Por Rosa Miriam Elizalde. Resumen Latinoamericano, 05 de noviembre de 2026.
Pese al bloqueo petrolero y las presiones de Washington, la historia demuestra que el sufrimiento social no genera rendición en Cuba. Foto Europa Press
El 23 de octubre, en Fort Myers, Donald Trump describió la rendición de Cuba como una escala naval, con sus barcos de regreso de Irán y uno de ellos detenido frente a la costa cubana, donde, según anticipó, “levantarán las manos”. Después enviaría a Marco Rubio a cerrar el acuerdo, de modo que un país entero quedaba reducido a una parada del viaje de vuelta. Para completar semejante fantasía, sólo faltaba imaginar al secretario de Estado bajando en paracaídas para instalarse como procónsul.
Las urnas del martes interrumpieron ese relato con una derrota humillante del Partido Republicano que expresa un voto de castigo a los casi dos años del segundo mandato de Trump. El presidente, que promete disponer de países enteros, tendrá que gobernar frente a una sociedad que acaba de retirarle buena parte de su apoyo, mientras su reclamo de obediencia en el exterior contrasta con la confianza que necesita recuperar en casa.
El resultado no determina por sí solo su política exterior, pero pone en entredicho la premisa que sostiene sus amenazas, según la cual la superioridad material garantiza el control de los acontecimientos. Irán ya mostró los límites de ese cálculo, pues el 1 de marzo Trump hablaba de una operación de unas cuatro semanas y, en septiembre, Reuters informaba, citando fuentes de su administración, de los esfuerzos por contener la escalada antes de las elecciones y de la necesidad de reponer reservas de municiones muy mermadas. A fines de agosto, una encuesta de Reuters/Ipsos registraba 63 por ciento de rechazo a la guerra, lo que ayuda a entender cómo la operación, concebida para demostrar fuerza, se había convertido en un problema electoral.
Quien anuncia que va a poner orden en una región da por hecho que sus habitantes aceptarán el lugar que les asigne, del mismo modo que presentar a Cuba como un asunto pendiente convierte la soberanía ajena en una anomalía administrativa. Una estrategia así puede convencer dentro de un despacho y deshacerse en cuanto los demás toman sus propias decisiones, porque una sociedad conserva intereses y aspiraciones que ninguna potencia puede dar por cancelados. Las sanciones condicionan nuestra vida, pero no otorgan a Washington el derecho a decidir por nosotros ni anulan nuestra capacidad de actuar.
Washington intenta reducir ese margen de autonomía mediante instrumentos concretos, como la orden ejecutiva del 29 de enero, que abrió la puerta a imponer aranceles a las importaciones procedentes de países que suministren petróleo a la isla. Al extender la amenaza a terceros, y utilizar el abastecimiento energético con fines políticos, la rendición anunciada desde una tribuna se apoya en medidas que alteran la vida diaria de millones de personas, una lógica que tiene historia.
La política hacia la mayor de las Antillas no es sólo un producto de la Guerra Fría; controla el estrecho de Florida, los accesos al Golfo de México y el pasillo con Haití. La importancia geoestratégica del país que institucionalizó el socialismo a 150 kilómetros de la meca capitalista explica dos intervenciones militares de Estados Unidos (1898 y 1906), la Enmienda Platt, Guantánamo y el deplorable aislamiento punitivo. En el memorando del 6 de abril de 1960, Lester Mallory, funcionario del Departamento de Estado, propuso provocar “hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno”. El documento, conservado en los archivos diplomáticos estadunidenses, expone con claridad la intención de apretar a la población hasta que su sufrimiento produjera la conducta política que Washington esperaba.
Pero en diciembre de 2014, al anunciar el cambio de política hacia Cuba, Barack Obama reconoció que el aislamiento no había funcionado, después de más de cinco décadas de una estrategia orientada a ejercer presión sobre la isla. Ese reconocimiento no la vuelve invulnerable, pero obliga a quien apuesta otra vez al sufrimiento a explicar por qué ahora lograría la rendición que antes no consiguió, una pregunta que seguirá pendiente por mucho que suba el tono de la amenaza.
La derrota del martes puede reducir el margen de Trump para nuevas aventuras bélicas, pero también alimentar la tentación de exhibir fuerza en el exterior, lo que hace más necesario acompañar el rechazo a sus amenazas con una diplomacia activa y apoyo concreto a la población cubana. Hay razones para pensar que la promesa de una isla rendida también fracasará, porque entre el daño que Washington puede infligir y la obediencia que el presidente posee todavía, siguen estando las decisiones de los cubanos.
El futuro de Cuba no vendrá a bordo de un portaviones estadunidense. Se los aseguro.