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La Unión Europea vuelve a mirar al invierno con preocupación. El comisario europeo de Energía, Dan Jørgensen, ha pedido a los Gobiernos que mantengan o adopten medidas para reducir el consumo de gas y electricidad mientras continúe la presión sobre los mercados energéticos. La advertencia no equivale a anunciar un desabastecimiento inminente, pero sí refleja un cambio importante: Bruselas ya no considera suficiente con llenar los almacenes; también quiere que los Estados miembros gestionen activamente la demanda.
Los datos explican el motivo. Gas Infrastructure Europe situaba el 25 de septiembre los almacenamientos de la UE en torno al 70,45% de su capacidad, con unos 797 TWh almacenados. El nivel es considerablemente inferior al de otros años y vuelve especialmente relevante la velocidad a la que puedan continuar las inyecciones durante las semanas previas al invierno.
La primera cuestión que conviene separar es precio y suministro. La Comisión Europea ha insistido en las últimas semanas en que no existe actualmente un riesgo inmediato para la seguridad del suministro de gas. El Grupo de Coordinación del Gas volvió a confirmarlo el 25 de septiembre y señaló que los consumidores protegidos, especialmente los hogares y determinados servicios esenciales, cuentan con garantías bajo las reglas europeas de seguridad de suministro.
Pero que el gas esté disponible no significa que vaya a estar barato. Esa es precisamente la diferencia que explica el mensaje de Jørgensen. Europa puede conseguir suficiente combustible para atravesar el invierno y, al mismo tiempo, pagar mucho más por él si la oferta internacional permanece tensionada.
El problema se encuentra en la estructura del mercado europeo. Tras reducir drásticamente su dependencia del gas ruso, la UE ha aumentado las importaciones de gas natural licuado y ha diversificado proveedores y rutas. Esa transformación ha mejorado la capacidad de reacción europea, pero también ha incrementado la exposición a un mercado mundial en el que Europa compite con compradores asiáticos.
La crisis de Oriente Próximo ha añadido una variable especialmente delicada. El estrecho de Ormuz es una vía fundamental para el comercio energético mundial y las alteraciones provocadas por el conflicto han afectado a los flujos de petróleo y GNL. Reuters ha informado de una reducción muy significativa del tráfico marítimo por el estrecho, mientras la crisis también ha golpeado la infraestructura energética de Qatar.
Qatar tiene una importancia particular para el mercado mundial del GNL. Reuters informó de que los ataques sobre Ras Laffan habían dejado temporalmente fuera de servicio una parte significativa de la capacidad exportadora qatarí. Al mismo tiempo, compradores de distintos países están intentando diversificar proveedores y rutas para reducir su exposición a nuevas interrupciones. (Reuters)
Para Europa, esto significa que el invierno dependerá no solo de sus reservas internas, sino también de lo que ocurra en un mercado global mucho más disputado. Si Asia aumenta sus compras para garantizar su propio suministro, los cargamentos disponibles para Europa pueden encarecerse.
La lógica de la Comisión se basa en que una parte importante de la electricidad europea continúa produciéndose con centrales de gas. Por ello, reducir el consumo eléctrico durante las horas de máxima demanda puede disminuir la cantidad de combustible necesaria para abastecer la red. Con este fin, Jørgensen ha recuperado algunas de las herramientas aplicadas durante la crisis energética de 2022:
Por ahora, Bruselas plantea estas medidas como actuaciones voluntarias y planificadas. No se trata de ordenar a los ciudadanos que reduzcan de manera generalizada su consumo, sino de utilizar la gestión de la demanda como una herramienta para evitar que los momentos de máxima presión obliguen a comprar gas adicional en los mercados internacionales.
La experiencia de 2022 pesa en el planteamiento. La Comisión considera que aquella reducción de la demanda contribuyó a estabilizar el sistema y que algunas de aquellas herramientas pueden volver a utilizarse si el mercado continúa tensionado. Además, la demanda europea de gas ha disminuido respecto a los niveles anteriores a la crisis, un factor que Bruselas considera parte de la mayor resiliencia actual.
Otro elemento importante es el almacenamiento. Aunque las reglas europeas imponen objetivos de llenado elevados, Bruselas ha insistido en que existe margen para aplicar la flexibilidad prevista en la normativa. En este sentido, la Comisión y los Estados miembros consideran que alcanzar aproximadamente el 80 % de las reservas puede ser suficiente para garantizar el suministro durante el invierno 2026-2027 bajo las condiciones actuales. Esta postura ya había sido respaldada por el Grupo de Coordinación del Gas durante el verano.
La razón es económica además de energética. Intentar llenar los depósitos rápidamente cuando los precios internacionales están altos puede provocar precisamente el efecto contrario al buscado: una carrera de compras entre países europeos que incremente todavía más las cotizaciones.
Reuters ha advertido de que los bajos niveles de almacenamiento y las restricciones relacionadas con Oriente Próximo pueden aumentar la volatilidad del GNL durante el invierno, especialmente si coinciden con temperaturas frías y una mayor competencia de compradores asiáticos.
Para los hogares, la consecuencia potencial es conocida: gas y electricidad más caros. Para las empresas, el problema puede trasladarse a los costes de producción. Y para los Gobiernos, una nueva escalada obligaría a decidir entre trasladar el incremento a consumidores y compañías o ampliar las ayudas públicas, con el consiguiente impacto presupuestario.
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