Parece ya anecdótico que hace 60 años los argentinos consumían 84 kilos de carne vacuna, en promedio, al año. Lejos, muy lejos, ha quedado esa cifra, que hoy se retrajo en unos 40 kilos y sigue su curva descendente en detrimento de los “sustitutos” que se han convertido en titulares.
En la mesa, la puja ya se debate con el pollo, una proteína a la que algunos informes ya ubican en el mismo nivel de consumo, o incluso superior, que la carne vacuna. El cerdo, por su parte, ya se estabiliza en torno a los 20 kilos por habitante y se consolida cómodamente como tercera opción.
Hoy, el aumento sostenido del precio y la caída del poder adquisitivo profundizan la tendencia, pero hay que mirar varias décadas hacia atrás para entender cómo se construyó esta competencia que ya tiene un claro perdedor.

En uno de sus últimos informes, Argendata se hace la pregunta del millón: “¿Por qué los argentinos comemos cada vez menos carne vacuna?”. Y aunque la primera respuesta siempre es coyuntural, se estaría faltando a la verdad si no se analizara lo ocurrido en el largo plazo.
El “quid” de la cuestión hay que rastrearlo en la producción, que no sólo no acompañó el crecimiento de la población sino que, entre decisiones políticas, cambios económicos y problemas climáticos, una y otra vez se vio diezmada. Las cifras son ilustrativas: en 2025, el país produjo 3,1 millones de toneladas de carne vacuna, prácticamente lo mismo que hace 5 décadas.
A esa dificultad histórica se suma ahora un factor externo, que es la alta demanda global y la necesidad de que el país recupere su rodeo bovino, en un contexto de buenos precios para la actividad. Eso ha profundizado la tendencia, y en los primeros 8 meses del año, estiman desde Ciccra, la producción cayó 6,8% interanual, a 1,9 millones de toneladas.

El avance de la frontera agrícola hizo su aporte, pero la principal limitante a la producción ganadera fue desde siempre la inestabilidad macroeconómica del país, devastadora para una actividad que exige planificar a largo plazo.
“En distintos períodos, las restricciones a las exportaciones para contener los precios internos también redujeron los incentivos a invertir”, observa el informe de Argendata. Basta mencionar a Moreno, o, sin ir tan lejos, la limitación a ciertos cortes impulsada por Sergio Massa.
En la fórmula del terror también ayudaron los episodios de sequía, con los casos extremos de la liquidación de vientres post 2008 y 2009 o, más recientemente, lo ocurrido entre 2020 y 2023.
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Del otro lado de la mesa, había dos cadenas que hicieron su tarea. De la mano de la incorporación de genética, la mejora en la nutrición, el manejo sanitario y la eficiencia, la producción avícola y porcina incrementaron su oferta a medida que la vacuna se estancaba.
Desde 1961, la producción de pollo se multiplicó por 64, pasando de apenas 36.000 toneladas a 2,3 millones en 2024. La expansión porcina fue más moderada y no le pudo seguir el ritmo a la aviar: hace 6 décadas, se producía 5 veces más cerdo que pollo, hoy este último pasa al frente y casi triplica a la porcina.