Jefe de la ONPE responde a López Aliaga: “Nosotros no somos ninguna banda criminal”
Bernardo Pachas rechazó las acusaciones del candidato de Renovación Popular y defendió la transparencia de los procesos electorales
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Brasilia, Brasil. Los brasileños votan este domingo entre el presidente Luiz Inácio Lula da Silva y el senador Flávio Bolsonaro, en unas elecciones que decidirán si el mayor país de América Latina se suma a la ola conservadora aupada por Donald Trump.
Desde la Amazonía hasta las tierras agrícolas del sur, los brasileños eligen entre un elenco ya conocido y muchos se decantarán por quien menos les desagrade.
“Voy a votar al menos peor”, dijo Janaína Oliveira, de 45 años, en Rio de Janeiro. “Nunca cambia nada, Es solo promesa”, dijo esta administrativa que votó a Bolsonaro.
Con casi 81 años, el izquierdista Lula busca un cuarto mandato y advierte que la soberanía de Brasil está en juego ante la presión de Trump, que dijo seguir las elecciones “muy de cerca”.
Los electores deberán elegir entre “fortalecer el régimen democrático y la barbarie, entre el positivismo y el negacionismo”, dijo Lula tras votar con su habitual sombrero panamá en el estado de Sao Paulo.
Su contrincante, de 45 años, fue designado candidato por su padre, el expresidente ultraderechista Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de cárcel por intentar un golpe de Estado contra Lula en 2022.
Flávio Bolsonaro afirmó que “liberará al pueblo brasileño”. Brasil “no puede soportar más sufrimiento, tantos impuestos altos, tantas mujeres muertas”, dijo tras votar en Rio.
La última encuesta del instituto Datafolha prevé que ninguno de los candidatos alcance el 50% necesario para ganar este domingo, por lo que sería necesaria una segunda vuelta el 25 de octubre.
Lula cuenta con su base electoral en el empobrecido noreste, entre los votantes de bajos ingresos, los católicos y las mujeres.
“Estoy muy preocupada porque quiero la victoria. No consigo entender al pobre de derecha porque nosotros somos naturalmente personas de izquierda, somos pobres, nordestinos. El pobre de derecha me saca de quicio”, dijo a la AFP Maria de Nazaré Azevedo, una funcionaria de 57 años, que vive en Rio de Janeiro pero es del estado amazónico de Pará.
Bolsonaro lidera en el sur, entre los más acomodados y los evangélicos.
“Lo que necesitamos es un cambio. En el lugar donde trabajo ocurren muchos asaltos. Lo más importante es precisamente nuestra seguridad”, dijo en el mismo centro electoral Babiliana Figueira, una bombera civil de 40 años partidaria del senador y su programa de mano dura contra la delincuencia.
Los centros de votación cerrarán a las 5:00 p. m. locales (2:00 p. m. hora Costa Rica) y enseguida se iniciará el conteo de las urnas electrónicas.
Lula, reconocido por los programas sociales que sacaron de la pobreza a millones de personas a principios de siglo, regresó al poder en 2023, después de ir preso por un enorme escándalo de corrupción y de que sus condenas fueran anuladas por motivos de forma.
Hace cuatro años derrotó a Jair Bolsonaro por apenas 1,8 puntos porcentuales en unas elecciones tumultuosas, que degeneraron en el asalto a las sedes de poder en Brasilia por parte de bolsonaristas semanas después.
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Bernardo Pachas rechazó las acusaciones del candidato de Renovación Popular y defendió la transparencia de los procesos electorales
Canadá ofrece una versión particular de la decadencia occidental: la de una sociedad devastada por el confort, donde décadas de prosperidad, tranquilidad y protección estadounidense han debilitado la conciencia política y la capacidad de enfrentarse a la realidad. Tras nueve años y medio de Gobierno de Justin Trudeau, el derrumbe del país adquiere tintes recreativos: una caída amortiguada al ritmo del senderismo, las reformas del hogar y los fines de semana en plena naturaleza. Es lo que denomino la «sociedad-chalet» en un libro en francés que acaba de publicarse.Un chalet canadiense –lo que en España se entendería más bien como una casa de campo– es una segunda residencia situada lejos de los grandes núcleos urbanos, a orillas de un lago, en la montaña. Uno se refugia allí en busca de sosiego, lejos del ruido, los conflictos y la agitación del mundo exterior. Senderos, estaciones de esquí, 'spas nórdicos': gracias a la industria de las actividades al aire libre y de la relajación obligatoria, uno también se retira allí para abandonarse a la sociedad del ocio.Canadá es, geográficamente, un chalet. Encaramado al norte de América, sobre los hombros de Estados Unidos, da la impresión de estar protegido por la distancia. Los grandes espacios refuerzan entre los canadienses la sensación de vivir para siempre al abrigo de la historia. Canadá es, ideológica y psicológicamente, un chalet. El refugio se ha convertido allí en una disposición de ánimo. Evidentemente, los canadienses no son los únicos occidentales que han adoptado un modo de vida centrado en la comodidad material y el bienestar personal. Sin embargo, tanto en Quebec como en el Canadá anglófono, este modelo parece haber sido llevado hasta la caricatura.La relación de mis conciudadanos con la inmigración masiva ilustra bien esta gran evasión. Quizá más que en cualquier otro país occidental, en Canadá sigue presentándose como un enriquecimiento indiscutible, una necesidad económica y una obligación moral. Ante una transformación demográfica y cultural extremadamente rápida, pero nunca consentida, la mayoría de los canadienses prefieren desviar la mirada antes que expresar su malestar. La gente se mantiene discretamente alejada de los barrios, las escuelas o los espacios públicos donde los cambios resultan más perceptibles. Este repliegue conduce a veces hacia los suburbios, las pequeñas ciudades o el campo, pero el fenómeno también acaba alcanzando esos lugares. Aquí, el refugio se vuelve menos físico que psicológico: sin necesidad de mudarse, uno se retira a su hogar, a su círculo privado, a las pantallas y a las distracciones. Organiza así su existencia para reducir al mínimo su exposición a la sociedad, mientras continúa adhiriéndose de puertas afuera al discurso dominante.La paradoja es que esta sociedad-chalet puede imaginar que vive al margen de la historia porque Estados Unidos sigue inmerso en ella. Durante décadas, Canadá pudo descuidar su defensa y disfrutar de una tranquilidad garantizada por el poder estadounidense. En el entorno inmediato del águila, se beneficiaba de su fuerza mientras denunciaba su brutalidad y se reservaba el papel más cómodo: el del vecino razonable, pacífico y moralmente superior.Donald Trump expulsa a los canadienses de su 'safe space geomental'. Sus aranceles y su guerra comercial obligan al país a reaccionar y defender su soberanía. Canadá descubre que no puede vivir eternamente dentro de su burbuja sin tener en cuenta los intereses de la Casa Blanca y los grandes desafíos que atraviesan el continente. Se afirma que los canadienses reprochan a Trump su estilo, sus provocaciones y unas políticas consideradas demasiado de derechas. Pero lo que sobre todo no le perdonan es haber roto el pacto tácito que les permitía aprovecharse del imperio estadounidense sin ensuciarse las manos. Después de haber garantizado durante tanto tiempo la tranquilidad del chalet, los estadounidenses obligan ahora a los canadienses a salir de él. Jérôme Blanchet-Gravel Es ensayista y periodista canadiense