El repunte del petróleo y las nuevas amenazas sobre el Estrecho reavivan los temores a una inflación más persistente y frenan el rally de junio
Nadie dijo que fuera a ser fácil. El memorándum de Islamabad nació como un intento de ganar tiempo más que como una solución definitiva. El acuerdo frenó las hostilidades entre Estados Unidos e Irán y abrió una ventana de negociación de 60 días que los mercados interpretaron como el principio del fin de la crisis. Un mes después, esa lectura parece demasiado optimista. La reanudación de los ataques, el regreso de las amenazas sobre el estrecho de Ormuz y el repunte del precio del petróleo han devuelto la sensación de que la tregua era apenas una pausa en un conflicto cuyos principales desacuerdos siguen intactos.
Una semana después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, diera por rota la tregua y tras cinco jornadas consecutivas de ataques, las expectativas de una rápida normalización vuelven a desvanecerse. El petróleo brent acumula una subida cercana al 18% desde los mínimos registrados el pasado 1 de julio, cuando el mercado confiaba en que las tensiones no irían a más. El crudo, que dos semanas después del acuerdo había regresado a niveles previos a la contienda y amenazaba con caer por debajo de los 70 dólares, cotiza ya por encima de los 84, prácticamente donde se encontraba antes de la redacción del memorándum.
A medida que aumenta la presión sobre los precios de la energía, resurgen también los temores a una inflación más persistente y a unos tipos de interés elevados durante más tiempo. Tras llevar a los principales índices a máximos históricos, los inversores han empezado a recoger beneficios. Gran parte de las ganancias registradas desde mediados de junio se ha evaporado. El Ibex 35, que llegó a acercarse a los 20.000 puntos, pelea ahora por mantenerse por encima de los 19.000 y desde el 17 de junio retrocede un 0,6%. El S&P 500, por su parte, limita los avances al 2%. “El principal error del mercado fue interpretar un acuerdo provisional como si fuera una solución definitiva. Sirvió para frenar la escalada militar, pero no solucionó las causas del conflicto ni garantizó una reapertura normal y segura del estrecho de Ormuz”, afirma Antonio Castelo, analista de iBroker.
Una visión similar comparten los analistas de XTB, que consideran que los inversores interpretaron erróneamente aquella tregua. A su juicio, la situación actual debe entenderse como un nuevo conflicto, ya que han cambiado los objetivos militares y el contexto económico. “En la primera fase, Estados Unidos buscaba debilitar al régimen iraní y limitar su capacidad militar. Ahora el objetivo se ha desplazado hacia el control del estrecho de Ormuz, mientras que Irán pretende utilizar esa ruta como principal herramienta de presión económica y geopolítica”, destacan.
El conflicto ha evolucionado desde una lógica predominantemente militar hacia una pugna por el control de las rutas energéticas y la capacidad de presión económica. Mientras Teherán mantiene su exigencia de controlar el tráfico por el Estrecho, Washington ha endurecido la presión. Además de intensificar los ataques, ha restablecido el bloqueo a los puertos iraníes, eliminado las exenciones para comprar su petróleo y sustituido la propuesta de un peaje del 20% a los buques que atraviesan Ormuz por acuerdos comerciales y compromisos de inversión con los estados del Golfo. Este giro eleva el riesgo de una crisis más prolongada y con mayores efectos sobre el transporte marítimo y el suministro energético mundial.
Los analistas de ING, que ya consideraban excesiva la euforia que venían mostrando los mercados desde mediados de junio, advierten de que el recrudecimiento de las tensiones sitúa a la economía y a los inversores en una posición más vulnerable que la de hace unos meses. “El tráfico de petroleros a través del Estrecho sigue deprimido, lo que mantiene una clara presión sobre los precios. La preocupación radica en que estas nuevas interrupciones se producen tras las importantes reducciones de inventarios que dejan al mercado con un menor colchón frente a posibles perturbaciones adicionales”, destacan. Las cifras respaldan esa preocupación. Según RBC Capital Markets, la media de flujos de petróleo en los últimos siete días ha caído de 4,6 millones a 3,9 millones de barriles diarios.
Cuando estalló la guerra, la liberación de reservas estratégicas, la desaceleración de la actividad industrial y la caída de las importaciones chinas fueron suficientes para contener el encarecimiento del crudo. Sin embargo, los expertos advierten de que ese margen de maniobra es ahora mucho más reducido. Los programas de liberación de reservas concluirán en las próximas semanas y los inventarios se encuentran en niveles significativamente más bajos, por lo que los mecanismos que ayudaron a amortiguar el impacto inicial del conflicto podrían resultar insuficientes si las interrupciones del suministro se prolongan.
Pese al deterioro del escenario, los analistas mantienen un optimismo cauto. Como ya ocurrió en marzo, cuando el mercado confiaba en que el conflicto tendría una duración y un alcance limitados, la mayoría de las firmas considera que la situación sigue siendo gestionable. Norbert Rücker, responsable de Economía e Investigación Next Generation de Julius Baer, cree que la confrontación continúa desarrollándose dentro de una lógica de negociación. A su juicio, los precios actuales del petróleo aún se encuentran lejos de los niveles que históricamente han provocado una desaceleración significativa de la economía mundial.
En la misma línea, Goldman Sachs mantiene como escenario central una moderación de los precios del crudo que permita a los bancos centrales, como la Reserva Federal, mantener los tipos de interés estables hasta final de año. Un factor relevante cuando las Bolsas encuentran dificultades para prolongar las subidas. Para Antonio Castelo, la combinación de unos tipos sin cambios, unos resultados empresariales sólidos y una economía estadounidense resiliente debería actuar como soporte para la renta variable y ayudar a evitar una corrección abrupta de los mercados.
La incógnita es cuánto tiempo podrá mantenerse ese equilibrio. Un petróleo estabilizado entre 75 y 90 dólares por barril resulta manejable para la economía global, pero una interrupción más severa de los flujos energéticos desde Oriente Próximo podría modificar rápidamente ese escenario. “Con un petróleo por encima de los 90 dólares durante un periodo prolongado, el impacto dejaría de ser exclusivamente financiero y empezaría a trasladarse a la economía real”, señala Castelo. El experto advierte de que, en ese escenario, se encarecerían el transporte, la electricidad y los fertilizantes, mientras que el aumento de los costes terminaría reflejándose en unos bienes y servicios más caros. En definitiva, la renta disponible de los hogares se reduciría, los márgenes empresariales se estrecharían y aumentaría el riesgo de una corrección en los mercados bursátiles.