Cuando Estados Unidos puso en marcha su amplio paquete de aranceles el 1 de agosto de 2025, la expectativa dominante era que la economía mundial entraría en una etapa de gran incertidumbre. Las advertencias sobre una posible paralización del comercio internacional, un fuerte aumento de los precios y una ruptura de las cadenas de suministro ocuparon titulares durante meses.
Sin embargo, doce meses después, el balance ofrece una imagen mucho más compleja. El comercio global no se ha detenido, pero sí ha cambiado profundamente. En lugar de un colapso generalizado, lo que ha surgido es un sistema mucho más fragmentado, donde los acuerdos entre países pesan más que las normas multilaterales y cada negociación responde a intereses concretos.
Este cambio ha reducido el protagonismo de organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio y ha reforzado una diplomacia basada en pactos específicos, excepciones arancelarias y acuerdos negociados caso por caso.
Uno de los aspectos más llamativos de este primer año ha sido la capacidad de la Unión Europea para preservar su relación comercial con Estados Unidos. Las intensas negociaciones mantenidas antes de la entrada en vigor de los nuevos aranceles permitieron alcanzar un entendimiento que evitó una escalada de represalias entre ambos bloques.
Los datos reflejan que las exportaciones europeas hacia el mercado estadounidense continuaron creciendo durante 2025, mientras que las ventas estadounidenses a la Unión Europea también registraron un incremento. Esta evolución confirma que la relación transatlántica sigue siendo uno de los principales motores del comercio mundial.
Muy diferente ha sido la situación en Asia. Las elevadas tarifas aplicadas a numerosos productos chinos redujeron el comercio directo entre Pekín y Washington. Sin embargo, lejos de desaparecer, muchas mercancías modificaron su recorrido. Países como Vietnam, Malasia, Indonesia o México se consolidaron como centros de ensamblaje y reexportación, permitiendo que numerosos productos llegaran finalmente al mercado estadounidense bajo condiciones arancelarias más favorables.
Esta reorganización de las cadenas de suministro ha obligado incluso a reforzar los controles sobre el origen de los productos para evitar estrategias destinadas a sortear las nuevas tarifas.
Aunque los aranceles elevaron el coste de numerosas importaciones, su efecto sobre la economía estadounidense resultó mucho más moderado de lo previsto. Diversos estudios concluyen que el incremento medio de los gravámenes quedó por debajo de las cifras anunciadas inicialmente por la Casa Blanca gracias a un amplio sistema de exenciones concedidas a empresas que seguían dependiendo de componentes fabricados en el extranjero.
Esa flexibilidad permitió evitar fuertes tensiones inflacionistas. En muchos casos fueron los importadores estadounidenses quienes absorbieron parte del sobrecoste reduciendo sus márgenes, mientras que fabricantes extranjeros ajustaron precios para conservar su presencia en uno de los mercados más importantes del mundo.
América Latina también ha vivido consecuencias desiguales. México logró mantener buena parte de sus ventajas comerciales gracias al T-MEC, aunque bajo una vigilancia mucho más estricta respecto al origen de determinados componentes industriales. Por su parte, países exportadores de materias primas como Brasil, Chile o Colombia sufrieron menos el impacto directo de los aranceles, aunque sí notaron los efectos derivados de la desaceleración del comercio asiático y de la volatilidad financiera internacional.
Un año después del inicio de esta ofensiva comercial, el resultado dista tanto de las previsiones más pesimistas como de las promesas de una rápida reindustrialización estadounidense. El comercio mundial no se ha paralizado, pero sí ha entrado en una nueva etapa en la que la flexibilidad, la negociación bilateral y la reorganización de las cadenas de suministro se han convertido en las principales herramientas para mantener el intercambio económico entre las grandes potencias. @mundiario