Nuestros sindicatos han terminado confundiendo la moqueta con la trinchera.
Luis Buñuel era paisano mío, él nació en Calanda y yo en Zaragoza. Quizá la tierra aragonesa tenga algo que ver, pero siempre he pensado que detrás de aquella sonrisa había una cierta afición a meter el dedo en el ojo. En El ángel exterminador, Buñuel encerró a un grupo de burgueses en una habitación. No había cerrojo ni barrotes, simplemente no conseguían marcharse. Con el paso de los días se degradaban las formas y aquella estancia terminaba devorando su cordura. El sindicalismo de clase español lleva años protagonizando su propio remake buñueliano, aunque con una sensible diferencia de intendencia, pues aquí no hay corderos degollados en el salón y la despensa rebosa marisco de lonja y transferencias de curso legal.
CCOO y UGT nacieron para el choque en la calle y la trinchera de las fábricas. Con el tiempo sin embargo descubrieron un espacio mucho más plácido, la moqueta ministerial, el aplauso en la rueda de prensa y el mullido sofá de la concertación social. Se quedaron dentro porque fuera hacía frío y el menú era insuperable. El problema llega cuando llevas años sentado en la moqueta y de repente necesitas unas botas de plástico para fingir que todavía sabes pisar barro.
Ahora estos comegambas de nómina oficial han descubierto que la calle existe. Convocan una huelga general el 11 de noviembre agitando la bandera de la vivienda y pretenden que aplaudamos su gallardía por encontrar la manilla de la puerta. El truco ofende a la inteligencia, la vivienda lleva mucho tiempo instalada en la cúspide de las preocupaciones ciudadanas según el CIS. Sin embargo, durante las dos legislaturas de Sánchez, los mandamases sindicales no emitieron ni un bostezo sobre el drama del alquiler. Estaban demasiado ocupados ensayando pancartas contra los aranceles de Donald Trump o aplaudiendo los decretazos de Yolanda Díaz.
La vocación de encierro ni siquiera es nueva. En septiembre del año pasado, Pepe Álvarez y Unai Sordo ya encontraron una solución estrambótica a sus cuitas con el Parlamento. Se encerraron durante una noche en la parroquia de San Carlos Borromeo de Vallecas para reclamar la reducción de jornada. Primero descubrieron el encierro místico, ahora quieren que el país entero pruebe las virtudes de quedarse dentro.
Pepe Álvarez acaba de dejar una joya de sinceridad a la altura de las mejores de Zapatero, y eso que competir con aquel joyero no era sencillo. Admitió ante las cámaras que si el Congreso hubiera convalidado el decreto de vivienda, “hoy seguramente no estaríamos en una huelga general”. Hay huelgas que nacen de un conflicto laboral y otras cuya existencia depende de salvar la cara a Moncloa, la diferencia cabe en una frase. Para maquillar el artefacto, Unai Sordo amaga con “sacar a gorrazos a los fondos” con impostada pose de taberna, al tiempo que insinúa que ya barajaban el paro meses atrás. Curiosa revelación, si la catástrofe era tan urgente, ¿por qué la barricada esperó pacientemente a que el Congreso tumbara los decretos intervencionistas y Sánchez adelantara las elecciones?
Para unas huelgas, las elecciones paralizan la negociación; para otra, aceleran el calendario. La contradicción tiene su aquel. Mientras CCOO y UGT llaman a paralizar el país el 11-N, los mismos sindicatos acaban de suspender las movilizaciones en la Agencia Tributaria tras el adelanto electoral. Argumentan que durante el periodo de disolución ya no existen interlocutores con capacidad plena para negociar. Las urnas sirven de freno cuando toca negociar con el Estado, pero no parecen ser un obstáculo cuando toca convocar una huelga general.
Han pasado 14 años desde la última huelga general conjunta de CCOO y UGT, convocada contra Mariano Rajoy en 2012. Durante casi una década y media no debió de existir ningún problema suficientemente grave. Los alquileres no debían de subir y los salarios daban de sobra. Hasta que la puerta se ha abierto de golpe al calor de los comicios. Hasta Cándido Méndez ha levantado una ceja. El antiguo secretario general de UGT ha reconocido que le sorprende que la convocatoria llegue tras el adelanto electoral y ha advertido de que la fecha exigirá una explicación “muy cuidadosa” ante la opinión pública. Es una manera educada de constatar que la barricada se abre justo cuando empiezan a calentarse las urnas.
La protesta se ha modernizado. Ya no necesita una fábrica cerrada, le basta una causa noble y la bendición de María Jesús Montero, que llegó a llamarla una huelga “contra la oposición”. Un paro general que no interpela a quien redacta los decretos, sino a quien vota en contra. La CEOE anda cuestionando el encaje constitucional de la convocatoria, pero a estas alturas la ley les estorba tanto como la vergüenza.
La memoria sindical retrata la metamorfosis sin necesidad de adjetivos. En abril de 2024, durante la famosa carta de reflexión de Sánchez, Unai Sordo suplicó públicamente al presidente que no cediera y alargara la legislatura. En 2025 se encerraron en San Carlos Borromeo para arropar a una ministra que se declaraba “muy orgullosa” de ellos. Y este año montan un paro general que funciona como el mitin inaugural de la campaña gubernamental. La habitación, eso sí, está bien climatizada. La convocatoria estatal de subvenciones a organizaciones sindicales fue de 17 millones de euros en 2024 y ascendió a 32 millones para 2025. La estancia de Buñuel, al menos, no tenía presupuesto público.
Lo divertido de El ángel exterminador no era que aquellos burgueses estuvieran atrapados, sino que nadie recordaba ya por qué seguían encerrados. Con nuestros sindicatos la respuesta es bastante más sencilla, han terminado confundiendo la moqueta con la trinchera. Han vuelto el megáfono, las pancartas y hasta el marisco. Lo difícil será convencer a alguien de que esto tiene algo que ver con la calle.
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