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Nevaco Global
24 de mayo de 2026

Homa Katouzian:“Es probable que Irán sobreviva a esta ilegal guerra de Estados Unidos e Israel”

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—Usted describe a Irán como una “sociedad árido-aislada”, una “sociedad arbitraria” y una “sociedad de corto plazo”. ¿Cómo se articulan estos tres rasgos entre sí para explicar la historia iraní?

—El sistema iraní es único. Nunca ha existido en la historia, hasta donde sé, en ningún otro lugar. Ha habido sociedades islámicas con sus respectivos gobiernos, pero ninguna con un gobierno islamista del tipo que existe en Irán, basado en la tutela del jurista: el líder supremo a cargo de las decisiones principales del país.

—La historia iraní parece moverse en un ciclo de cuatro fases: gobierno absoluto, gobierno débil, revolución, caos. Sin salida hacia algo cualitativamente distinto. ¿Hay algún momento histórico en que ese ciclo estuvo a punto de romperse?

—Como he escrito, no solo en este libro sino en otros anteriores, el sistema que ha gobernado Irán desde el comienzo de su historia ha sido el despotismo arbitrario: un gobierno absoluto y arbitrario. Existe una diferencia importante con Europa. Durante cuatro siglos, entre 1500 y 1900, hubo gobiernos despóticos en algunos países europeos, pero eran absolutistas sin ser arbitrarios: estaban fundados en ciertos marcos legales o tradiciones arraigadas. El régimen iraní, en cambio, no era solo absoluto sino también arbitrario. El Estado no estaba simplemente a la cabeza de la sociedad, sino por encima de ella. Había un hombre, el Shah, que era el gobernante absoluto y arbitrario. Todos los demás, desde los príncipes y ministros hasta los generales, eran miembros del rebaño. Algunos eran pobres, otros ricos, pero ninguno tenía derechos independientes propios. La vida y la propiedad no eran un derecho sino un privilegio: se podía vivir mientras el Estado lo permitiera, y si decidía quitarte la vida o la propiedad, no había derecho de defensa posible. Esto generó una animosidad casi permanente entre el Estado y la sociedad. El Estado era el gobernante absoluto y arbitrario; la sociedad era antiestatal y tendía al caos. Cuando la sociedad lograba levantarse y derrocar al Estado, el resultado era el caos, una situación peor que el propio despotismo, lo que llevaba a la gente a lamentar su revolución. Y el desenlace era siempre el mismo: la restauración del despotismo arbitrario bajo una nueva fuerza. Hasta el siglo XIX, los iraníes no conocieron otra alternativa.

—¿En qué medida la identidad iraní de hoy es persa, en qué medida es islámica, y en qué medida es simplemente antiestatal?

—El Estado iraní está basado en el islam chiita, pero en una interpretación relativamente nueva del chiismo en lo que respecta a su relación con el poder. Históricamente, los líderes y doctores de la religión chiita sostenían que no debían participar en el gobierno. Participaban en la política, hacían declaraciones, a veces criticaban al Estado, pero ningún clérigo era admitido por las propias instituciones chiitas para formar parte del gobierno, ya fuera como ministro, gobernador o en cualquier otro cargo. El sistema surgido de la revolución de 1979 rompió con esa tradición: no solo permite la participación de los clérigos en el gobierno, sino que la considera un derecho y una obligación. Los clérigos deben gobernar. Dentro de ese marco existe un parlamento, un presidente, segundo al mando después del líder supremo, y un Poder Judicial, como en cualquier otro país. Pero todo ello fundado sobre la tutela del jurista: el liderazgo del líder religioso supremo como principio rector del Estado.

—El Shah impulsó reformas agrarias, educativas e industriales, y sin embargo fueron esas mismas reformas las que encendieron la oposición. ¿Cómo se explica esa paradoja?

—El Shah llevó a cabo una reforma agraria en 1963, en el marco de lo que llamó su Revolución Blanca, lanzada mediante un referéndum que no fue libre. Uno de sus puntos centrales fue la distribución de tierras, pero la política agrícola que la siguió no fue favorable para la sociedad rural. La moneda iraní estaba sobrevaluada, lo que encarecía las exportaciones y dejaba a la agricultura iraní sin capacidad de competir con países como Pakistán o India. En cuanto a la industrialización, los números hablan por sí solos: en 1977, la totalidad de la industria productiva, agricultura, construcción y manufactura, representaba apenas el 30% del ingreso nacional iraní. El 70% restante provenía del petróleo y los servicios. Los ingresos del petróleo no se producen, son como desenterrar un tesoro, una renta que llegaba en dólares directamente al Estado, sin pasar por el trabajo ni por el pueblo. Eso fortaleció aún más al Estado frente a la sociedad. Desde 1963, con la Revolución Blanca, toda actividad política fue abolida. Incluso la oposición pacífica estaba prohibida. La oposición democrática fue severamente reprimida, y las actividades de la Savak, torturas, tormentos físicos, dañaron gravemente la reputación del régimen. A esto se sumó una política social percibida como una importación acrítica de la cultura estadounidense: en la televisión, en la vestimenta, en las costumbres. No se trataba de imperialismo en el sentido clásico, sino de una imitación que la mayoría de los iraníes consideraba inaceptable. Todo esto es lo que usted llama una paradoja. Estas son las realidades que llevaron a la revuelta de toda la sociedad contra el Estado. Ninguna clase social defendió al régimen. Ningún partido político lo respaldó. Y así fue como el Estado fue derrocado en febrero de 1979.

—La revolución fue un levantamiento de toda la sociedad, con nacionalistas, socialistas, islamistas, y terminó siendo una teocracia. ¿Cuándo y cómo los clérigos se apropiaron de un proceso que no era exclusivamente suyo?

—En la revolución participaron todo tipo de fuerzas, no solo los islamistas. Había demócratas musulmanes que no compartían la interpretación islamista del gobierno chiita. Había demócratas laicos, liberales, grupos marxistas-leninistas, varios, no uno solo, muy fuertes y muy populares entre los jóvenes con estudios. El islamismo también lo era, en gran medida. Fue la combinación de todas estas fuerzas lo que le dio a ese levantamiento su carácter total: chiitas y no religiosos, demócratas y liberales, socialistas y marxistas-leninistas, todos unieron fuerzas para derribar al Estado, al viejo estilo iraní de la sociedad levantándose contra el poder y derrocándolo. Esto había ocurrido otras veces a lo largo de la historia. La sociedad iraní había intentado levantarse contra el Estado en más ocasiones de las que había tenido éxito. Pero cuando la rebelión triunfaba, el Estado caía por completo. Y eso fue exactamente lo que ocurrió en febrero de 1979.

—Usted describe la toma de la Embajada de Estados Unidos en 1979 como uno de los eventos más catastróficos de la revolución. ¿Qué consecuencias tuvo sobre la dinámica interna del poder islamista y sobre la inserción de Irán en el mundo?

—Estados Unidos apoyaba en términos generales al régimen del Shah, pero no hasta el punto de comprometerse con la represión militar de la revolución. El Shah esperaba que el gobierno de Carter le diera luz verde para una represión masiva, pero Carter no estaba dispuesto. Lo apoyaban pública y privadamente, pero dejaban en claro que no podían hacerse responsables de ninguna represión. El mensaje fue: eres libre de hacer lo que quieras en tu país, pero no nos hagas partícipes de ello. Esa actitud neutral de Occidente fue, desde el punto de vista externo, la razón más importante por la que la revolución triunfó. Lo que vino después fue catastrófico. El antiamericanismo que siguió a la revolución desembocó en la toma de rehenes de noviembre de 1979, un grupo de jóvenes estudiantes liderados por un clérigo atacó y ocupó la embajada estadounidense, tomando como rehenes a la mayoría de sus miembros y diplomáticos. El acto fue respaldado por el Ayatolá Jomeini, lo que provocó la renuncia del gobierno democrático musulmán de Mehdi Bazargan, que no estaba dispuesto a aceptar esa situación. Con su caída comenzó la deriva hacia la revolución islamista total. La toma de rehenes fue inicialmente apoyada por todos, pero con el tiempo fueron los islamistas quienes se beneficiaron de su prolongación. Poco después, otro presidente democrático musulmán, (Abolhasán) Banisadr, fue derrocado por los islamistas, lo que desencadenó la revuelta de un grupo armado de oposición, los muyahidines, y una suerte de miniguerra civil con su ciclo de terrorismo y contraterrorismo. Fue a partir de ese momento cuando el régimen se volvió plenamente islamista y eliminó toda voz opositora.

—La República Islámica lleva más de cuatro décadas en el poder, algo inusual en el ciclo histórico del “estebdad” que usted describe. ¿Cómo explica esa longevidad?

—El régimen ha sobrevivido porque, a diferencia de todos los regímenes despóticos de la historia iraní, tiene una base social. Una parte de la sociedad lo apoya, puede que sea una minoría, no tengo cifras precisas, pero ese apoyo existe. Al mismo tiempo, hay una oposición considerable. El régimen ha logrado mantener una estructura de gobierno que incluye un Parlamento y un Poder Judicial, aunque ambos restringidos y controlados, sin la apertura de un sistema liberal. La combinación de todos estos factores le ha permitido sobrevivir a las presiones externas: las sanciones económicas de Estados Unidos, Occidente y las Naciones Unidas, y la hostilidad israelí. Y en este momento, es probable que sobreviva también a la guerra ilegal que Estados Unidos e Israel libran contra Irán.

—El Movimiento Verde de 2009 fue el mayor desafío interno que enfrentó la República Islámica desde su fundación. ¿Qué reveló sobre la relación entre el Estado y la sociedad iraní y por qué no logró transformarse en algo más?

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