo Continente, reconquistando auras del siglo XIX y el cambio de prioridades de Asia-Pacífico y Oriente Próximo a América, en la que ineludiblemente se confirma la quiebra con la Unión Europea (UE), en la que no le queda otra que admitir que Washington ya no es un aliado al cien por cien.

Y es que tras su retorno a la Casa Blanca, Donald Trump (1946-79 años) ha originado un vuelco sin precedentes en la política exterior estadounidense. Con su proceder al que empezamos a acostumbramos (medidas apresuradas, recados lapidarios y una actuación que frecuentemente raspa las acotaciones institucionales) ha recompuesto prioridades y restablecido al foco del debate opiniones que parecían eclipsadas. Entre ellas, el discurso de los círculos de influencia y una concepción del siglo XIX que resurge con fuerza bajo otras conveniencias.

Sin lugar a dudas, Trump ha interpelado sin reservas la ‘Doctrina Monroe’ (1823), que en el siglo antes mencionado respaldaba con uñas y dientes que cualquier intervención de actores europeos en el continente americano, sería distinguida como una amenaza directa en toda regla para la seguridad y soberanía de los Estados Unidos. De hecho, la ha rebautizado como ‘Donroe Doctrine’, una versión ampliada que presenta a su país como garante exclusivo de la seguridad en América. Ciertamente, el concepto se acopla con un marco más vasto. Es decir, un universo fraccionado en amplias zonas dominadas por potencias territoriales.

Sus dictámenes y afirmaciones no solo han retocado la actividad exterior norteamericana, sino que ha forzado al resto de actores internacionales a rebelarse en repetidas ocasiones ante los vaivenes inesperados de dirección. Según este juicio, la aldea global se ordena en áreas de influencia y Estados Unidos, como el líder que ejerce la supremacía, tendría legitimidad para desenvolverse como pez en el agua dentro de su región.

Este principio saca a la palestra el criterio de ‘gran espacio’ que acogía que el orden internacional se dispone en torno a potencias que practican influencia sobre otras demarcaciones. Es más, análisis recientes examinan cómo la República Popular China modula su influjo a más no poder mediante inversión, diplomacia y protagonismo militar en su contexto regional.

Del mismo modo, esta visión se esgrime para argumentar la tesis que tras el desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), conjeturaba la consumación de la historia y el triunfo categórico del liberalismo. El avance de China, Rusia y actualmente Estados Unidos, sugiere una vuelta de la competitividad entre las grandes potencias.

El punto de vista americano quedó moldeado con la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, que como es sabio fundamenta una repartición del mundo en bloques: Estados Unidos en el Hemisferio Occidental, la Federación de Rusia en su contorno contiguo y China en Asia-Pacífico. O lo que es igual: el instrumento entraña un rompimiento con el orden liberal de la postguerra, asentado en normas universales e instituciones multilaterales y se sitúa por una justificación más jerárquica y territorial.

La política exterior de Trump se ha deslizado en ejes comparables a las de China, aunque con fondos diferentes. Dos hechos cercanos explican esta conclusión: la interposición en Venezuela y la atracción por la compra o anexión de Groenlandia, con la evasiva de la Seguridad Nacional. Ambas cuestiones se cimentan en la significación de que Estados Unidos posee su derecho a operar como quiera dentro de su área de influencia.

Pero no sólo se constatan estas pruebas fehacientes, porque en este año han existido más operaciones, como los ataques contra presuntos barcos narcotraficantes en el Caribe, o la amenaza sobre Panamá por el asunto del Canal que Trump aspira recuperar, nuevas sanciones a Nicaragua y limitaciones más severas a Cuba o el incremento de su relación con el presidente de la República del El Salvador, Nayib Bukele (1981-44 años), a cambio de colaboración en el tema migratorio.

Cada una de estas maniobras replican a un mismo ideal: Estados Unidos tiene derecho a moverse desenvueltamente dentro de su área de influencia, así como imposibilitar la aparición estratégica de potencias externas. La Donroe Doctrine precisa este enfoque y lo erige en la punta de lanza de la política exterior norteamericana.

No obstante, esta estrategia exterior no puede concebirse sin fijarse hacia dentro. La explicación de la Administración Trump desentona con las preferencias de numerosos ciudadanos que lo reportaron a la Casa Blanca en 2024. Por aquel entonces, su soporte se basó en una definición clarividente: las anteriores direcciones habían estafado al americano medio.

En atención al convencimiento del presidente, la globalización desarticuló al Estado, agrandó la fractura social y vigorizó a contendientes estratégicos. Las minorías selectas tanto republicanas como demócratas excluyeron estos inconvenientes, instando al empobrecimiento del residente común. Por eso, la coyuntura política de la Doctrina Donroe se tanteará en las elecciones de medio mandato.

Trump regula los tres poderes del Estado, pero su mayoría en la Cámara de Representantes es asombrosamente ahogado, el más insignificante en poco más o menos un siglo. El crédito de su agenda internacional solo se evaluará justamente si los electores notan avances en su calidad de vida. Si la economía acaba resintiéndose o el poder adquisitivo se desploma, el producto de esta tentativa de reacomodar el sistema internacional habrá que buscarlo en otra parte.

En tanto, interesa seguir el rastro de quienes han profundizado en la sinonimia conceptual esta bifurcación, para al menos interpretar una transición que por vez primera en estos tiempos, no se circunscribe a la elocuencia oratoria, sino que se reprograma a la distribución real de poder.

Dicho esto, tras la Guerra Fría (1947-1991), el nivel de urgencia en política exterior norteamericana fueron amplificar la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); implicar o descartar a Rusia de un pacto de seguridad; que los socios de la Organización Atlántica ampliasen la inversión en defensa, pero sin perder Washington la iniciativa; sujetar a China; hacer frente al terrorismo y alcanzar una salida digna en los conflictos bélicos de Afganistán (7-X-2001/30-VIII-2021) e Irak (20-III-2003/15-XII-2011).

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