© Publicaciones del Chuvíscar S.A. de C.V. Todos los derechos reservados 2026
El joven de 17 años se encontraba sentado en una habitación de hotel, dirigiendo un centro logístico de alto riesgo desde su celular. Examinaba listados de armas en venta en WhatsApp y atendía solicitudes como un operador telefónico, despachando pedidos en tiempo real: Kalashnikovs, rifles tipo AR-15 y mucha munición.
El ritmo del negocio se ha vuelto implacable, explicó el traficante de armas, hijo de un líder de una célula de un cártel local nacido en Arizona. Aunque en Phoenix sigue cursando el bachillerato, ahora gestiona hasta 200 pedidos de armas de fuego a la semana, aproximadamente el doble de lo que enviaba a México antes de que el presidente Donald Trump regresara a la Casa Blanca y presionara para que se tomaran medidas drásticas contra los cárteles.
Comentó que pasar las armas a México es fácil, a pesar del aumento de la vigilancia y las medidas de control a ambos lados de la frontera. “Aquí nadie te para a no ser que te pases un alto, todo está muy tranquilo”, dijo.
Mientras el gobierno de Trump presiona al de México para que tome más medidas contra los cárteles de la droga, ha surgido un beneficiario involuntario de la campaña de presión estadounidense: los traficantes de armas que suministran armas al Cártel de Sinaloa, la potencia criminal detrás de gran parte del fentanilo que inunda las calles estadounidenses.
Las autoridades mexicanas y estadounidenses han invertido miles de millones de dólares para frenar el flujo de drogas, en particular el fentanilo que se dirige hacia el norte. Sin embargo, los traficantes de armas han trasladado discretamente hacia el sur lo que, dicen, es una cantidad sin precedentes de armas, armando precisamente al grupo criminal que la iniciativa conjunta de Estados Unidos y México pretendía debilitar.
Durante el último año y medio, la demanda de armas se ha disparado mientras el Cártel de Sinaloa libra una guerra en tres frentes: enfrentando una ofensiva intensificada del gobierno mexicano, luchando contra facciones rivales dentro de sus propias filas y abasteciéndose para prepararse para una posible intervención militar estadounidense.
Pasé semanas entrevistando a siete miembros del cártel implicados directamente en la compra y el envío de armas de fuego desde Estados Unidos. Todos ellos están vinculados al Cártel de Sinaloa, uno de los grupos criminales más poderosos del mundo. Dos de los traficantes están radicados en Arizona y los otros cinco operan en el estado de Sinaloa, el bastión del cártel.
Los contrabandistas hablaron bajo condición de anonimato, por temor a represalias por parte de las fuerzas del orden y de sus jefes. Sus relatos ofrecen detalles escalofriantes sobre cómo las armas vendidas en tiendas de armas estadounidenses y en ferias de armas —y, cada vez más, a través de sitios de internet y aplicaciones móviles que funcionan como mercados abiertos— se canalizan hacia miembros de los cárteles mexicanos y se utilizan en algunos de los delitos más violentos del país.
Las armas suelen desmontarse en piezas y ocultarse dentro de paneles de camiones o en compartimentos secretos en vehículos antes de ser transportadas hacia el sur, según explicaron los contrabandistas. Otras veces, se esconden dentro de aviones privados o se amarran a los cascos de lanchas rápidas que surcan el Pacífico. Para envíos pequeños, los conductores a veces se las pegan al cuerpo con cinta adhesiva o esconden las armas en un maletero y las cubren con una manta.
Las autoridades mexicanas estiman que cada año se introducen de contrabando hasta 500.000 armas desde Estados Unidos a México. Christopher Demlein, un exagente de la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF, por su sigla en inglés) especializado en redes clandestinas de tráfico de armas, afirmó que la cifra podría ascender a un millón de armas de contrabando al año.
Impulsado por las amenazas de Trump de imponer aranceles punitivos a México y de llevar a cabo ataques militares en el país, el gobierno mexicano ha arremetido contra los cárteles con una oleada de arrestos, decomisos de droga y redadas a laboratorios, además de entregar a Estados Unidos a decenas de narcotraficantes de alto nivel.
En uno de los golpes más significativos al crimen organizado en años, las fuerzas mexicanas mataron el mes pasado a Rubén Oseguera Cervantes, conocido como el “Mencho” —el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, principal rival del Cártel de Sinaloa— en una operación que las autoridades presentaron como prueba de su ofensiva cada vez más intensa.
Pero Trump ha prometido librar su propia campaña contra los cárteles dentro de México, diciendo que el país es el “epicentro de la violencia de los cárteles”.
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha rechazado cualquier intervención militar estadounidense y ha dicho que Estados Unidos debe hacer más en su lado de la frontera, impidiendo que las armas estadounidenses inunden su país y causen tal caos.