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Nevaco Global
13 de julio de 2026

Las bacterias del cuerpo tienen un lenguaje. Apenas empezamos a entender lo que dicen

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Aunque el microbioma humano desempeña un papel fundamental en nuestra salud, sigue siendo un territorio poco conocido. Dos investigadores buscan revelar sus secretos

A mediados de la década de 2010, cuando aún eran becarios posdoctorales en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, Mathilde Poyet y Mathieu Groussin se topaban una y otra vez con diferentes facetas del mismo obstáculo. Poyet, ecóloga y microbióloga, intentaba estudiar especies bacterianas raras, de esas que nunca antes se habían cultivado en un laboratorio. Groussin, biólogo computacional del mismo laboratorio, quería entender cómo los humanos y los microbios habíamos evolucionado juntos a lo largo de milenios. Ambos se enfocaban en los microbios que habitan dentro y sobre el cuerpo humano, lo que los científicos denominan colectivamente “microbioma humano”. Pero las muestras con las que podían trabajar eran solo las de una pequeña porción de la humanidad: concretamente, de poblaciones ricas, occidentales y blancas.

“Alrededor del 90 por ciento de toda la diversidad humana ha quedado completamente fuera de la imagen”, me dijo Groussin hace poco. Era como si alguien hubiera apuntado con una linterna potente a un pequeño segmento de un lienzo gigante y hubiera dejado el resto envuelto en la oscuridad. La zona iluminada estaba bien definida (imaginemos el rostro de un hombre). Pero no podían saber realmente qué estaban viendo (si ese hombre era un monje, por ejemplo, o un torero) sin ver el resto del lienzo.

Los científicos se refieren a este vasto terreno inexplorado como la “materia oscura” de la biología. En nuestros cuerpos hay más bacterias —en la piel, dentro de la nariz, en los intestinos, en la boca y alrededor de los genitales— que estrellas en la Vía Láctea. Estos microbios han evolucionado no solo junto a nosotros, sino también dentro de nosotros, y los científicos que los estudian de cerca afirman que a duras penas hay un proceso o sistema biológico en el que no desempeñen un papel. Ayudaron a crear nuestros sistemas digestivos e inmunitarios. Influyen en el tamaño y la forma de nuestros cuerpos. Al menos algunas investigaciones sugieren que también afectan nuestros cerebros, estados de ánimo, personalidades y comportamientos. Y, sin embargo, la mayoría de ellos aún no han sido identificados, y mucho menos estudiados.

Era tentador pensar en lo que podría revelar una visión más completa. En los últimos años, los científicos habían relacionado el microbioma intestinal con una larga lista de enfermedades, entre ellas la enfermedad de Crohn y el síndrome del intestino irritable, el párkinson, la demencia y el autismo, y tenían la esperanza de que una mejor comprensión de esos vínculos condujera a tratamientos, cuando no a curas. También han estado analizando la variedad casi inabarcable de moléculas que producen los microbios en busca de tesoros biológicos: no solo posibles medicamentos, sino también compuestos capaces de descomponer contaminantes o reparar ecosistemas dañados.

Pero las incógnitas seguían superando con creces a las certezas: nadie podía afirmar con seguridad qué se consideraba un microbioma sano ni tampoco si uno poco saludable podría modificarse de manera intencional. Tampoco estaba claro si los cambios en el microbioma individual de una persona eran la causa de una enfermedad o una consecuencia de ella.

Poyet y Groussin sospechaban que las respuestas a esas preguntas no se escondían en el 10 por ciento del lienzo que los científicos estaban analizando, sino en el 90 por ciento restante. Mantuvieron largas y divagantes conversaciones —en el laboratorio y en casa, durante comidas apresuradas y largos paseos ocasionales— sobre cómo descubrir ese panorama más amplio. Hasta entonces habían estado recopilando datos y muestras de forma fragmentada de colegas y colaboradores. Lo que necesitaban en cambio era un enfoque integral: recolectar la mayor cantidad posible de muestras de microbioma de la mayor cantidad posible de comunidades distintas en la mayor cantidad posible de partes del mundo, y luego entrevistar a las personas que habían aportado esas muestras sobre cualquier factor que pudiera estar afectando sus ecosistemas microbianos internos, incluidas su dieta y su forma de vida.

Era una idea descabellada. Eran científicos de laboratorio con casi ninguna experiencia de campo entre los dos. Además, no eran más que unos humildes posdoctorandos, lo que significaba que el siguiente capítulo de sus carreras ya estaba perfectamente trazado. Se suponía que pronto tendrían que poner en marcha sus propios laboratorios y publicar tantos artículos científicos como fuera posible para conseguir la financiación que los mantuvieran a flote. Un proyecto como este —una iniciativa mundial de muestreo microbiano— implicaría postergar todo eso, posiblemente por años. Y si fracasaba, sus carreras académicas podrían acabar incluso antes de haber empezado.

Pero una vez que se les ocurrió la idea, les resultó imposible abandonarla. Trazaron un plan básico, consiguieron algo de financiación y, en poco tiempo, se aventuraron lejos de la comodidad de sus mesas de laboratorio en el MIT. Fueron a Nepal e Irak, Tailandia y Malasia, Ruanda y Tanzania. Caminaron durante días para llegar a algunas comunidades y visitaron otras a las que solo se podía acceder en barco o helicóptero. En medio de esas expediciones, se casaron, formaron una familia y se incorporaron al cuerpo docente de la Universidad de Kiel, en Alemania. En 2024, su laboratorio albergaba uno de los repositorios de bacterias vivas más grandes y diversos del mundo. Lo llamaron Global Microbiome Conservancy (Conservación Global del Microbioma).

“Es parecido a lo que se consigue con un banco de semillas, que es, al menos en teoría, la capacidad de reconstituir el organismo, incluso después de que se haya extinguido”, explica William Hanage, epidemiólogo de la Escuela de Salud Pública T. H. Chan de Harvard. “Pero, en cierto modo, es aún más emocionante, porque cuando conservas un microbioma completo, tal y como lo hacen ellos, básicamente estás rescatando todo un ecosistema microscópico”. El rescate microbiano puede sonar raro. “Salvemos la E. coli” no suena igual que “salvemos a las ballenas”. Pero los microbios se enfrentan a tantos peligros como cualquier mamífero carismático. Y los microbiomas podrían tener tanto potencial sin explotar como cualquier selva tropical o zona salvaje del Ártico.

Los científicos no son los únicos entusiasmados con ese potencial. En la década transcurrida desde que Poyet y Groussin iniciaron su búsqueda global, la idea de que podríamos curar casi cualquier dolencia ajustando nuestros microbiomas ha contribuido a generar un mercado multimillonario (pruebas diagnósticas, suplementos probióticos, péptidos) y todo un subgénero en las redes sociales (#guttok, por la palabra en inglés para intestino y una parte del nombre de TikTok). “Hace uno o dos siglos”, me dijo Hanage, “cada vez que pasaba algo en el cuerpo que no podíamos explicar, se lo atribuíamos a Dios. Ahora le echamos la culpa al microbioma”.

Pero, tal y como están descubriendo los científicos, el microbioma no es una entidad fija. De hecho, varía tanto entre diferentes personas y lugares que ni siquiera conceptos básicos como “sano” o “enfermo” son universales. “Construimos un modelo estadístico capaz de predecir con precisión si una persona de Estados Unidos, Canadá o Europa Occidental está sana o enferma basándonos en la composición de su microbioma intestinal”, me contó Groussin. “Pero cuando aplicamos ese mismo modelo a personas que viven en cualquier otra parte del mundo, este falla por completo”. Esa variación no es una mera curiosidad, dicen él y Poyet. Es la clave para entender cómo influimos en nuestros microbiomas, cómo nos influyen ellos a nosotros y qué significa esa relación para la salud humana.

Cuando conocí a Groussin a finales de octubre de 2024, acababa de volar más de 20 horas desde Kiel, Alemania, hasta Asunción, Paraguay, para lo que sería la segunda expedición sudamericana de la organización conservacionista. Poyet, que estaba embarazada de seis meses de su segundo hijo, se había quedado en casa. “Por favor”, me suplicó. “Mathilde es la verdadera heroína de esta historia. Ella dirigió la mayor parte del trabajo de este viaje, incluidos todos los preparativos. Solo estoy aquí en lugar de ella porque ella está en casa, gestando a nuestro bebé”.

Groussin y su equipo tenían previsto viajar unas diez horas más hasta la reserva indígena de Cerro Itá Guazú, cerca de la frontera entre Brasil y Paraguay, donde recogerían muestras de sangre, saliva, heces y secreciones vaginales de todas las personas que se prestaran voluntarias. Pero casi todo el equipo que necesitaban para ese trabajo —los productos químicos y los recipientes, el tanque de almacenamiento altamente especializado, los cerca de mil tubos de ensayo que ya habían etiquetado— se había quedado atascado en la aduana, debido a un problema burocrático. No estaba claro cuándo ni si ese problema se resolvería, pero con un año de planificación y una inversión nada desdeñable de tiempo y dinero en juego, sus colaboradores paraguayos estaban nerviosos. “Puede que estemos en un buen lío”, dijo Walter J. Sandoval Espínola, microbiólogo de la Universidad Nacional de Asunción, mientras los dos científicos y una decena de sus jóvenes compañeros se reunían frente a la pizarra blanca que ocupaba toda una pared del laboratorio de Sandoval Espínola.

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