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Nevaco Global
14 de septiembre de 2026

De la Espriella: "Siempre voy a estar con Israel"

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El presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, reafirmó su respaldo a Israel este sábado durante su visita a la sinagoga Bet-El, en la ciudad de Barranquilla, donde se encontraba para acompañar a la comunidad judía colombiana durante la celebración del Año Nuevo.

El mandatario aseveró que su presencia en el evento buscaba expresar "un gesto de respeto, de afecto y de fraternidad". También reiteró que mantiene firme su apoyo a ese país.

"Nunca voy a dejar de defender a Israel, porque es el pueblo de Dios y siempre voy a estar con Israel", indicó. Recordó que durante la campaña algunos sectores, incluso personas cercanas, le habían recomendado no mencionar a Israel, pero que decidió mantener públicamente su posición de respaldo.

Asimismo, sostuvo que por esa postura reanudó las relaciones con Tel Aviv y las exportaciones de carbón, así como ordenó poner la embajada colombiana en Jerusalén. Además, declaró que fue "el segundo presidente en representación del Estado colombiano en reconocer la titularidad de Israel sobre los Altos de Golán", territorio sirio según el derecho internacional.

La posición de De la Espriella se enmarca en el giro de la política exterior que ha impulsado desde el inicio de su Gobierno, que rompió con el curso de su predecesor, Gustavo Petro, quien suspendió los vínculos con Israel en 2024.

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La «amnesia» de Gran Bretaña: un imperio construido sobre el dinero de la droga

La principal motivación de Julia Lovell (Carlisle, 1975) para escribir 'La Guerra del Opio' (Desperta Ferro) fue, asegura, la «amnesia colectiva» que padecen sus compatriotas respecto a este «vergonzoso e infame» episodio de su pasado. «No podemos olvidar –recuerda la historiadora e investigadora del British Museum– que el imperio de la Gran Bretaña victoriana se expandió de modo prodigioso durante el siglo XIX, mientras se enorgullecía de su superioridad cristiana sobre aquellos a los que conquistaba, y, sin embargo, buena parte de esa opulenta potencia global se construyó sobre el dinero de la droga». Todo comenzó en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando los británicos se hicieron con el control de Bengala y establecieron un monopolio sobre la producción de opio . Para lograrlo, exigieron a los campesinos indios firmar contratos que los obligaban a cultivar las amapolas. Una vez lista la cosecha, extraían la savia cruda de la planta, la procesaban en sus propias fábricas, empacaban el producto en cajas de madera de mango y lo enviaban a China sin ninguna restricción. Pronto se dieron cuenta de que obtenían un margen de beneficio sin precedentes.A los nuevos comerciantes no les importaron lo más mínimo los estragos que esa droga pudiera causar en la población del gigante asiático, que alcanzaba ya 300 millones de habitantes. La producción aumentaba y el producto se vendía a raudales en el imperio de la dinastía Qing, el más grande e importante del planeta en ese momento. «A comienzos del siglo XIX, China estaba ya muy preocupada por el alto número de fumadores de opio. Temía que esa adicción desintegrara la sociedad, corrompiera al ejército y agotara el dinero. En 1838, el emperador Daoguang prohibió su comercio e inició una dura campaña de persecución contra vendedores y consumidores que continuó, de forma intermitente, hasta que la República Popular China acabó definitivamente con el opio en la década de 1950», asegura Lovell a ABC. Gracias a este contrabando, Gran Bretaña logró revertir el grave déficit comercial que arrastraba desde 1780 y que lastraba a todo el imperio. Durante años, el Ejecutivo chino había abastecido sin problema la alta demanda de té de los ingleses, pero solo a cambio de plata. A cambio, no quería ningún producto extranjero y, por lo tanto, los beneficios de la Compañía Británica de las Indias Orientales no compensaban los gastos. La balanza comercial se hundió y la deuda alcanzó los 28 millones de libras. Entonces, apareció el opio. «Fue muy importante para la economía del Imperio británico porque consiguió revertir la tendencia de la gran cantidad de riqueza que salía de Europa y entraba en China sin retorno. Entre 1800 y 1839, las importaciones de opio en China procedentes de la India británica aumentaron espectacularmente desde 4.000 a 40.000 cajas al año. China gastó 300 millones de dólares de plata en ese mismo periodo, que pasaron a Gran Bretaña para que pudiera comerciar con Asia y financiar no solo su consumo de té, sino también los costes de todas sus colonias en aquel continente. En 1856, cuando comienza la Segunda Guerra del Opio, este contrabando generaba el 22% de los ingresos totales de la India británica y financió a la Royal Navy durante ese siglo. Se puede decir, por lo tanto, que el opio ayudó a mantener a flote el Imperio británico», explica la historiadora.El opio es «oro»Uno de los primeros comerciantes que se hizo rico en China escribió sin escrúpulos: «El opio es como el oro. Lo vendo cuando quiera». En 1839, en vísperas de la primera guerra, el gigante asiático era ya consciente de su problema. Los activistas chinos que clamaron contra este negocio ilegal lo describían como «una plaga peor que las inundaciones y las alimañas salvajes, una droga asesina que amenaza con degradar a todo el pueblo hasta situarlo a la altura de los reptiles, los perros y los puercos». El embajador de la dinastía Qing en Londres añadió: «Nada de lo que Occidente nos ha hecho ha sido tan perjudicial como el opio». 'La Guerra del Opio' Autora: Julia Lovell Editorial: Desperta Ferro Páginas: 472 Precio: 28,95 eurosA la cabeza de esta lucha estaba Lin Zexu, líder del partido que abogaba por su prohibición y que el emperador envió a Cantón, el principal puerto de entrada de este «veneno» que hizo adictos a millones de ciudadanos y al 20% de los funcionarios y soldados. Su primera medida fue presionar a los contrabandistas y fumadores chinos. Organizó a la población de la ciudad en «grupos de seguridad»: unidades de cinco individuos, cada uno de ellos responsable de garantizar la higiene narcótica de los otros cuatro. Luego sometió a los extranjeros a una presión similar y redactó una extensa carta a la Reina Victoria en la que le exigía sacar el opio de sus dominios. «Le garantizo que vamos a suprimir para siempre esa droga perniciosa. Nuestra corte celestial no habría logrado la obediencia de innumerables tierras si no dispusiera de poderes sobrenaturales, se lo advierto».En marzo de 1839, ordenó a los británicos entregar todo el opio que tuvieran almacenado en Cantón y a firmar un documento en el que se comprometían a no importar más. Si no obedecían, serían ejecutados. «Nunca habíamos visto un estilo igual», manifestaron los afectados, pero las medidas tuvieron un impacto considerable, pues al cabo de pocos meses ya había arrestado a 1.700 traficantes y confiscado 1.200 toneladas de droga. Lin reclutó a 500 jornaleros que trabajaron durante 23 días quemando la mercancía a la vista de todos.Grabado de un fumadero de opio en China en el siglo XIX T. AllomTráfico y civilización Se organizó entonces una gran campaña que convirtió la causa del Imperio británico en una lucha del moderno mundo libre contra el fosilizado imperio del mal. «Este pueblo brutal y soberbio se complace en considerar al resto de habitantes de la tierra como bárbaros», criticó James Matheson, cofundador de la mayor casa de comercio de opio en Cantón. «Nosotros, con nuestros principios de tolerancia, hemos sido recluidos en un rincón de China; nos calumnian, ejecutan injustamente y recibimos insultos y vejaciones sin medida», justificaba el principal periódico inglés editado en la ciudad, 'Chinese Repository'. Para Lovell, sin embargo, «esto no es más que un relato oportunista e hipócrita en el que políticos, mercaderes y soldados británicos envolvieron su lucha por proteger un comercio ilegal de narcóticos bajo las banderas de la civilización y el progreso». Se negaron a firmar las exigencias de Lin y convencieron a su Gobierno de iniciar la guerra como medio de presión para que el emperador legalizara el opio. Nunca buscaron una solución diplomática. Querían imponer su aplastante superioridad tecnológica y armamentística, como quedó de manifiesto desde la primera batalla en Chuenpee, en la bahía de Cantón, el 3 de noviembre. Dos naves inglesas hicieron frente a 14 juncos imperiales y hundieron cuatro antes de retirarse sin sufrir bajas. «Se calcula que solo en la Primera Guerra del Opio murieron unos 20.000 soldados y civiles Qing por 90 británicos», señala la autora. Su exhibición de fuerza fue tal que en el tratado de paz firmado en Nankín, en 1842, Londres consiguió todo lo que pedía, incluido el permiso para seguir vendiendo opio con total libertad. Esto incluía un trato mercantil preferente, la apertura al comercio internacional de cuatro puertos (Cantón, Xiamen, Shanghai y Ningbo), que sus ciudadanos solo pudiesen ser juzgados con las leyes inglesas y la cesión de Hong Kong . Se convirtió así en la primera nación que consiguió un trato preferente con el gigante asiático. La «amnesia» británicaGran Bretaña nunca se disculpó y, además, se esforzó por enterrar su pasado narcotraficante. Es muy fácil aprobar el temario de historia en el colegio y la universidad sin encontrar mención alguna a las Guerras del Opio. La amnesia británica de esos conflictos comenzó pronto. En torno a 1900, los textos escolares dejaron de mentarlas al hablar de Hong Kong. Decían que la isla había sido «adquirida» en 1842. Punto. Tras la Segunda Guerra Mundial, este esfuerzo fue mayor a medida que la ciudad se convertía en un centro financiero global.En Londres, las huellas también se han borrado. Los enormes muelles situados al este de la capital, uno de los vértices de aquel rentable triángulo comercial de opio, plata y té, se abandonaron durante el siglo XIX y buena parte del XX. Hoy son ruinas improductivas repobladas por aves silvestres y algún bloque de apartamentos sin referencias al episodio. «La historia de la esclavitud es mucho más conocida y debatida porque existe un relato más claro de recuperación moral por parte de Gran Bretaña, que se benefició mucho de ella, pero también contribuyó a su abolición. El comercio del opio, en cambio, no tiene una historia de despertar moral», subraya Lovell. En China, sin embargo, aquel sufrimiento está muy presente y los escolares lo estudian en libros de texto, museos, memoriales y películas que identifican aquel conflicto con el inicio de su patriotismo moderno. «Les cuentan cómo la diplomacia de las cañoneras británicas y el opio pusieron a los chinos de rodillas, dejando a su población esclavizada por la adicción e incapaz de resistir a los colonizadores. Para la política y los medios de comunicación representa el comienzo del complot internacional para socavar a China y constituye, además, el primer llamamiento a las armas contra las amenazas de Occidente. Por eso, si se critica a China por los derechos humanos, su Gobierno recuerda a los ciudadanos que los países occidentales siempre han albergado planes perversos contra ellos, como el Opio. Para comprender la problemática relación actual de China con Occidente, hay que entender cómo y por qué China recuerda los años del opio», advierte.

13 sept 2026