La tragedia ferroviaria vuelve a cebarse con la nación española nueve meses después de Adamuz, derribando toda creencia en la fortaleza de los servicios públicos y el Estado
La estampa es terrorífica, y lo peor es que resulta tan familiar que estremece el alma. Los 2.500 habitantes de Urda, una pequeña localidad de Toledo, se despertaron el miércoles siendo la sede del infierno en la Tierra. A apenas ocho kilómetros del corazón de la villa, un brutal accidente ferroviario volvió a hacer temblar los cimientos del Estado, la creencia en España como una nación próspera y un reguero de 68 fallecidos que volvió a abrir las heridas aun sin cicatrizar de Adamuz.
La colisión entre un tren de Renfe y un convoy de Iryo en la línea de alta velocidad entre Madrid y Andalucía esbozó una tragedia que solo se consigue asimilar cuando te acercas a su órbita. En el lugar del siniestro, a apenas seiscientos metros, un camino de tierra se abre paso hasta el cementerio improvisado por la UME, Guardia Civil y Protección Civil. Uno alza la vista para contemplar la maquinaria completamente destruida y vuelve a agachar la cabeza para observar el desfile de supervivientes que busca un lugar donde ser atendidos y sanar sus heridas.
La primera pareja que vemos apenas supera la treintena. Se llaman JosiMar y Vitoria. Habían cogido el tren Madrid-Sevilla cuando, a 130 kilómetros de la capital, un zarandeo brutal les hizo gravitar hacia el techo, viendo cómo los asientos del tren se abalanzaban sobre su pecho, agarrándose a ellos para evitar perder la vida. JosiMar mira a su pareja, totalmente aterrada, pero viva, y se sacude el shock inicial para ayudar a recomponer su espíritu. Una vez constatado que sus heridas no revisten más gravedad que “unos arañazos y raspones”, empiezan a sacar cuerpos fuera del tren para facilitar las labores de rescate.
La ropa está rasgada, y las manchas de sangre parecen frescas. “No es nuestra”, afirma JosiMar, “es de los cuerpos que ayudamos a evacuar”. Algunos de ellos, puntualizan, sin vida. Vitoria apenas habla, no sabe mucho castellano y prefiere que su pareja dé los pocos detalles que su cerebro consigue conectar con la boca. Un reportero televisivo intenta sacarles la misma historia, aunque se marchan camino al pueblo, donde les atenderán en el polideportivo. Los guardias civiles que custodian la entrada al camino apenas emiten sonidos coherentes, no quieren hacer declaraciones por más que en sus rostros se dibuje una desolación gigante.
De aquella tierra mancillada por siempre también sale Luis, otro viajero que puede vivir para contarlo. Sus ojos desearían no haber tenido jamás visión para contemplar el horror que nos describe. “Estaba en el vagón número dos, y me asomé a la ventana para ver qué pasaba fuera. Vi a un hombre de raza india vagando sin rumbo por las vías con un brazo amputado, creo que estaba tan ido que no era consciente de que había perdido un miembro”, apunta Luis. “Hay un amasijo enorme de hierros y la gente sigue sacando cuerpos aplastados sin vida. Esto va a superar lo de Adamuz”, remata.
Una majadería que en España habíamos enterrado desde el atentado terrorista del 11 de marzo del 2004, pero la degradación de nuestro sistema ferroviario ha ‘resucitado’ por partida doble en un 2026 que ya es historia negra del país. Al otro lado del accidente, en la zona más llana, la Guardia Civil, UME y Protección Civil levantan un centro de mando completamente improvisado. Antes de llegar a él, dos personas charlan con los servicios de emergencia con cara compungida. Son José Manuel, párroco en Consuegra (Toledo) y María Luisa Rodríguez García, alcaldesa de ese mismo municipio, vecino de Urda, quienes han salido a toda prisa desde primera hora de la mañana para ofrecer ayuda logística y asistencia espiritual a las familias de los fallecidos.
Unos familiares que empiezan a dejarse ver por el centro de mando rodeados de decenas y decenas de periodistas que ya agolpan las inmediaciones en busca de testimonios, conexiones y declaraciones oficiales de alguno de los más de 300 agentes desplazados a la zona. Entre ellos está Ramón Cuevas, portavoz de la Guardia Civil, quien declara ante los medios con la voz rota y sin dar cifras oficiales.
El primer hombre de Estado que aparece por Urda es Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha. Tras atender a la COPE y antes de hacer lo propio con RNE, el líder de los socialistas manchegos se para con los dos periodistas de Vozpópuli desplazados al siniestro con el rostro desencajado. “Ya llevamos muchas tragedias y es desolador”, apunta visiblemente afectado. A la espera de que a la tarde llegase, como así hizo, el presidente del Gobierno, Page es el último dique sobre el que las familias pueden llorar mientras llegan en cascada las terribles noticias.
La tensión se dispara, y algunos periodistas en busca de la frase del día encienden el ánimo de los familiares que, con una angustia inimaginable, viven pegados al teléfono móvil. “Esto es una zona de guerra”, suspira uno de los policías municipales que contempla la escena, poco acostumbrado a estos ‘campos de batalla’ que rompen la rutina de un pueblo diminuto como es Urda. La congoja se traslada al pabellón multiusos a la entrada de Urda, donde el resto de familiares se encuentran cara a cara con la pena, un desenlace inevitable para una tragedia que, como Adamuz, pudo haberse evitado.
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