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Nevaco Global
7 de junio de 2026

Animales políticos

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10 de diciembre de 2023: cuarenta años después de la consagración de Raúl Alfonsín como presidente de la Argentina democrática, Javier Milei asumió como jefe de Estado con el 55,7 % de los votos en la segunda vuelta electoral. Un líder exasperado para una sociedad exasperada, hastiada, rota, abrumada por la inflación y la frustración. Un presidente outsider, un “anarcocapitalista y liberal libertario” para un país con poca ilusión y mucho desencanto.

Votado transversalmente por ricos y pobres, en los countries y en las villas, Milei ganó la primera vuelta en 16 y la segunda en 21 de las 24 provincias argentinas, la mayoría de las cuales no visitó en campaña.

El nuevo presidente ejecutó desde el primer momento una de sus promesas centrales: un ajuste de shock, la famosa motosierra. Sin partido nacional ni gobernadores y en minoría en ambas Cámaras del Congreso logró esquivar la hiperinflación y el helicóptero —”la maldición de la doble H” —, y en el primer tramo de su mandato consiguió gobernabilidad, cierta estabilidad macroeconómica y baja de la inflación.

Combinó temeridad, arrojo y pragmatismo. Lo primero es confrontar, no acordar. Su carta, “la credibilidad de loco”. Someter, amenazar y acelerar, siempre. Frenar o dudar, jamás. Comparte con Donald Trump, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán y otras expresiones del populismo de derecha un aire de familia, aunque tiene características propias que lo diferencian de esta liga.

Entre los mandamientos libertarios se encuentran el insulto, el escarnio y la humillación a críticos, minorías y disidentes. Aunque el “odio a los zurdos” ocupa un lugar central en su discurso, su “batalla cultural” se apoya en el concepto de “hegemonía” del filósofo italiano Antonio Gramsci, que era, como se sabe, comunista. A diferencia de otros partidos políticos que se construyeron desde la sociedad, como la UCR y el PRO, Milei está construyendo un partido desde el Estado, como Juan Domingo Perón. Cuando la oposición despertó, Milei todavía estaba allí.

Astrid Pikielny (AP). Disruptivo, outsider, excéntrico, mezcla de predicador fiscalista, pastor que se propone “terminar con la decadencia de la Argentina” y “troll en jefe” de las milicias digitales, Milei se presenta como el “primer presidente liberal libertario y anarcocapitalista de la historia”. ¿Qué es exactamente Milei? ¿Podrías caracterizarlo?

Andrés Malamud (AM). Con Milei se quemaron todos los manuales. Es un presidente que juega un juego diferente a los anteriores. Hasta su llegada, se practicaba en la Argentina un juego de cooperación; desde que él asumió, se juega uno de conflicto. La cooperación y el conflicto son constitutivas de la democracia, la diferencia es cuál prevalece, porque las estrategias ganadoras son opuestas. En la teoría de juegos, los de cooperación requieren confianza: cada uno sabe lo que quiere y lo que está dispuesto a ceder para conseguirlo, y le conviene negociar, pero teme que el otro lo traicione. El juego de cooperación típico es “el dilema del prisionero”, en que la honorabilidad es clave para permitir un acuerdo que no es perfecto, pero es mejor que el desacuerdo. Es un juego de suma positiva y ambos ganan con el acuerdo. En el juego de conflicto, en cambio, uno no busca acordar sino someter; el objetivo es ganar sin ceder, porque ceder es perder.

AP. Claramente, Milei reemplazó un juego en el que prevalece la cooperación por uno en el que predomina el conflicto. No se trata de negociar y persuadir, sino de doblegar y someter. Que el otro se convenza de que es mejor claudicar, porque si no es peor.

AM. Sí, reemplaza “el dilema del prisionero” por el chicken game o “juego del gallina”, en el que dos participantes se enfrentan con el objetivo de vencer al otro, no de acordar. La estrategia es confrontativa, y para ganar es necesaria la “credibilidad de loco” y no la reputación de honorable: hay que convencer al contrincante de que uno está dispuesto a morir con tal de ganar, buscando la rendición y no el punto medio. En este juego hay suma cero: lo que uno gana es lo que el otro pierde. El objetivo no es convencer de que uno no va a traicionar, sino de que conviene rendirse porque la alternativa es morir. Ese es el juego que juega Milei. Hasta ahora, los presidentes argentinos jugaban al “dilema del prisionero”: todos invocaban la necesidad de hacer acuerdos y formar coaliciones. Cristina Kirchner era algo más conflictiva, pero aun así participó en la reforma de la Constitución de 1994, tuvo a Carlos Menem en su bloque de senadores y le hizo un homenaje a Raúl Alfonsín con una escultura de mármol que emplazó en la Galería de los Bustos Presidenciales de la Casa Rosada.

AP. Entonces, dirías que la temeridad y la “credibilidad de loco” son elementos centrales en esta estrategia de confrontación y polarización radical. Por sí solas no garantizan éxito, pero sin ellas el juego pierde efectividad.

AM. Sí, porque así como en un juego de cooperación conviene cumplir los acuerdos, en un juego de conflicto conviene cumplir las amenazas. Un loco, un niño o un borracho son más creíbles que las personas racionales. Ser racional sirve para un juego de cooperación, para demostrarle al otro que uno es confiable. En un juego de conflicto hay que demostrarle al otro que uno es temible. Hay que convencer al otro de que uno está dispuesto a todo con tal de conseguir una rendición incondicional.

AP. ¿Podrías elegir un ejemplo concreto de este tipo de estrategia desplegada por Milei en los primeros dos años de gobierno?

AM. El mejor ejemplo fueron los vetos iniciales, en 2024. Cuando la oposición motorizó dos iniciativas legislativas que tenían apoyo popular, el aumento a los jubilados y a las universidades, Milei pudo haber negociado. Eligió confrontar: vetó ambas leyes y reclutó a un puñado de legisladores de otros partidos para evitar la insistencia parlamentaria. Se plantó al mismo tiempo contra la opinión pública y contra el Congreso, y venció. Si hubiera negociado, podía haber preservado el equilibrio fiscal en el corto plazo, pero habría incentivado a la oposición a seguir votando aumentos. La intransigencia alimentó su credibilidad. Solo cuando mostró ser mal pagador empezó a perderla y a enfrentar más desafíos del Congreso. Los gobernadores peronistas del noroeste, que en 2024 lo acompañaron con sus legisladores, en 2025 empezaron a quejarse de que el gobierno nacional no cumplía las promesas y sus legisladores pasaron a votar en contra. El argumento de que “no hay plata” no compensa: por más loco que seas, si manejás una bicicleta en vez de un auto no te van a tener tanto miedo.

AP. Vamos a avanzar con su retrato. ¿Es correcto decir que Milei pertenece a la misma familia global integrada por Donald Trump, Viktor Orbán, Jair Bolsonaro y otros líderes populistas de derecha? Se tiende a agrupar estos liderazgos dentro de una misma liga.

AM. Pertenece a la misma familia, pero es adoptado. Aunque se abracen y se elogien mutuamente, Milei y Trump son animales diferentes.

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